Como era El País quien lo decía, había que partir de una prevención. La noticia rezaba: «El Papa alertó a los obispos de que su mayor preocupación en España es la ultraderecha». A mí que Su Santidad se preocupe por todo me parece natural, porque la política de España está para preocuparse, pero que la llamada ultraderecha sea «su mayor preocupación» existiendo el aborto, la presión del islamismo, la precarización de la juventud, la crispación social, los egoísmos nacionalistas y el incremento de la pobreza infantil, me sonaba a cuento de El País. No lo veía verosímil.
Otra cosa era —supuse— que el obispo que filtraba ahora esta información (¡de hace tres meses!) estuviese haciendo su jugadita política particular y echando sobre una de las incontables inquietudes papales una gota o una garrafa de exageración, que se complementaría con el bidón que echaría, feliz, el diarioindependiente de la mañana. Eso me encajaba más.
Ahora algunas fuentes que habían estado en el encuentro papal negaron la mayor, y acercaron mucho la versión final a mis sospechas. Es lo más lógico, porque sostener eso conllevaba un riesgo de triple salto mortal.
Por una parte, todas las encuestas y las elecciones autonómicas constatan el ascenso de Vox. Ponerse a tratar de contener ese ascenso resulta una labor inútil. Y eso es fuente —ya se sabe— de honda melancolía. Si uno envida a grandes, o a crecientes, es vital ganar la mano, porque los envites tienen eso, que a menudo se pierden. Hay que tener muy buenas cartas para ponerse a frenar el ascenso de un partido político especialmente sostenido por el voto joven y el voto más popular.
Hablando de lo popular, el PP. Tampoco esta revelación o filtración o exageración o lo que fuese resultaba oportuna para el momento que vive en Génova, 13. Hace unos meses lo habrían recibido como agua (bendita) de mayo; pero, con lo que ha llovido, el PP se sabe en la necesidad de pactar con Vox. A disgusto, pero sin remedio. El mismísimo Feijoo ha decidido tomar el mando de las negociaciones en Extremadura y en Aragón y está haciendo todo tipo de documentos marco. No se puede permitir no llegar a los gobiernos de las comunidades autónomas. Estaría, por tanto, obligado a quitar hierro a las declaraciones de antaño (suyas y de otros) que demonizaban a Vox. Si el alto clero no viese con buenos ojos a Vox no va a encontrar a Feijoo haciéndole ojitos.
Por último están los votantes católicos, uno tras otro, en la privacidad de sus conciencias. Es posible que la creciente actividad opinativa de algunos obispos fuerce al católico español de la fiel infantería a cierto güelfismo blanco, cuando no a un gibelismo rampante. Permítaseme la metáfora medieval. Los güelfos negros eran partidarios del poder político de la Iglesia. Traídos a hoy, serían quienes querrían que la Conferencia Episcopal dirigiese la política migratoria del Reino de España. Los gibelinos, al contrario, creían que la política civil debía depender exclusivamente del Emperador, o sea, del poder político, y que la Iglesia debía cuidar la salud de las almas. Los güelfos blancos reconocían al Papa un margen de actuación política, pero sin interferir en la potestad última del Emperador en lo civil. Tampoco éste podía discutir la supremacía espiritual del Papado. Era un equilibrio difícil, pero, a mi juicio, el civilizado y deseable.
Unos obispos que se empeñasen ahora en entrar en cuestiones políticas debatidas y debatibles que crean un gran debate social fomentarían, por reacción, que el gibelismo práctico se extienda entre los católicos practicantes.
Para mantener la influencia política, que yo, como güelfo blanco, les deseo, hace falta finura, sutileza, sentido común y prudencia. Que por lo visto es lo que en verdad hicieron. El País iba a lo suyo y alguien que estuvo en la reunión también. El envite se les ha embarrado, porque hasta la Conferencia Episcopal ha visto el disparate y ha negado los hechos. De la confusión, ha salido bastante luz.