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Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios
Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios

La verdad une

10 de julio de 2024

Pienso con frecuencia en Dante. La lectura del espléndido libro de Alejandro Rodríguez de la Peña, La Europa de Dante me ha exacerbado el hábito, si cabe; y el remate es la situación actual, ciertamente dantesca. Al pobre Alighieri, con su corazón a medias, sístole y diástole, entre la Iglesia y la política, ambas se lo partieron. Ni siquiera podía consolarse con una de la otra ni viceversa, aunque sí con la santidad mística de la Iglesia, que es inmarcesible, y con el sueño de una monarquía ideal.

Ahora toca sístole y tengo el corazón apretado por la prohibición que ha emitido el Arzobispado de Oviedo, siguiendo las instrucciones del Dicasterio para el Culto Divino. Los peregrinos de Nuestra Señora de la Cristiandad —que son muchos, jóvenes y alegres— no podrán celebrar en el Santuario de Covadonga una misa tradicional como era su ardiente deseo. Ni en el apretado corazón ni en la cabeza me cabe por qué.

De la misa tradicional ya he escrito con fervor en otras ocasiones. Como cada Santa Misa tiene un valor infinito, no se trata de compararla con la del rito nuevo, sino de adorar a Dios en ambas.

La misa tradicional subraya la sacralidad y la reverencia, que son dos subrayados muy necesarios en el mundo sincopado e inmanente de hoy. Además, muestra la belleza del latín, nuestra lengua madre, en su máximo esplendor, y la belleza salvará al mundo. Es un gran bien que se celebre de cara al altar, esto es, mirando a Dios, situándose el sacerdote a la cabeza del pueblo fiel. El poeta Miguel d’Ors ha sostenido con perspicaz perspectiva epigramática que la misa de cara al pueblo tiene el peligro de otorgar al sacerdote un papel protagónico, de convertir el sacrificio en una conversación con los parroquianos y de poner al oficiante en la tentación de buscar las cabezadas de aprobación o admiración del respetable. No necesariamente, desde luego, que la inmensa mayoría de los sacerdotes logran sobreponerse y recogerse, pero ese riesgo está ahí. Mucha menos duda ofrece el hecho de que la misa tridentina recalca la continuidad de la Iglesia en el tiempo y su extensión católica en el espacio, pues se celebra idéntica en todo el orbe. Son detalles para tener en cuenta.

Pero me arrastra el entusiasmo, perdón, porque yo no venía aquí a hacer la apología de una misa de siglos que no la necesita y que tantos harían mejor. Yo sólo quiero extrañarme. ¿Por qué prohibir nada, si es lícito y bueno como han reconocido tantos papas y documentos incluso conciliares? ¿No se está imponiendo en la Iglesia y en el mundo, un poco a la par y cuando creíamos que no éramos quienes para juzgar, una férrea homogenización de todo? ¡Cuánto narcisismo de la pequeña diferencia y qué poco goce en las peculiaridades buenas y propias del otro!

Mal está que pase en las comunidades de vecinos, en los partidos o en las familias, pero peor en una Iglesia en la que, desde el inicio, cupieron todas las sensibilidades. En un enorme librito de pocas páginas, don Pedro Casciaro documenta la absoluta diversidad política y social entre los doce apóstoles. Santiago y Juan eran hijos de un armador de pesca y tenían contactos con el Sumo Sacerdote del Sanedrín, nada menos; en cambio, Mateo era un colaboracionista del Imperio y de la peor calaña: cobrador de impuestos; Simón era un nacionalista radical, un patriota, que entonces se llamaban zelotes, etc. Luego, unos escribirían en griego, otros en hebreo, etc. Alguna controversia hubo, como es natural, pero les unía un amor superior, una fe más grande. «La verdad no uniforma; la verdad une» es una frase gloriosa de la película Hispanoamérica, de López-Linares. Vale de lema.

Ante cualquier tentación de uniformar al correligionario o al compañero, recordemos que en la casa del Padre hay muchas moradas y que san Agustín nos dejó una guía básica: «En lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; en todo, caridad». Si la libertad ha de llegar hasta lo dudoso, ¿cómo no va a amparar lo objetivamente excelente? Dante habría puesto el grito en el cielo.

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