La vitamina
La vitamina
Por Itxu Díaz
13 de marzo de 2025

Da igual lo que estés comiendo, cuando apartes algo que a toda vista parece no comestible, no importa que sea el suero de un yogur o la raíz de una verdura, cualquier madre te llamará al orden y te dirá que «ahí» es precisamente donde están las vitaminas y que las estás desperdiciando. Tal es la obsesión que un día mi madre me lo dijo señalando al envoltorio plástico de un Bollicao. Ocurre algo similar con las malas ideas. Pero hay que arrojarlas a la basura de todas formas. Y la UE es el mayor semillero de ideas estúpidas del mundo del siglo XXI.

El rifirrafe entre Zelenski y Trump —«ya has hablado bastante»— sumió en dos horas a toda Europa en una histeria belicista sin precedentes que habría dejado lo del tan cacareado trío de la Azores en un pellizquito de monja. Hemos visto a líderes europeos, que se esconden debajo de la cama con los petardos de las fiestas patronales, romperse la camisa en vivo y en directo, y pintarse la cara con tizón negro, como si fueran a tomar mañana mismo Moscú con media docena de hombres. Apuesto a que hacía mucho que Putin no ser reía tanto.

Supongo que después de poner la bandera de Ucrania hasta en el relojito de los partidos de fútbol de la Liga, dejar pasar sin más la escena de la Casa Blanca dejaba a muchos sin el honor que, por otra parte, perdieron hace tiempo, siendo inmensamente generoso al suponer que algún día lo tuvieron. Pero la algarada belicista de los pacifistas verdes habituales solo podía terminar siendo materia prima para los viñetistas americanos. A ver, ¿con qué vas a hacer la guerra tú, Ursula? ¿Lanzando aerogeneradores? ¿Una invasión con tanques eléctricos que disparen chorretones de AdBlue? ¿Tal vez bombardeando Rusia con pajitas de cartón?

Basta de charlatanería. Ucrania no era lo que les importaba, sino Trump. El odio a Trump, como el odio a todas las nuevas derechas del Viejo Continente, les habría hecho alistarse al ejército del mismo Satán con tal de subrayar ante el mundo entero que no simpatizan con el presidente de Estados Unidos, pero que tampoco tienen huevos a enfrentarse con él. De hecho, tal vez no sea ni odio, sino miedo, pánico a que un día von der Leyen, Macron o el mismo Sánchez, puedan recibir un trato humillante como el que sufrió Zelenski en la Casa Blanca, gracias a su insistencia en provocar a la bestia, y a la inexplicable torpeza de Vance durante la reunión.

El drama del europeísmo boomer —el adjetivo no es generacional sino posicional— es que para una vez que se suman al Séptimo de Caballería, el tipo al que iban a salvar de las garras del malvado Trump, al ver venir las tropas de Macron subidas a unicornios multicolor, se lanzó a los brazos del de la Casa Blanca como un poseso al grito de «¡Al suelo, que vienen los nuestros!».

Yo habría hecho lo mismo. El gasto militar no es algo que haya interesado a los líderes europeos desde al menos la Guerra de Irak, y por entonces los que ahora mandan estaban demasiado ocupados haciendo pellas en el curro para salir en masa a gritar «¡no a la guerra!» por las calles. Por lo demás, Europa, año 2025, nadie sensato se lanzaría a intervenir de manera directa en cualquier guerra externa cuando el escenario bélico lo tienes en tu propio país, por más que emplees millones en propaganda para tratar de ocultarlo. París, Barcelona y Berlín son ciudades en guerra. No es Sarajevo en el año de la Expo de Sevilla, entre otras cosas porque el Sarajevo de los 90 ya no existe, y la mascota Curro yace en el fondo del olvido. Pero no hay paz.

Las guerras ahora son distintas. Si tienes en tu país barrios enteros sublevados en los que no puede ni entrar la policía, con individuos descontrolados que odian todo lo que representa tu nación y están dispuestos a acabar con ella, si tienes enemigos que violan y acosan a tus mujeres, y son adictos al crimen y alérgicos a la ley, si tienes que andar monitorizando al enemigo para evitar en el último segundo que logren atentar contra los tuyos, y aun así a menudo lo consiguen, y si te rindes una y otra vez en el frente cuando te atenaza el miedo o la estupidez y concedes aun más espacio cultural a los fanáticos que quieren destrozar tu cultura, déjame que te diga que vives en una maldita guerra. Y que la estás perdiendo.

Quizá las madres tengan razón y la vitamina de la política europea esté en el gasto militar, pero antes habría que comerse el resto: lo respaldaré solo cuando destines tus actuales recursos a librar de una vez por todas la guerra que no estás librando contra el islamismo en tu propio país. Mientras la invasión continúe y tus fronteras no valgan una mierda, te agradezco que te ahorres tus sermones sobre las fronteras ucranianas, porque me creeré a Zelenski, que al menos está dando su batalla, pero me reiré una y otra vez de tu ridícula hipocresía.

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