Ciertamente, la columna de opinión, como el tuit, lo aguanta todo. Para algo se llama «de opinión». Viste mucho lo de la «opinión». La salvaguarda no sólo exime al periódico que aloja el texto de ciertas deposiciones de sus colaboradores. También da la oportunidad a quien tiene la capacidad de juntar dos o tres palabras (cosa subrogada a la IA cada vez con mayor frecuencia) de mostrarnos su catálogo de obsesiones. Mientras el opinador está a sus cosillas —a sus bares, su narcisismo, las presentaciones de libros o a dorar la píldora a sus colegas— no hace daño a nadie. El problema llega cuando se envalentona y decide pastorear a las masas desde su espacio semanal en los medios sin más preparación teórica que sus fobias.
La reciente victoria histórica de Alternativa para Alemania (AfD) en las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt, convirtiéndose en la primera fuerza del parlamento regional y a tres escaños de la mayoría absoluta, está haciendo algo más durilla la vuelta del verano en las redacciones negroni. Aunque no sólo.
Ante el avance del partido, desde Bruselas ya han llegado las primeras advertencias: un Gobierno de la AfD podría poner en riesgo los fondos europeos que recibe Sajonia-Anhalt, unos 500 millones de euros al año. No se trata todavía de una amenaza formal de la Comisión Europea, pero —les conocemos como si les hubiésemos parido— el Land puede ir poniendo sus barbas a remojar. La Unión ha utilizado anteriormente mecanismos de condicionalidad presupuestaria en sus encontronazos con Hungría y Polonia. Ya verás cuando nuestros adalides de la democracia liberal se enteren de que sus queridas instituciones supranacionales ejercen la coerción política mediante el dinero, la anulación de elecciones, o la inhabilitación judicial de candidatos incómodos para sus intereses. En palabras de Fernando Paz: «conciben la democracia como una especie de fetiche al que invocar sin ninguna relación ya con la voluntad del pueblo cuando esta es contraria a los planes de la oligarquía». Claro que, en no pocas ocasiones, la voluntad del pueblo tampoco entusiasma al arribafirmante de la sección de opinión o al intelectual moderado y todo el talante democrático se le llena de «cordones sanitarios» y «alertas antifascistas».
Lo peor de este tipo de resultados electorales es que no tenemos escapatoria. A cada voluntad popular «desafortunada» le sigue la brasa, el recordatorio de que la posición moderada, adulta, sensata, la que representa la madurez política es la del liberalismo conservador. Como si tal cosa existiera. Y a su alrededor, cada vez más lejos del centro, se despliegan los extremos, cada vez más irracionales, cada vez más peligrosos. En realidad, el centro no defiende nada concreto o mejor dicho, defiende lo que quiera en cada momento. Por tanto, su misión es fabricar los extremos.
Liberales y conservadores se prestaron mutuamente legitimidad para levantar un muro contra el comunismo. Fue un matrimonio de conveniencia y cuando desapareció el motivo, desapareció el vínculo. Así que cuando alguien reivindica hoy sutilezas liberal-conservadoras, como si fuera una tradición de pensamiento coherente y no los restos moribundos de una alianza táctica ya disuelta —no hay más que ver el creciente extrañamiento entre ambas sensibilidades—, conviene poner los ojos en blanco y dejarle jugando solo con sus taxonomías.
Otro clásico del plumilla de turno tras resultados electorales que serán cada vez más frecuentes en Europa es la turra del «populismo». Mientras las élites europeas —y sus chicos de los recados, los partidos tradicionales— se esmeran en generar nuevos problemas, urdir entramados jurídicos para controlarnos o involucrarse y prolongar guerras provocadas por otros, el común de los mortales está preocupado por la inseguridad, la vivienda, el precio de la cesta de la compra o que su entorno no se transforme en un asentamiento norteafricano. A quien señala esa desconexión, ahora, se le llama populista. Pues vale.