Pese a la extendida creencia popular, parece que Albert Einstein nunca dijo aquello de que «todo en la vida es relativo». Sin embargo, esa parece ser la máxima con la que la izquierda española ha venido graduando sus filias y sus fobias. Hasta no hace demasiado, el Partido Popular no era sino la articulación política de los intereses económicos de las viejas oligarquías, enquistadas en todos los rincones del Estado; un partido fundado por franquistas y dirigido por postfranquistas, que aceptaban la democracia como mal menor mientras seguían soñando con un nuevo Primero de Abril; un partido convencido de que el poder le pertenece por razón de sus largos apellidos. Pero de un tiempo a esta parte, y sin que los populares se hayan movido un ápice del lugar a donde les llevó en los noventa su larga marcha hacia el centro, el partido se ha convertido en la aceptable —aunque corrupta— alternativa de gobierno al socialista; en el legítimo —aunque demagógico— portavoz de una parte importante del cuerpo electoral español; en el imprescindible —¡qué remedio!— interlocutor con el que se pactan las grandes reformas de Estado; y en la segunda —y a ser posible menor— columna sobre la que se sustenta nuestro entero sistema político.
Larga cambiada justificada por ¿qué suerte de fenómeno cósmico? Por supuesto, la aparición de VOX en la escena política española y su gradual conversión en una alternativa realista de gobierno. Hecho capaz por sí solo de provocar en los políticos y en los supuestos intelectuales de izquierdas un sentimiento de respeto hacia el Partido Popular jamás visto, o al menos nunca verbalizado, en los primeros cuarenta años de nuestra democracia. Admiración reciprocada por parte de éste con sus cada vez más frecuentes —y quién sabe si igual de sinceras— apelaciones «al PSOE bueno», «al PSOE perdido» o «al PSOE auténtico», con el que no tardarán en sentarse no bien ese virus pasajero llamado «Sanchismo» sea finalmente erradicado de su organismo.
Pero ¿qué problema plantea exactamente VOX para no poder disfrutar él de esa misma legitimidad? Aparte del bien obvio de representar una clara amenaza para el modelo bipartidista que ha venido operando en España desde 1977 —y desde 1982 con los mismos protagonistas que a día de hoy— y de haber rechazado con rotundidad esos modos de hacer política, la respuesta más recurrente es la de que el partido ha irrumpido en el panorama político español con la pretensión de «desmantelar los consensos políticos básicos» sobre los que se sustenta la democracia española.
La afirmación resulta inquietante, pero ¿qué hay de cierto en ella? Vaya por delante que a la izquierda española —y de manera más descarada, a la extrema izquierda— nunca le han gustado demasiado los consensos. Si en los años de la transición y durante el proceso constituyente del 78 los aceptó, fue porque carecía de fuerza para imponer sus premisas, de modo que la alternativa al consenso habría sido el continuismo, no la ruptura; pero desde la llegada de Zapatero al poder y con la aparición de Podemos en la escena política, la misma noción de «consenso» quedó demonizada. «Consenso» significaba y sigue significando renuncia, rendición, conformismo, y hasta pleitesía; de modo que las derramadas por los consensos perdidos se antojan auténticas lágrimas de cocodrilo.
En todo caso ¿de qué consensos políticos básicos estamos hablando? Cualquier historiador de la transición sabe de sobra que los consensos a los que se llegó en aquel momento fueron los relativos a la forma política del Estado (ni república ni dictadura, sino monarquía parlamentaria), al modelo de organización territorial (ni autodeterminación ni unitarismo, sino Estado de las Autonomías), al modelo económico (ni socialismo de Estado, ni capitalismo salvaje, sino economía social de mercado) o al régimen de libertades (ambicioso, pero plagado de remisiones normativas). Consensos todos sobre los que la izquierda hace ya tiempo que lanzó sus OPAs hostiles, abocando a nuestro marco constitucional a una situación verdaderamente límite.
De manera que ¿a qué otros consensos apela? Porque si a la izquierda española le importan bien poco los consensos políticos básicos sobre los que se asienta nuestro régimen político, por la sencilla razón de que hace ya tiempo que dejó de sentirse integrada en el mismo y de ser leal para con el marco jurídico que lo define, resulta necesario indagar sobre aquellos otros cuya quiebra suscita verdaderamente su indignación. Y un repaso somero de su discurso revela cuando menos media docena de ellos, entre los que me atrevo a citar el feminismo, el laicismo, el plurilingüismo, la inmigración, el cambio climático, los derechos LGTBI, y la memoria democrática. Cuestiones todas ellas sobre las que, en efecto, VOX ha abordado desde puntos de vista muy distintos —o diametralmente opuestos— a los defendidos —con los debidos matices— por socialistas y populares.
Solo que ¿puede en verdad hablarse de la existencia de consensos de amplia base en estos asuntos? La respuesta es no: todas las citadas son cuestiones que entraron en el debate político español en una fecha relativamente reciente, mucho después de que éste hubiera sentado sus bases y sus marcos; lo fueron de la mano de formaciones políticas y actores sociales situados siempre a la izquierda, y a quienes les traían al fresco dichos consensos fundacionales; demostraron desde el minuto uno poseer un enorme potencial divisorio, generando graves rupturas en nuestro tejido social; y si en algún momento llegaron a tener cierta apariencia de consenso, lo fue gracias al silencio cobarde de la derecha y a su renuncia a presentar la más mínima «batalla cultural». De modo que, lejos de romper consensos políticos básicos larga y ampliamente arraigados en la sociedad española, la aparición de VOX en 2014 no fue sino la demostración práctica de que éstos nunca habían llegado a existir: que no habían pasado de ser un espejismo.
Diez años mas tarde, y provistos de un instrumento para ello, son ya millones los españoles a los que no les importa reconocer que nunca llegaron a comulgar con esas ruedas de molino, y muchos más los que lo hicieron y han dejado de hacerlo; y más aún los que jamás lo harán. Porque, como decía el personaje llamado Blackfish en la icónica serie Juego de Tronos: «As long as I am standing, the war is not over».