Las palabras y los hechos
Las palabras y los hechos
Por Rafael Nieto
5 de agosto de 2026

La crisis de Ceuta, provocada por la invasión marroquí de la ciudad autónoma a través del procedimiento de guerra híbrida, ha generado un poderoso movimiento en las redes sociales, que son el termómetro más eficaz con el que hoy se puede medir la temperatura de la opinión pública. Más allá de la ideología de cada uno, la invasión no ha dejado indiferente a casi nadie, y en el espectro de la derecha se ha constatado que el actual Gobierno, además de estar sentenciado y acabado, es incapaz de hacer guardar el orden en ninguna de sus principales áreas: ni la territorial, ni la institucional, ni la judicial. 

Además del Ejecutivo, convertido en una poza fétida de aguas fecales, otra institución que no sale muy bien parada de la crisis es la monarquía, convidada de piedra forzosa de casi todos los líos en que nos meten Sánchez y sus ministros. Los españoles siguen teniendo la costumbre de mirar hacia La Zarzuela cuando La Moncloa le sale rana, olvidando que (por suerte o por desgracia) los límites que marca al rey la Constitución son muy concretos.

Que Sánchez se marche al palacio de La Mareta y Felipe VI al de Marivent mientras miles de españoles ceutíes sufren una invasión de 80.000 sarracenos es una cosa objetivamente difícil de digerir. Nadie discute que ambos tengan derecho a descansar, pero elegir bien el momento de hacer las cosas es importante en la vida. Probablemente, sus asesores y consejeros no hayan caído en la cuenta.

El tema de la unidad de España es importante en el imaginario colectivo. A nosotros nos puede diezmar la población un virus que se ha escapado de un laboratorio chino, y vale, lo aceptamos aunque sea a regañadientes. Pero esto de que nos invadan lo llevamos muy mal los españoles desde siempre, desde la batalla de Covadonga hasta la Guerra de la Independencia. Una cosa es tener que pagar a los moritos los centros de menas con nuestros impuestos, pero que entre en Ceuta la misma cantidad de marroquíes que tiene la ciudad, bajo orden de Mohamed VI, eso ya es más feo. Eso no es una «crisis migratoria», como dice Lo País.

Por eso, sería bueno que la Casa Real tomase nota de estas situaciones para no repetir errores indeseados. Durante la DANA de Valencia, el rey recogió la simpatía y el cariño de los valencianos que vieron la diferencia entre su actitud y la del «galgo de Paiporta», que salió huyendo en su coche blindado en cuanto le empezaron a llover insultos. La invasión de Ceuta es, simbólicamente, más grave que una inundación, porque el hecho político que hay detrás (el ansia expansionista alauí) atenta directamente contra la unidad de la nación. Era el momento y la ocasión de haber dicho algo. Tampoco sus asesores parecieron verlo.

España tiene quince siglos de existencia. Los musulmanes fueron echados a patadas de la piel de toro después de ochocientos años de esfuerzos, batallas y fervor católico. No va a ser ahora un pellejo purulento con chilaba, por muchas riquezas que tenga, el que nos robe nuestra tierra, eso lo tenemos claro. Pero sería bueno que la defensa de la patria, además de ser un empeño individual de cada uno, tuviera su principal ejemplo en el trono. Con palabras y con hechos, majestad.

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