Lecciones del caso Noelia
Lecciones del caso Noelia
Por Carlos Flores Juberías
27 de julio de 2025

El caso de la ya ex diputada popular Noelia Núñez, sorprendida no en una sino en varias mentiras —y además sostenidas en el tiempo y prodigadas por todo tipo de medios— acerca de sus credenciales académicas, puesta bajo la presión mediática, y finalmente forzada a dimitir de todos sus cargos orgánicos e institucionales, confirma varias cosas que ya sabíamos acerca de cómo funciona la política en España. Cosas tan obvias como que la mentira genera un rechazo político, social y mediático unánime; que en la era de la información ninguna falsedad, por insignificante que parezca y lejana que sea, está a resguardo de ser revelada; que, por generar en torno a quien dice poseerla una especial aura de fiabilidad, las mentiras en torno a la formación académica de los políticos son juzgadas con particular severidad; y que, a fin de seguir manteniendo la ficción de que los políticos han de ser ciudadanos verdaderamente modélicos, la pena por faltar a la verdad no puede ser otra que la muerte… política.

Pero el caso de la ya ex diputada popular Noelia Núñez abre también numerosos interrogantes, cuya respuesta no resulta tan obvia.

¿Por qué se arriesgaría un político a mentir sobre su formación académica? Parte de la respuesta está ya dada: si los títulos universitarios generan en torno a quien los aduce una imagen de fiabilidad, solvencia, y hasta excelencia sumamente deseable, amén de abrirle puertas que le estaría vetado franquear en caso contrario, las razones para el engaño resultan diáfanas. Es cierto que en la política española han dejado huella políticos —como Marcelino Camacho o Gerardo Iglesias— sin más anotaciones en su curriculum que el desempeño de trabajos manuales. Pero no lo es menos que carecer de formación universitaria hizo que su carrera tocara techo muy pronto, y que su esfuerzo personal hubiera de ser mucho mayor que el de sus compañeros de partido y de generación.

¿Habría sido sacrificada Núñez si en lugar de una figura emergente hubiera sido una líder ya consagrada de su partido? Definitivamente no. Ni Pedro Sánchez dimitió por los plagios en su tesis, ni Pilar Bernabé lo hará por sus dos falsas licenciaturas; como tampoco cesará Miguel Tellado por inventarse que fue periodista, ni lo hizo Pablo Casado por sus fantasmagóricas titulaciones. La vanidad de adornarse con títulos de los que uno carece es suficiente para llevarse por delante a una figura secundaria del tablero político, pero no para tumbar a un peso pesado del partido. Tal vez porque las primeras sirven de cortafuego de los segundos, y su sacrificio de antídoto contra la ira de los dioses de turno: prensa, redes y opinión pública.

¿Es cierta la afirmación de Núñez de que, en tesituras como ésta, no todos los partidos se comportan de igual modo? Yo diría que sí, aunque probablemente no por las razones que la ex diputada desearía escuchar. Por un lado porque la derecha siempre ha sido más respetuosa del Derecho —y en él subsumo los códigos de comportamiento y las costumbres parlamentarias— que la Izquierda, que desde los tiempos de Marx sigue viendo a las normas como superestructuras de dominación del capital, dignas de la más rebelde desobediencia. Pero, por otro, porque los populares siempre han sido más timoratos que los socialistas a la hora de enfrentarse a la opinión pública, conscientes aquellos de que su electorado es sumamente crítico con las faltas de ética, y sabedores éstos que los suyos hace ya décadas que comulgan alegremente con ruedas de molino. De modo que el de los curriculums inflados es, sí, un juego que se juega con el tablero inclinado: cosa que tal vez debería saber quien accede a jugar en él.

¿Por qué este escándalo ha explotado ahora, y no en otro momento? Núñez llevaba ya años en política: había concurrido a varias elecciones, había explicado su falsa trayectoria académica en numerosos foros, y ésta figuraba desde hacía años en páginas de sencillo acceso. ¿Nadie hasta ahora había reparado en ella? Es obvio que no: hoy en día no hay un sólo político en activo que no tenga un dossier con su nombre en la portada cuidadosamente custodiado en los archivos de cada uno de sus adversarios, y otro de respaldo en los despachos de Sánchez, Bolaños, Marlaska y —por lo que parece— también Puente, listo para ser abierto en el momento oportuno. Si en esta ocasión le tocó a Núñez fue porque la presión sobre el PSOE —intensa pero no letal—, precisaba ser contestada abriendo fuego sobre una pieza —relevante pero no fundamental—, del Partido Popular. Y le tocó a ella, del mismo modo que podría haberle tocado a tantos otros de su misma bancada.

Y, por último, ¿hay vida (política) después de la defenestración? Por supuesto que sí. Para quienes no deseen volver a la vida que tenían antes de entrar en política como hiciera –por ejemplo–, el ex ministro socialista Máximo Huerta, que tras su escandalito tributario retornó a la televisión y ahora regenta una librería, o —también— para aquellos que sencillamente carecían de vida propia digna de ese nombre antes de hacerse políticos, nunca faltará un Plan B. Que se lo pregunten si no a la ex ministra socialista Carmen Montón, relevada de su cargo tras un escandalo no muy distinto del de Noelia Núñez, pero enviada como embajadora a Washington apenas un año más tarde, con una nómina estratosférica, contadas responsabilidades y cero presión mediática. Y es que el bipartidismo siempre cuida de los suyos, e incluso cuando a la vista del público les muestra la puerta de salida, les susurra al oído donde se ubica la entrada trasera. Garantía última de que todo quede en casa.

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