«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Carlos Marín-Blázquez (Cieza, 1969) es profesor de literatura, escritor y columnista. Ha publicado hasta la fecha dos libros de aforismos ('Fragmentos y Contramundo'), un volumen de relatos ('El equilibrio de las cosas') y una recopilación de artículos ('Una escala humana'). Su último libro es 'Arraigo', un ensayo publicado por CEU Ediciones y que obtuvo un accésit en la segunda edición del Premio Sapientia Cordis. Periódicamente, sus columnas aparecen en diversos medios digitales.

Lecturas del Mundial

24 de julio de 2026

Del extraordinario papel que la selección española de fútbol ha protagonizado durante el reciente Mundial se pueden extraer algunas lecturas que van más allá del ámbito deportivo. La primera y más evidente es que sigue existiendo un sentimiento de pertenencia nacional. El dato es relevante si se considera el descomunal esfuerzo que, por parte de nuestra clase gobernante, se viene haciendo por aniquilar toda forma de adhesión colectiva alrededor de la idea de España. Un esfuerzo que ha abarcado décadas y se ha librado no sólo en el terreno de la política, sino en la cultura, la educación y, en general, en cualquier medio de difusión de ideas susceptible de ponerse al servicio de la propaganda.

La disolución de la identidad nacional constituye un objetivo prioritario en el marco del ideario globalista que abrazan nuestras élites. Se trata —como es de sobra conocido— del proyecto de sustituir nuestro orden civilizatorio por algo que aún no sabemos en qué consistirá exactamente, pero en cuyo diseño la apertura de fronteras y el descontrol de los flujos migratorios cursa en paralelo al paulatino descenso hacia la precariedad de una significativa parte de la población autóctona. 

Y de repente nos encontramos con que aparece una fisura en el granítico bloque tallado por el ejército de ingenieros sociales a sueldo de la ideología dominante. Es —sin necesidad de caer en inflamaciones patrioteras— el súbito despertar del pueblo sencillo, el festivo resarcimiento de esos hombres y mujeres de a pie que ya están un poco hartos de que, desde sus privilegiadas alturas televisivas, un coro de personajes sin otro mérito acreditado que el de su infinito servilismo político les diga que deben avergonzarse de lo que son.     

Durante los días en que la selección triunfaba, el jolgorio de las calles ha provocado que algunos traigan a colación el papel que juega el fútbol como narcótico de las masas. Puede ser. Pero en realidad también podría ser justo lo contrario. Podría suceder que, pese a a tratarse de un acontecimiento puntual y de representar algo así como la alegre espuma que recubre un abismo de aguas ponzoñosas, las celebraciones multitudinarias en las calles y plazas de todo el país nos estuvieran indicando que las costuras que a duras penas mantienen hilvanado el tejido de la nación todavía no se han deshecho por completo.

Queda, pues, un resto de esperanza para los partidarios de la civitas, es decir, para quienes creen que vale la pena empeñar sus esfuerzos en que la realidad que les rodea siga presentando un aspecto lo bastante familiar como para que puedan reconocerse en ella. 

Pero junto a la lectura digamos política, el Mundial también ha servido para la siembra de una especie de pedagogía edificante. Hemos podido conocer detalles de las vidas de algunos de nuestros jugadores que le han imprimido un giro a la tradicional concepción que tenemos del estrellato. Historias de superación, chavales de orígenes humildes a los que la fama no se les ha subido a la cabeza porque saben que detrás de ellos hay a una familia a la que le deben gran parte de lo que han conseguido. Hemos visto actitudes de nobleza, en el campo y fuera de él: un seleccionador que hablaba con sensatez y naturalidad de aspectos cruciales de la vida; jugadores que se expresaban sin estridencias, con educación, y mantenían en el terreno de juego un comportamiento honorable.

Nada de todo esto es irrelevante. En un país que lleva años apestando a corrupción, nepotismo y negligencia, que un grupo humano alcance la excelencia en su ámbito de actuación y lo muestre a los ojos de un mundo que los contempla admirado inyecta una dosis de autoestima en una sociedad que no anda sobrada de motivos para el optimismo. 

La lección, en definitiva, consiste en demostrar que podemos ser lo contrario de lo que quieren forzarnos a ser. No indolentes, gañanes, pícaros, aprovechados, sumisos, sino gente que sabe unirse para hacer las cosas como el mejor. Sin trampear, sin menospreciar a nadie. En realidad, como si se tratara de la cosa más normal del mundo. 

Si la imagen que nuestras élites transmiten resulta tantas veces deplorable, un puñado de talentoso jugadores de fútbol nos han hecho ver que —como escribió hace unos días Alberto Olmos— “aquí, con la pelota, ante el mundo entero y con cien cámaras, les decimos que se puede ser honrado, digno caballero en todo momento y en todo lugar, y queremos que ustedes también lo sean”. 

Sí, en la capacidad de sublevarse contra un futuro que otros parecen haberle escrito estriba el verdadero potencial de un país. Lo que debemos agradecerle a este grupo de jugadores es la alegre sencillez con que nos han mostrado el camino. 

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