«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

Inmigración y duda euroexistencial

18 de septiembre de 2026

En un artículo de esta semana en el New York Times, Anton Jäger plantea la tesis de que la «obsesión» europea por la inmigración es una respuesta a una carencia y cita al historiador Eric Hobsbawn, que consideraba que el atractivo de la política antiinmigratoria para los nacionalismos europeos era llenar su vacío identitario. Los inmigrantes serían la forma de definir una identidad europea no resuelta.

Esto encierra algo de verdad. Las personas se definen a menudo frente a otro. Steve Sailer recordaba al historiador Pirenne, que consideraba a Carlomagno una consecuencia de Mahoma. Sin el Islam y su avance no es que no se entienda España, es que no se entendería la formación carolingia de Europa, antecedente de la Unión Europea actual. Esto molesta a algunos. Siempre que se habla del Islam puede salir alguien con la palabra islamofobia, o con la acusación tontiparda de que es hacerle el juego al ‘sionismo’ o blanquear la inmigración hispanoamericana. Pero parece innegable que el Islam ha sido una fuerza exterior que ha  moldeado Europa. Esa influencia externa ahora sería la «desigualdad». Una desigualdad que no cesa y que potencian los móviles, lo que ven de Europa en los móviles (el móvil como objeto migratorio, guía, promesa y pasaporte). Estos flujos de la desigualdad recaerían sobre una no identidad europea. Los movimientos ‘identitarios’ de la llamada extrema derecha serían entonces todo lo contrario: una ansiedad por no saber qué es Europa.

¿Acaso no se ha definido?

La bruselense oficial no parece que convenza a nadie seriamente. Quizás sentimentalmente sea más efectivo el himno de la Champions o Eurovisión, según temperamentos.

Para Zizek, Europa es su música clásica. Y puede que tenga razón. Las únicas personas a las que he visto sentir algo parecido al patriotismo europeo han sido melómanos (personas cercanas al nazismo musical). Ellos y las personas preocupadas por la raza (podríamos decir racistas, pero también racialistas o realistas raciales) son los únicos que hasta ahora entendían las cosas en términos europeos, pero si las cosas siguen como van, es previsible que esa visión se extienda y que al contacto con la inmigración en la forma vestryngiana de «manadas y manadas» surja un nosotros continental. Un comentarista francés, por ejemplo, acusaba ayer a  Mbappé de «odiar a los europeos».

Es curioso, con todo, que la pregunta sea qué es Europa y no, simplemente, quiénes son o han venido siendo los europeos, asunto sobre el que hay poca duda.

El artículo del NYT insiste en la falta de identidad como una forma de indefinición política o de sentido histórico: Europa ahora es la vez «prestigiosa y provincial», «potencia cultural y marginada geopolítica». Según el autor, ese vacío en el centro de la «autoimagen» difícilmente lo podrá llenar ya el «europeísmo cívico» y deberá hacerlo la «migración». Planteado así, y por mucho que asombre (uno se pregunta si entiende bien lo leído o es un niño PISA), la inmigración se justificaría pronto no solo por la economía o lo humanitario, también por lo identitario. Europa se definirá con la inmigración o contra la inmigración.

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