«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Sevilla, 1972. Economista, doctor en filosofía y profesional de la gestión empresarial (dirección general, financiera y de personas), la educación, la comunicación y la ética. Estudioso del comportamiento humano, ha impartido conferencias y cursos en cuatro continentes, ocho países y seis idiomas distintos, y presta servicio como mentor ético. Ha publicado once ensayos, entre ellos 'Ética para valientes' (2022) y 'El dilema de Neo' (2024); 'Amar para siempre' (2026) es su último libro. También ha traducido más de setenta obras, de Shakespeare, Stevenson, Tocqueville, Rilke, Guardini, Thibon, MacIntyre y Chesterton, entre otros. Más información es www.davidcerda.es

Aura

17 de septiembre de 2026

Nada de echarse las manos a la cabeza ni de ponerse estupendos: todos hemos sido jóvenes y hemos caído en modas bastante más tontas que la de farmear aura. Hubo un momento en que cientos de millones de personas —adultos incluidos— consideraron razonable ponerse en fila en bodas, bautizos y fiestas patronales para perpetrar la Macarena. La fiebre de ahora empezó a hacerse masiva en TikTok en 2024. El primer vídeo que popularizó el fenómeno rondó los tres millones de reproducciones en un mes; poco después hubo otros por encima de veinte millones. En 2025 un niño indonesio de once años, Rayyan Arkan Dikha, se hizo mundialmente famoso bailando con extraordinaria parsimonia sobre la proa de una embarcación tradicional de las carreras Pacu Jalur; internet le puso de banda sonora Young Black & Rich, de Melly Mike, y el resto, como suele decirse, es historia. Este verano la cosa se ha ido de madre y han proliferado las batallas de aura incluso en suelo patrio. Pero lo dicho: quien esté libre de haber compartido con muchos alguna memez, que tire la primera piedra.

Punto y aparte. Lo del aura tiene más interés del que parece. Para los jóvenes, tener aura es transmitir carisma, presencia y una seguridad que hace que los demás te perciban como alguien admirable o «cool» mientras tú actúas casi sin esfuerzo. Digamos que es una elegancia del carácter, pero trastocada en las «batallas», porque en ellas se cosechafarmear es eso— a través de tontos bailecitos y gestos. Hay, no obstante, una intuición moral interesante de fondo, la de que determinados comportamientos agrandan a una persona y otros la empequeñecen. Existe, pues, una conexión con la virtud, la magnanimidad y el valor, pero rebajada por un pudor moral que es la marca de nuestro tiempo.

Lo inquietante viene después, cuando tratamos de averiguar qué comportamientos —batallas aparte— se asocian con el aura. Un muchacho que se enfrenta a tres abusones para defender a un compañero gana aura; pero también la gana el abusón si humilla a otro con suficiente aplomo e ingenio. Para conseguir aura basta con llevar unas gafas oscuras, hacer un ademán displicente y conocer un puñado de coreografías tiktokeras. Es una virtud performativa en demasiados casos, no demasiado lejos de los andares pintones del viejo matón de instituto o del chulo del barrio. Y sí, por si se lo están preguntando, el imaginario del aura es bastante masculino, aunque las chicas también usen el término.

Si rascamos un poco descubrimos que hemos conservado la admiración, mientras se nos ha ido desdibujando aquello que merece ser admirado. El valor, en tanto virtud, necesitaba tradicionalmente una causa, mientras que el aura lo que pide principalmente es una puesta en escena. Antígona enterró a su hermano a sabiendas de cuál sería el castigo, Sócrates bebió la cicuta a pesar de las súplicas de sus amigos, Urraca I defendió su corona durante años de guerras y rebeliones y Janusz Korczak acompañó a los niños de su orfanato hasta Treblinka pudiendo haber salvado la vida. La grandeza estaba vinculada al riesgo, al deber, al sacrificio, a algo que trascendía al sujeto. Aristóteles nos enseña que la virtud es un hábito del carácter orientado al bien y que nadie se vuelve justo por una pose en un vídeo de doce segundos. La confusión moral contemporánea ha ido dejando atrás todas esas solideces para entregarse a la fluidez de la apariencia.

El buen impulso de admirar lo excepcional queda dañado por el prurito de exhibirse. Llevamos décadas diciéndole a cada persona que debe encontrarse, realizarse, expresarse, descubrir quién es y enseñar al mundo su yo verdadero, hasta desembocar en una situación bastante cómica en la que millones de individuos «únicos» hacen los mismos gestos y bailes. La autenticidad contemporánea necesita público, y esa necesidad, obviamente, la arruina. Ocurre, además, que este aura contemporánea nace ya con vocación de medirse, porque se expresa en puntos que se ganan o pierden, por miles y hasta millones, según la banal hazaña de turno. Siempre hemos representado papeles. Seguramente, hasta un joven ateniense procuraba parecer gallardo cuando pasaba delante de las muchachas. Pero no iba pertrechado con un teléfono móvil ni tenía mercachifles poderosísimos que lo azuzaran.

Las series y el cine juvenil participan del mismo desplazamiento. Pululan en ellas personajes cuya superioridad se comunica mediante la ropa, la mirada, la réplica cortante y esa seguridad impostada que permite atravesar un instituto como Clint Eastwood atravesaba un saloon. El héroe ha ido cediendo terreno al personaje icónico; no hay signo más rotundo de esta decadencia. Messi y Cristiano tienen aura a espuertas, claro, pero resulta significativo que llamemos héroes a dos señores cuya gesta consiste, al cabo, en jugar excepcionalmente bien al fútbol. La confusión entre auctoritas y celebritas hace que, para muchos, una enfermera que lleva treinta años cuidando carezca de aura, y lo mismo les pasa al abuelo o al quiosquero. «La sociedad hasta ayer tenía notables; hoy solo tiene notorios», advierte Nicolás Gómez Dávila en uno de sus finos escolios. Lo cierto es que hay más aura real en Ignacio Echeverría golpeando con su monopatín a un yihadista en Borough High Street que en todos los vídeos motivacionales de internet juntos, pero si los chicos lo desconocen también es por culpa nuestra.

Castiglione llamó sprezzatura a la difícil virtud de hacer las cosas bien sin que se notase el esfuerzo. Algo de eso hay en el ceutí al que no atendimos todos estos años, para quien fue una hazaña ser un simple ciudadano que sube y baja la persiana de su tienda. La sprezzatura descansa sobre una excelencia previa, mientras que el aura corre el riesgo de quedarse en su representación. Con todo, yo no despreciaría esa aspiración adolescente que este verano hemos descubierto. Me gusta que los chavales hablen de aura porque podrían estar hablando solamente de dinero, atractivo o fama y han elegido una palabra para referirse a una cualidad crucial —la grandeza— que de algún modo barruntan. ¿Qué les parece si, en vez de ridiculizarlos, les mostramos dónde pueden hallar lo verdaderamente épico?

Fondo newsletter