Dejen todo lo que estén haciendo: la Inteligencia Artificial nos va a matar a todos en una década. Que no lo digo yo, que lo dicen los protagonistas del mercado, Anthropic y OpenAI, en colaboración con Elon Musk, que están pidiendo ralentizar el desarrollo de la IA y ponerle puertas al campo.
Para bajar unos cuantos puntos el clickbait, he de reconocer que las probabilidades de extinción total que se manejan en los medios ronda el diez por ciento, una probabilidad entre diez, mejor que la ruleta rusa.
Todo esto, entre usted y yo, tiene una pinta de maniobra para crear un oligopolio en el recién nacido sector que tira de espaldas, un modo descarado de cerrar el paso a los competidores. Pero esa no es realmente la noticia; la noticia es la facilidad con la que la gente se plantea la posibilidad de que las máquinas emprendan el genocidio definitivo y acaben con 8.000 millones de personas, lo que no dejaría de tener su mérito. ¡Muérete de envidia, Genghis!
Pocos pensamientos resultan tan decepcionantes, tan insípidos para cada generación que saberse un punto más en una gráfica, la de la historia del ser humano sobre el planeta. La vanidad generacional exige que cada una se crea el pináculo de la Historia, la definitiva, la que tiene la capacidad y el derecho a juzgar a todas las demás. Y si el precio de serlo es el Armagedón, sea.
Pero basta echar un vistazo a la letra pequeña de la Historia y sus historias para darse cuenta de que no hay generación que no se haya creído, al menos por parte de una élite intelectual, elegida para protagonizar el cierre.
Parece contraintuitivo; uno diría que, ante la perspectiva del fin, el instinto de conservación saltaría como un resorte y nos resistiríamos con uñas y dientes a contemplar siquiera la idea. Pero, por lo que se ve, la vanidad es más fuerte, la arrogancia cronológica derrota siempre al sentido común y, por supuesto, a una humildad realista.
Quizá el secreto de esta extraña pulsión de muerte proceda de una triste constatación universal: todos vamos a morir algún día; mejor hacerlo en compañía de todos los demás, muera Sansón con los filisteos.
Ya que hemos de morir, hagamos significativo el tránsito universalizándolo a todos nuestros congéneres. Porque no hay acompañamiento más desasosegante a la idea de la muerte que la certeza de que todo seguirá más o menos igual cuando hayamos muerto, que nuestra existencia ha dejado una huella insignificante en el conjunto. Como escribía Foxa:
Y pensar que no puedo en mi egoísmo / llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja; / que he de marchar yo solo hacia el abismo, / y que la luna brillará lo mismo / y ya no la veré desde mi caja.
Por cerrar donde empezamos, no creo que la Inteligencia Artificial vaya a conseguir en una década el soñado apocalipsis; bastante trabajo tiene cambiando de arriba abajo el mercado laboral, la producción económica y el modo en que vivimos como para dedicarse en sus horas extras a exterminarnos.