No le quepa duda, políglota lector, de que las lenguas se mueren. Desde los lejanos tiempos de la torre de Babel, las lenguas han nacido, crecido y desaparecido continuamente. No se salvó ni el latín, una de las más importantes lenguas de cultura de la historia de la Humanidad, la lengua de Cicerón y Ovidio, hablada y escrita durante dos milenios por cientos de millones de personas hasta los tiempos de santo Tomás, Erasmo, Descartes y Newton. Pero hoy es una lengua muerta. Su lugar ya no son las bocas y las plumas de los hombres, sino los diccionarios. Y la mataron las lenguas vulgares de la gente vulgar, porque las lenguas romances desde Portugal hasta el Mar Negro no son más que el latín degradado por millones de ignorantes que, por la fuerza del número, acabaron imponiendo la ignorancia como nueva norma.
También yacen sepultadas bajo la arena de la historia, entre otras muchas, la lengua sumeria, la egipcia, la hitita, la picta, la etrusca, la córnica y la gala. Y de nuestra España desaparecieron las lenguas íberas, la celtíbera, la aquitana, la tartésica, la guanche…
Hasta el español desaparecerá. Ya está desapareciendo. Intente hablar con un veinteañero, especialmente si ha salido de esa eficacísima máquina analfabetizadora que seguimos llamando, no sé por qué, universidad. Comprobará que a menudo resulta difícil comprender la extraña jerigonza que habla y que a veces parece que suena a algo parecido al español: un vocabulario infantil, limitado, repetitivo, balbuciente, sembrado de latiguillos como ese asombroso «en plan» y plagado de anglicismos cosmopaletos que sus bisoños utilizadores tienen por el colmo de la sofisticación.
Pero tampoco es para sufrir pensando que somos menos afortunados que otros. El español desaparecerá más o menos al mismo tiempo que el inglés, y por el mismo motivo: su vecindad en América lleva ya muchas décadas creando un híbrido, el enervante spanglish, que ya no es ni inglés ni español y cuya penetración en esta orilla del Atlántico se ha acelerado desde la llegada masiva de suramericanos. Una vez más, una mayoría de ignorantes hará desaparecer una lengua culta para sustituirla por otra más vulgar pero más útil. ¿No es cierto, bro?
Y si las dos lenguas internacionalmente más potentes se dirigen hacia su desaparición, no será complicado imaginar lo que les queda de vida a las habladas por mucha menos gente. En países cuyas lenguas no pasan de unos pocos millones, como Holanda, Dinamarca o Suecia, hace ya mucho que se han resignado a que el inglés sea usado casi tanto como la lengua local. ¿Recuerdan en qué cantaban los de ABBA en los años setenta? Hasta en la multimillonaria España (multimillonaria por los cientos de millones de hispanohablantes) el inglés gana continuamente terreno en todos los niveles educativos con el subsiguiente retroceso de la lengua de Cervantes, acosada simultáneamente por las regionales aunque luego no las use ni Jaungoikoa.
A pesar de los incontables dineros derrochados en inmersiones e imposiciones desde la instauración del Estado de las Autonomías, los hablantes habituales de lenguas regionales siguen representando prácticamente los mismos porcentajes que hace medio siglo, como suelen lamentar quienes tienen por oficio promoverlas como negocio propio y herramienta de agitación separatista. En las encuestas sociolingüísticas del gobierno vasco, por ejemplo, se refleja que el porcentaje de ciudadanos que usa el vascuence igual o más que el español ronda el 20%. Pero la realidad debe de ser aún más desalentadora ya que, frente a lo declarado a los encuestadores, datos como el de cuántos vascos hacen el examen de conducir en una u otra lengua hablan por sí solos: 98,5% frente al 1,5%, y eso que hay municipios en los que se premia con cien euros a quienes lo hagan en vascuence.
El Instituto Galego de Estadística publicó en octubre de 2024 los datos en los que se evidencia que el uso de la lengua gallega disminuye imparablemente hasta entre los jóvenes, el sector más afectado por la inmersión lingüística implantada por los sucesivos gobiernos del Partido Popular.
En Cataluña, según explica la Encuesta de usos lingüísticos de 2025, el uso social del catalán ha disminuido considerablemente –entre un 12 y un 14%– en el último cuarto de siglo tanto en los hogares como en los grupos de amigos, el comercio, la escuela y el trabajo. Y no parece que ni Franco ni Felipe V tengan algo que ver con ello.
Pero la idolatría lingüística sigue erre que erre y se extiende por otras regiones en las que tienen mando en plaza linguócratas envidiosos de los sueldazos de los separatistas clásicos. Ése es el caso, por ejemplo, de Vanesa Gutiérrez, consejera de Incultura del Principado de Asturias, que ha proclamado que «sin la oficialidad del asturiano nos extinguiremos como pueblo». La inmigración desatada, no. La natalidad asturiana por los suelos, tampoco. Lo que provocará el etnocidio será la no oficialidad. Algo parecido es lo que ha sucedido con el empeño de los separatistas, ateos y anticristianos la mayoría de ellos, en que el papa hablara en catalán durante su visita. Si la lengua fetiche se usa en momentos simbólicos, la nación existe, deben de pensar los linguólatras.
Y con esto llegamos a la moraleja, porque todas estas inmersiones lingüísticas, todas estas millonadas, todos estos esfuerzos y todos estos lamentos no sirven para nada. No hace falta más que darse un breve paseo por nuestras calles para comprender que las lenguas que se hablarán en esta piel de toro dentro de una o a lo sumo dos generaciones serán el árabe, el urdu y el suajili.
¿Le parece exagerado? Pues no tiene más que recordar que hace unos días el presidente Macron ha señalado muy contento que el árabe es la segunda lengua más hablada en Francia. ¡Como se entere Carlos Martel…!