Liberales
Liberales
Por Jesús Laínz
16 de febrero de 2026

Desde hace algo más de dos siglos el liberalismo gobierna el mundo. Los dos primeros pasos fueron las revoluciones estadounidense y francesa, y a partir de ellas todos los países europeos y americanos, a mayor o menor velocidad, siguieron sus pasos. Liberales fueron las excusas de los independentistas hispanoamericanos, cuya victoria sobre la agotada metrópoli no provocó la instauración de un régimen exitoso como el de los liberales estadounidenses, sino la caída de sus países en un caos del que siguen sin salir dos siglos después. Liberales fueron las revoluciones de 1830 y 1848, y liberales se proclamaron prácticamente todos los gobernantes europeos del siglo XIX.

Liberales fueron los que se opusieron al despotismo fernandino, los que vencieron en las guerras carlistas, los que decretaron las desamortizaciones que tan pocos problemas antiguos resolvieron y tantos nuevos crearon y los que construyeron el defectuoso régimen que acabaría pudriéndose en las primeras décadas del nuevo siglo. A diferencia de los eficaces liberales franceses e ingleses, liberales fueron los gobernantes españoles que consiguieron que el XIX, el siglo liberal por excelencia, haya pasado a los anales como la época más negra de nuestra historia, época que, bajo el inepto —por decir la palabra menos fuerte— gobierno de los liberales Sagasta y Moret, culminó en 1898 con el desastre de ultramar y el comienzo del éxito de unos separatistas que ansiaban cortar amarras para no irse al fondo. Liberales también fueron, por cierto, los que, como Laureano Figuerola, se opusieron acertadamente pero con escaso éxito al proteccionismo decimonónico que lastró la industria española y privilegió a unos empresarios catalanes que agradecieron sus ventajas promoviendo el separatismo.

Liberales fueron, también, los principales artífices de la Segunda República, con los prestigiosos Ortega, Ayala y Marañón en cabeza. Los tres se arrepintieron prontamente de su colaboración en el advenimiento de la República y se alinearon con el bando rebelde. Marañón, figura egregia del liberalismo español, acusó a los liberales, y a sí mismo el primero de todos, de haber facilitado el camino hacia la revolución y la guerra debido a su «ceguera para los colores”, su «daltonismo” y su «incapacidad para ver el despotismo cuando aparece teñido de rojo». Consideró a la República «un régimen sanguinario, una institución de asesinos de cuyo advenimiento, por un trágico error, [los liberales] nos confesamos culpables».

Liberales fueron también quienes cuarenta años después, algunos provenientes de la oposición y otros de las filas del franquismo, construyeron el régimen del 78 en cándida colaboración con izquierdistas y separatistas. Liberales también han sido quienes lo han dirigido y disfrutado en turnismo partitocrático cuyo catastrófico resultado puede constatar hoy hasta el más ciego. Y liberales son los que van de la mano de izquierdistas de todo tipo en las instituciones europeas que no paran de atentar contra las soberanías nacionales y cercenar los derechos individuales.

Pero estas cosas no pasan solamente en España, ni mucho menos. Los liberales franceses, que evidentemente ni han leído ni saben quién fue Marañón, se alían constantemente con socialistas y comunistas contra los excomulgados situados a su derecha. Con ello promueven el incremento de la inmigración afroasiática, ésa que, cuando los números lo permitan, acabará con todo lo que se supone que promueven los liberales. Y los liberales portugueses acaban de hacer lo mismo.

Muchos de los que, con razón o sin ella, se llaman liberales están sinceramente convencidos de que son los eternos incomprendidos, los eternamente apartados del poder por los falsos liberales que se aprovechan de una etiqueta que sólo les corresponde a ellos, los liberales químicamente puros, ideológicamente correctos, moralmente impolutos y doctrinalmente ortodoxos según el evangelio de Adam Smith, al que siguen refiriéndose como si por el mundo no hubieran pasado ya tres siglos.

Si las cosas salen bien, ello se debe a las virtudes del liberalismo, lo cual no deja de ser verdad en algunos casos: por ejemplo, la victoria de Occidente sobre la URSS en la Guerra fría, lo que no es poco decir. Pero si salen mal, es porque el liberalismo no se aplicó de la manera adecuada. Por eso, poco dados a la autocrítica, siguen reclamando de buena fe nuevas y más potentes dosis de liberalismo para resolver los graves problemas que han provocado tantas décadas de liberalismo.

Y así tenemos que en España siguen apareciendo señoriales iniciativas para promover el liberalismo en torno a un té con pastas. Porque, como salta a la vista, el gran problema de España no es la natalidad suicida, ni la vagancia suicida, ni la inmigración suicida, ni el separatismo suicida ni el cainismo suicida. No, el gran problema de España es que no hay suficiente liberalismo.

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