Lo intentarán todo
Lo intentarán todo
Por Itxu Díaz
11 de diciembre de 2025

Fuego amigo o no tanto. Aullidos de terror en las cloacas. Y ruido de hojalatería mediática. Los dos grandes partidos comparten hoy una misma obsesión: el miedo atroz ante la imparable subida de Vox en las encuestas. Al PSOE ya no le hace tanta gracia lo de emplear a Vox como arma arrojadiza contra el PP. Al PP ya no le convence el discurso de que tan solo son díscolos que volverán al redil, como si los votantes fueran ganado que pastorear. El bipartidismo está muerto y sus líderes han sido los últimos en enterarse. Descanse en paz el consenso progre, la boomerada nostálgica de Naranjito, y el ejército de charos de Club de Fans de Salazar.

Muchas horas han gastado en estos últimos meses en Moncloa, pero también en Génova, tratando de encontrar puntos flacos a Vox. Sospecho que había en esos cónclaves una cierta melancolía, al comprobar con pavor que el etiquetaje recurrente —«franquista», «fascista», «machista»— ya no les funciona, y que cuantos más años dedican a convertir a Franco en un monstruo, más admiradores del régimen anterior aparecen entre los jóvenes. Están desconcertados y nerviosos. 

Es 11 de diciembre de 2025 y es el momento más oportuno para lanzar una advertencia a la legión de viejos y nuevos votantes de Vox, para que al menos la infamia no coja a nadie distraído: lo intentarán todo. Todo. 

De momento han atenazado a los grandes medios con el implacable argumento corleonesco de que aún controlan el presupuesto publicitario y las licencias de emisión. Han tratado de infiltrar una y otra vez a las bases, las cúpulas y las cópulas para abocar a Vox a una sucesión de suicidios que no se han consumado. Han untado a los más beligerantes personajillos mediáticos para, con la excusa del humor, más bien horror, sugerir una equivalencia bastante ridícula entre Franco y Abascal. Y han tratado de sembrar dudas con los dineros desde el primer día —como si estuvieran en condiciones de clamar por la transparencia—, bajo la célebre consigna de embarrar el terreno de juego para que todos parezcan igual de pringados en la corrupción. 

Tras cosechar mil fracasos, están más cerca de comprender por fin que la pieza central del éxito no es un partido, sino los inmensos errores y traiciones del bipartidismo a España que gracias Vox han quedado retratados por primera vez, en una lucha por recuperar la soberanía nacional, el sentido común y la libertad, que se ha personalizado en la figura política de Santiago Abascal. Y este es el punto clave, porque cuando terminen de perder el tiempo intentando dividir al partido desde la periferia, comprenderán que el baluarte donde se aglutina la España cabreada no es tanto la organización que responde a unas siglas como el líder político que las representa, que les representa, que los acoge.

Mi apuesta, y ojalá fuera capaz de equivocarme en estas lides, es que de aquí a las generales viviremos la madre de todas las batallas de guerra sucia contra Santiago Abascal y todo lo que representa. Lo van a intentar todo. Hay cierta tradición española en eso de señalar a figuras emergentes desde el lugar donde duermen las ratas y tratar un plan para impedir a toda costa que pueda llegar a competir de igual a igual por La Moncloa. Casi siempre les ha salido bien, pero la historia se nutre de excepciones e imprevistos, sino sería demasiado aburrida.

Y luego está la inquina personal, que con Sánchez al frente del Gobierno siempre debe tenerse en cuenta. En Sánchez todo es personal, por eso ya no quedan instituciones ni PSOE, sólo apéndices del cuerpo infernal sanchista. Y quien saca al presidente de sus casillas no es Feijoo, ni siquiera Tellado —que lo pone bastante nervioso—, sino Abascal, porque de algún modo encarna sin pretenderlo al macho alfa de la política que la habría gustado ser, según su manera testosteronil de ver las cosas, y la envidia le corroe al comprobar que el de Vox tiene toda la palabra de la que él carece ante los españoles, que puede dormir tranquilo por las noches siendo feliz esclavo de lo que promete, y que aún encima lo vitorean en los bares de los pueblos perdidos y humildes de España a los que él no puede ni asomarse a la puerta. 

Sostengo que Sánchez envidia y admira a Abascal a partes iguales. Y que, sabiendo que ya no puede ser como él, al de Amurrio le tocará soportar la impredecible lluvia del rencor atávico del yerno de Sabiniano. El mejor paraguas será mantener el rumbo que comparte con millones de españoles y, al contrario que la banda del Peugeot, no distraerse con las luces del camino.

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