«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
La Gaceta de la Iberosfera
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Actor. Cine, teatro y televisión. Fue diputado en el Congreso de los Diputados y jefe de grupo en las Cortes Valencianas. Actualmente trabaja en 7NN. Dirige y presenta 'ConToni' los sábados por la noche.
Actor. Cine, teatro y televisión. Fue diputado en el Congreso de los Diputados y jefe de grupo en las Cortes Valencianas. Actualmente trabaja en 7NN. Dirige y presenta 'ConToni' los sábados por la noche.

Lobby

18 de febrero de 2024

Nada me divierte más que ver a un progre caerse del guindo y sentir los efectos de su propia medicina. Recuerdo casos inigualables como aquel ministro sociata de justicia, Miguel Ángel Aguilar, que creó la ley de violencia de género y, años después, fue acusado por su hijo de pegar e insultar a su señora. El chaval se retractó de forma oportuna al día siguiente. Y Aguilar pasó a ser víctima de una de esas denuncias falsas cuya existencia siempre niegan los sociatas.

Otro ejemplo es Pablo Iglesias, que lloriqueaba porque le decían rata chepuda, quejándose de que le monten un escrache a las puertas de su casa. ¡Qué lejos quedan aquellos duros inicios en los que fanfarroneaba sobre una paliza a «unos lúmpenes» (habría que verlos), o cuando recetaba jarabe democrático a tutiplén!

El último ha sido Alberto Garzón. El comunista Garzón, tras pasar con pena y sin gloria por el ministerio de consumo demostrando ser el más inútil de todos los inútiles del gobierno sanchista, que ya es decir, decidió pasarse al lado oscuro: esa empresita que lleva Pepiño y que multiplica sus beneficios desde que gobierna el PSOE. Tiene narices que una de las pocas cosas que uno haga en un ministerio sea azotar a los lobbies para acabar en uno. Albertito ha escrito una carta para mostrar su amargura. Ojo, no ve un problema moral. Sólo se retira para no dañar en las elecciones a la izquierda, a quien pide que reflexione sobre cómo trata a las personas que dedican su vida a los proyectos colectivos y a la política, a la que llama «trituradora de personas».

A mí, un tío que se hace una foto con la camiseta de la RDA no me da pena. Quien apoye a aquel régimen criminal merece todo lo que le pase. Pero Alberto es de esa misma izquierda cuqui a la que pertenecen también Yolanda o Pontón, esas lobas con piel de cordero. Él es así, pura contradicción: nos pedía que no tomáramos la carne que devoraba en su boda y pretendía limitar nuestros vuelos tras celebrar su luna de miel en Nueva Zelanda. Albertito no podrá ingresar oficialmente en el lobby de Pepiño. ¿Qué importa? Podrá facturarle. Al tiempo. Acabará cobrando de las empresas del juego a las que amargó la existencia. Ahora se ofrece para mostrarles cómo sortear las leyes que él mismo redactaba. Se puede. ¡Claro que se puede!

Parece que los culpables de su abandono son Pablo Iglesias, que le ataca desde su panfleto, y Yolanda Díaz, esa ministra que acaba de gastarse casi ochenta mil euros en churros y porras, pasándose por el forro de sus carísimos vestidos los semáforos nutricionales que diseñaba Albertito. Yolanda debe andar preocupada por los resultados de las elecciones gallegas que la condenan a la irrelevancia en su tierra. Pero ella sí puede. Churros, porras, Papa y Palestina. Tiene el power. Y en el comunismo hay clases, vaya si las hay. Garzón se quejaba de que la izquierda triturara a las personas. Por supuesto, se refiere sólo a las de izquierdas. Ahora se siente incomprendido. Y es normal, él sólo seguía la costumbre del colectivismo: el comunismo es para el pueblo y el capitalismo para quienes lo lideran.

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