Los nuevos desposeídos
Los nuevos desposeídos
Por José Javier Esparza
11 de noviembre de 2025

España está viviendo un proceso inédito de fragmentación social. Lo dice Cáritas en su IX Informe Foessa sobre exclusión y desarrollo social. La exclusión social severa afecta ya a 4,3 millones de personas, de las que un tercio son menores de edad: casi un millón y medio de niños. Las causas principales son la precariedad laboral y el coste de la vivienda. Un trabajo ya no da para vivir: el 67% de los hogares en situación de exclusión moderada y el 53% de los hogares en exclusión severa tienen al menos uno de sus miembros con trabajo. La situación se agrava en el caso de los jóvenes: entran en el mercado laboral con sueldos entre un 15% y un 30% inferiores a los que tuvieron las generaciones anteriores. La periferia social crece sin pausa. El 10% de la población más rica concentra el 54% del patrimonio del país, mientras que el 50% inferior apenas posee el 7%. La clase media, aquella gran conquista de los años del desarrollismo, se extingue. En su lugar reaparece una fosa cada vez más honda entre ricos y pobres.

Hace un siglo, en grandes ciudades como Berlín o Barcelona había habitaciones que se llamaban «de los tres ochos» porque se alquilaban durante ocho horas, para dormir; después el inquilino se marchaba al trabajo o a la calle y llegaba otro que la ocuparía durante las ocho horas siguientes, hasta que llegara el tercero. Es difícil imaginar ejemplo mayor de desposesión. Expresiones como «belle époque» o «felices años 20» resultan menos convincentes cuando se piensa en esas cosas. La segunda revolución industrial permitió una enorme acumulación de riqueza, pero a costa de crear una extensísima periferia de excluidos. La agitadísima vida de Occidente entre finales del siglo XIX y las dos guerras mundiales no fue una casualidad. La atmósfera revolucionaria de aquellos decenios es inseparable de las condiciones materiales objetivas. Precisamente por eso el gran logro de las naciones occidentales de posguerra fue crear una ancha clase media: la periferia podía empezar a gozar de los beneficios del centro. Eso es lo que ahora se ha roto. Estamos volviendo a un paisaje semejante al de hace un siglo. El fenómeno es de una trascendencia histórica decisiva.

Es verdad que la periferia de hoy no es como la de ayer. El signo distintivo de la periferia social de hace un siglo era la carencia. El de hoy es la precariedad. La periferia de hoy tiene trabajo, pero el trabajo, con frecuencia, ya no permite vivir. Cada vez hay más gente que pende literalmente de un hilo: el menor contratiempo bastará para enviarlos a la ruina más completa. A eso hay que añadir la ausencia de expectativas. Nunca se subrayará bastante la importancia de esto: por primera vez en mucho tiempo, los padres tienen la certeza de que sus hijos vivirán peor que ellos (y los hijos son perfectamente conscientes). Hay otros rasgos distintivos: la periferia social de hace un siglo aún podía reconocerse en algo —una solidaridad de clase, el refugio de la religión, el recurso a la familia, el espacio de una nación—, pero la de ahora ha perdido todas esas cosas. En nombre del progreso y de la prosperidad, el Occidente contemporáneo nos ha empujado a todos a disolver las viejas comunidades, a dejar de lado la religión, a deshacer las familias, a olvidar las naciones… y ahora que ya casi hemos extinguido todo eso, como quien apaga una vieja hoguera, nos quedamos también sin progreso ni prosperidad. Estamos asistiendo al fracaso terminal de un modelo de sociedad. Un tiempo que acaba.

La sensación más extendida en una porción creciente de nuestras sociedades es la de abandono. Los nuevos desposeídos no padecen sólo una carencia de dinero, sino que, junto a eso, empiezan a descubrir que se les ha quitado todo lo demás. Esto va a dar inevitablemente un color nuevo a la palabra «reconquista». No estamos sólo ante un problema económico que pueda solventarse con tales o cuales ajustes en la máquina. Aquí hay algo mucho más profundo y que aún no tiene nombre. El que acierte a pronunciarlo, tal vez —sólo tal vez— estará en condiciones de dibujar el tiempo nuevo.

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