Uno imagina a Sánchez, en mitad de una comparecencia en el Congreso, volviéndose hacia la cámara («¿cuál es mi cámara?») y gritando al respetable como Gladiator: «¿Os habéis divertido?».
Y es que el presidente hace ya tiempo que solo gobierna para divertirnos, en su acepción etimológica de desviar nuestra atención. Parece un alcalde angustiado al que ya solo le queda el recurso de inflar las fiestas patronales para que no se le soliviante el pueblo y lo eche al pilón por las bravas.
Mi duda es si tiene una lista, elaborada a pachas por Iván Redondo y ChatGPT, de eventos circenses con colorido cuestionablemente político para que el personal no mire hacia los tribunales y sueñe con cambiar escaños por banquillos. Para que no mire el precio inalcanzable de las casas. Para que no se fije en su rápida sustitución en el barrio, en el pueblo, en el país entero. Para que no se pregunte por qué cada vez le llega para menos el jornal, y es cada vez menos libre para moverse por su ciudad, y cada vez siente más la sofocante mirada de la autoridad sobre sus pasos.
Acabó el Año Francobeo con un gemido, no con una explosión, que los prometidos 365 días de demonización perdieron gas a la primera en cuanto los zoomers oyeron el nombre y empezaron a hacer preguntas incómodas, como «¿de dónde ha salido todo esto?». Nostálgicos de la Oprobiosa soñaron en los primeros años tras el “hecho biológico” con una resurrección en carne mortal, pero ha habido que esperar a Sánchez para su resurrección simbólica. Y el resultado no ha sido, por decir poco, del agrado del régimen.
Así que toca 23-F, tan cañí como la figurita de la sevillana y el toro encima de la tele. No podía ser un oficial de Infantería con su gorra de plato, no: tenía que ser un guardia civil con el añorado tricornio y un racial «¡coño!» en el grito salvador.
Del golpe de antaño ya sabemos todo lo que hay que saber, tanto la versión couché de los lobos de la democracia y el heroico monarca salvando la democracia en pantalón de pijama, como la versión más pedestre, más tristona y cloaquera del tejemaneje apadrinado por los espías y bendecido por medio mundo. Habrá más detalles, claro, para el especialista, pero en lo fundamental nadie va a cambiar el cuento.
En cualquier caso, esto de las descalificaciones es un entretenimiento universal. En Estados Unidos lo disfrutan mucho, ya sea de quién mató a JFK o las andanzas de un proxeneta infantil y amigo de todos los que cuentan.
Y no lo entiendo del todo. Quiero decir, un descubrimiento verdaderamente sensacional, una desclasificación de secretos que valga su sal, tiene que hacerla un ejército invasor o una turba amotinada. No le veo mucho sentido pedirle a los espías que nos entreguen los trapos sucios sin que se hayan asegurado antes de que lo más sucio y revelador duerme ya el sueño de los justos. ¿Qué garantías puede tener el común de que lo que se nos da es lo que había originalmente?
Si desconfiábamos inicialmente de la verdad oficial porque el poder sólo cuenta lo que le beneficia, ¿qué razón hay para pensar que hayan conservado como oro en paño lo mismo que les puede costar la cabeza? ¿Dónde quedan la sabias palabras de Felipe sobre el GAL, «ni hay pruebas ni las habrá»?