Los que piensan bonito
Los que piensan bonito
Por Hughes
10 de febrero de 2026

En las últimas horas de la semana electoral aragonesa pudo vivirse otro momento «editorial único» con la idea de que Vox es un juguete que se la ha ido de las manos al PSOE repetida por doquier.

Es una de sus ideas: la pinza con algo más: Vox como instrumento del PSOE. Sobre esto ya cada cual pone su talento. Un viejo periodista dijo que Vox agitaba los árboles y el PSOE recogía las nueces. Eso es cuidar las imágenes, y no Luis Cernuda.

En esto de Vox como creación del PSOE coinciden los del alto centrismo y los del bajo centrismo, tsnto el centrismo highbrow como el lowbrow. Al final, lo que les molesta de la regularización fue el momento de su anuncio, que pudiera beneficiar a Vox. ¿Por qué no puede dedicarse Sánchez a engañar a la gente un poco más? ¿Por qué tiene que ir de frente? Preferirían que la inmigración siguiera fuera del debate. Si por ellos fuera, el asunto seguiría en el cajón del tabú,

La otra idea es Vox como un arrebato, como el partido del enfado, del cabreo, del enésimo cubata; de ahí cuelgan los recursos, tropos y términos habituales: la emotividad, el irracionalismo, los sentimientos, el simplismo; el populismo, en fin, tal cual lo entienden estos finos estilistas de la democracia liberal.

Una idea y la otra inciden en lo mismo: negar la realidad. Olvidar no sólo la realidad española, también la internacional, el signo de los tiempos. La española lo hacen asumiendo, muy tarde ya, y a regañadientes, las evidencias: por ejemplo, los efectos de la inmigración masiva en ciertos aspectos de la vida española. Esto lo traen, como novedad, centristas reciclados y así, envuelto en graficas certificadas, empiezan a admitirlo

La otra negación es la del contexto. Toda la vida locos por homologarnos y ahora el entorno internacional se niega. En todo Occidente hay una reacción política. Hasta en Japón. O mejor dicho: el Occidente geopolítico se define precisamente por esa reacción contra la globalización según la hemos conocido.

Aquí el elemento clave es Trump (por Trump se puede uno pegar). En dos sentidos: negar su importancia y su razón democrática desfigurando su gobierno e intención, y, en segundo lugar, cuando no queda otra, admitirlo como mera oposición geopolítica. Como enemigo junto a Putin en sándwich de autócratas. En esta línea iba ayer el malévolo Juliana, que llamó a Vox partido de los Estados Unidos en España. Occidente está dividido en cada lugar, en cada país, pero como niegan lo evidente, una forma de ir claudicando o dando entrada a la realidad es ‘soberanizarla’: hay un trumpismo en Estados Unidos frente a una Europa defensora de lo demoliberal, de la (dicen ellos) democracia. En cierto modo pugnan dos modelos, pero las fuerzas soberanistas o patrióticas no son agentes de Trump sino una reacción de la población europea, la única que admiten sus agarrotados sistemas. Y Bruselas no defiende la democracia, sino el cierre de esos agarrotamientos institucionales en la tiránica corona federativa de la Comisión. No luchan EEUU frente a la UE, luchan dos ideas en ambos continentes.

O sea, o niegan las razones y las realidades que explican a Vox, y que están en la calle, o bien las circunscriben a un trumpismo de aquí, como franquicia o caballo de Troya geopolítico.

Y en la retórica más cotidiana de la peperosfera, la cosa se comprime más aún: Vox sigue siendo para ellos o una jugada del sanchismo o una reacción equivocada, asalvajada e irreflexiva al mismo sanchismo. Nótese que han sustituido la realidad del mundo, los procesos ideológicos, sociales, económicos y materiales de los últimos años por ‘el sanchismo’.

Esta negación del mundo les lleva a tener que inflar lo que son. No la muriente derecha democristiana que ni demo ni cristiana, atrapada en su encadenamiento europeo al progresismo globalista, sino una curiosísima imagen de sí mismos que parece sacada de las películas.

Es mejor huir, es mejor entrar en el delirio porque la realidad es muy dura. La realidad es una dislocación ya en tres planos: un PP autonómico (que se queda el Ebro), un PP nacional (que tapa con pulseritas la aceptación del Estado Compuesto) y un PP europeo (que impone el paquete globalista al completo).

E igual que van construyendo una explicación del mundo absurda y reducida al sanchismo (a Sánchez le hicieron presidente y va camino de líder mundial), tienen que pintarse como el héroe de la película. Una especie de James Stewart, de galán moderado entre cuatreros. La última coca-cola demovirtuosa en el desierto del populismo. Un articulista de apellido Bergareche hablaba de Orban, Trump y Vox como los que «piensan feo», lo que lleva a entender que ellos piensan bonito. En un artículo de Calderón, que Dios me envió como penitencia, encontré un gran golpe final: hablando del votante, y concediendo que algo falla, vino a decir que ya no piden «máster en Harvard», que piden otra cosa. Pero hombre, ¿quién tiene aquí o ha tenido máster en Harvard? ¿Bonilla? ¿Mazón? ¿Hay que estudiar en Harvard para decir, como dice la FAES yéndose a 2019, que el PP ha ganado votos en Aragón, que es como medirse el pene empezando desde la ingle?

En las últimas horas, han podido leerse también exquisiteces por atreverse el PP a llevar a Vito Quiles a su acto. «Hombre, hombre, ¡nosotros los demoliberales no podemos caer en eso!». Nosotros, los conservatives… y realmente se creen, realmente piensan que son un club de mentes privilegiadas sopesando una copa de añejo licor mientras el mundo se encamina al desastre y ellos intercambian citas de Lord Acton y Raymond Aron (en la lengua original) en un enmoquetado lugar de Madrid donde reinan razón y moderantismo y los calcetines llegan al menisco… Ah, los meñiques burkianos… Y no, queridos amigos, sois los que habéis negado la realidad toda, los que os habéis equivocado clamorosamente, año tras año, porque esa era precisamente vuestra función. Habéis contribuido así a enloquecer a España aun más y a confinarla como excepción europea o, en vuestra idioma, en el sanchismo. Pero la excepción empieza por eso a lo que hemos llamado derecha. Sois, en definitiva, la otra cara de nuestra anomalía (y personalmente, casi tan insufrible como la otra).

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