El intento de invasión de Ceuta y Melilla por parte de Marruecos demuestra lo que vengo manteniendo desde hace meses: que si pones en el Gobierno a una banda mafiosa en vez de a hombres íntegros y capaces, no habrá desgracia que no le ocurra a esa nación. No será mala suerte, no; ni será un maleficio, ni nada parecido. Será la consecuencia lógica de haber jugado con fuego en la materia más delicada e importante que existe: la gestión de lo público.
No veo necesario insistir en los detalles que seguro han visto ustedes estos días en las dos ciudades autónomas, y que demuestran hasta qué punto es la España actual lo más parecido a un Estado fallido que hay probablemente en toda Europa: una nación esclerotizada e impotente, sin la menor capacidad de reacción ni respuesta ante ningún problema. Incapaz de quitarse de encima el lastre insoportable de la peor generación de políticos de su historia, con diferencia. En manos de una banda organizada para delinquir desde el poder.
Cuando no pasa nada grave, uno puede incluso tomarse con humor el hecho de que estén en la más alta institución la gente con el andamiaje intelectual más modesto que hay. El problema llega cuando viene algo grave: ¿Cómo va a reaccionar enérgicamente ante Marruecos un presidente que sabe que el régimen alauí tiene en su poder información muy sensible sobre él y su entorno? Imposible. Tampoco lo haría aunque pudiese. En el fondo, quienes odian España lo que desean con toda su alma es la destrucción de nuestra patria. Y Sánchez ha demostrado muchas veces que odia España.
La invasión marroquí de Ceuta estaba perfectamente programada, como fácilmente se deduce de los hechos ocurridos. Es lo que se conoce como «guerra híbrida». Mohamed VI, aliado de EEUU, es conocedor de la extrema debilidad del Gobierno español, cercado por la corrupción y las sentencias judiciales. No lo dudaron. Marruecos quiere que Ceuta y Melilla sean suyas, y quizá también Canarias; hasta ahora no se atrevieron a mover ficha. Hasta ahora, cuando han visto que, con las cartas a su favor, podían ganar fácilmente la partida.
El abandono de los ceutíes, literalmente atropellados en sus calles por decenas de miles de salvajes y delincuentes marroquíes, debería ser objeto de juicio en el futuro. Y ojalá también de severas condenas. No debemos olvidar ni perdonar, porque esto es un acto supremo de traición al pueblo español. Independientemente de cómo termine este episodio, Sánchez y sus marionetas ya han demostrado, una vez más, que no se puede contar con ellos para nada bueno. Al revés, en lo que dependa de él y de sus ministros, el desastre nacional está garantizado.
Los miles de muertos por la pésima gestión de la pandemia; los muertos provocados por la DANA y los incendios (debido a la falta de limpieza de ríos y montes); los muertos provocados por el apagón; los muertos provocados por el accidente de tren de Adamuz (por falta de mantenimiento de las vías férreas). Y ahora, este acto de suprema traición dejando sin defensa una parte de España invadida por los sarracenos. Es demasiado. Es mucho más de lo que podemos tolerar.
¿Y qué podemos hacer?, me preguntan a veces. Lo primero, rezar. La oración es la herramienta más poderosa que existe. Lo segundo, hablar en las urnas dentro de unos meses, con la fuerza de la razón. Sacando del poder a esta mafia de la única manera que se puede: con una derrota humillante que lleve al PSOE al borde de su desaparición. Dando a los traidores lo que se merecen. Rescatando España de una pesadilla que ya dura demasiado tiempo.