Miedo al islam
Miedo al islam
Por Xavier Rius
4 de octubre de 2025

El 10 de septiembre del 2017 asistí como periodista al acto de entrega de la medalla de oro del Parlament a los Mossos d’Esquadra. El atentado de las Ramblas había sido un mes antes y querían reconocer la labor de la policía autonómica. Nunca entendí el galardón. Jamás se había recompensado a un cuerpo policial tras un atentado de estas características. En este caso, nada menos que con 16 víctimas mortales. Sin embargo, en pleno proceso, habían demostrado que podían ser lo que llamaban eufemísticamente una «estructura de estado». Es decir, la policía de un hipotético estado independiente.

De hecho, el galardón tenía miga. Había sido aprobado por la Mesa de la cámara el 22 de agosto, apenas cinco días después de la masacre, por unanimidad de todo el órgano de gobierno, incluido Ciudadanos. Evidentemente se excluyó a la Policía y a la Guardia Civil que, en el imaginario «indepe», eran las «fuerzas de ocupación». Eso sí, en cambio se incluyó —además de a los Mossos— a la Guardia Urbana de Barcelona, la Policía Local de Cambrils y todos los servicios de emergencia.

Cuando digo todos los servicios de emergencia, me refiero a todos: Protección Civil, las emergencias de la Generalitat y del Ayuntamiento de Barcelona, el Instituto de Medicina Forense, la Cruz Roja y los Bomberos tanto, otra vez, de la Generalitat como del Ayuntamiento. En el acto tomaron la palabra cuatro personas: la periodista del diario Ara, Lara Bonilla, que hizo una glosa de los galardonados. «Sois los héroes de la Rambla y de Cambrils», afirmó. Luego el mayor Trapero, el cual agradeció la medalla en nombre del cuerpo. Pero al menos afirmó que «no habríamos querido nunca que este agradecimiento llegase de esta manera». A continuación, la presidenta de la cámara, Carme Forcadell, con trasfondo político. «En las horas más críticas, nos reconfortó darnos cuenta de que contábamos con vosotros», manifestó. Finalmente, el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont: «Hoy estamos afectados, pero somos más fuertes, gracias al ejemplo de todos vosotros, que nos habéis enseñado que hay que persistir». También con segundas intenciones.

No obstante, lo que me llamó más la atención es que ninguno de los cuatro oradores mencionó la palabra «terrorismo islámico» o al menos «islamista». Es que ni «yihadismo». Nada. Ni una palabra. Y eso que el Daesh lo había reivindicado pocas horas después. Forcadell habló de «terroristas», pero así en general. Si yo hubiera aterrizado en ese momento después de un largo viaje, habría creído que nos habían atacado los marcianos. Como en la ‘Guerra de los mundos’ de Orson Welles.

Es miedo. Miedo al islam. Miedo al qué dirán. La maldita corrección política. Si ustedes van a las Ramblas, por ejemplo, en el lugar de los hechos hay un monumento. Apenas unas franjas de metal en el suelo que pasan desapercibidas y todo el mundo pisa. Pero la inscripción es «Barcelona, ciudad de paz». Eso sí, escrita en varios idiomas. También en árabe. Es más grande el monumento a la actriz Mary Santpere (1913-1992), la preferida de mi difunta abuela, un poco más abajo a mano derecha. O al poeta Joan Salvat-Papasseit, que no había llegado a los treinta cuando murió (1894-1924), ya en la zona del puerto.

Todo ello viene a colación también por el titular de La Vanguardia de este viernes sobre el último atentado en el Reino Unido. Al menos a la hora de escribir estas líneas. Crucemos los dedos y que no sea el primero de una oleada en Europa por la situación en Gaza. Dice así: «Un terrorista mata a dos fieles en una sinagoga en Manchester». En el texto vuelven a citar la palabra «terrorista» un par de veces. Aún así, ni siquiera aclara si es islamista cuando por el lugar, las víctimas y la fecha —coincide con la celebración de la fiesta de Yom Kipur y en plenas protestas por la flotilla— tiene toda la pinta. La otra posibilidad es que sea una persona «con problemas mentales». Habitual en algunos casos.

Les voy a poner todavía otro ejemplo del mismo diario unas páginas más atrás. Aunque sea sobre un tema más genérico: la inmigración. En este caso sobre la sentencia al inspector jefe de la Policía de Valencia Ricardo Ferris. El rotativo titulaba que «un tribunal desmiente al policía que dijo que todos ‘los violadores son extranjeros'». Luego leías la información y, bien adentrada la crónica, te dabas cuenta de que el funcionario policial había sido absuelto. A pesar de que había sido denunciado por la fiscalía y asociaciones de inmigrantes por delito de odio. Prevalece la libertad de expresión.

El tribunal considera que «se extralimitó» y que sus afirmaciones «no tienen justificación». Pero lo absuelve que, en una sentencia judicial, es lo importante. En mi modestísima opinión, también creo que sus afirmaciones eran una generalización. Por supuesto, hay violadores autóctonos. E incluso de clase alta. Ahora bien, los datos oficiales corroboran igualmente que la mayoría son extranjeros. Muchas veces proceden de países donde la mujer tiene un papel secundario. Acuérdense de lo que pasó con las violaciones en Colonia durante el fin de año del 2015 después de que Merkel abriera fronteras.

Todo esto es, como decía, miedo al Islam. La dictadura del lenguaje. Como periodista, he sido siempre partidario de decir las cosas por su nombre. Así me va. Si no lo fuera, probablemente estaría colocado en una tertulia de TV3 o incluso en algún organismo oficial.

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