Miércoles de Ceniza
Miércoles de Ceniza
Por Carlos Esteban
6 de marzo de 2025

Los dioses fuertes siempre vuelven, y los credos a contrapelo de la naturaleza humana, no digamos de la biología general, exigen cantidades industriales de hipocresía y doblepensar para imponerse. En un sentido, la posmodernidad es un largo Miércoles de Ceniza, una Cuaresma laica que, como aconseja Cristo, cuando ayuna se unge la cabeza con ampliaciones de derechos y se lava la cara inclusiva.

Los mandarines del Gran Reseteo proponen una universal ascesis en la que el hombre se niegue a sí mismo con una profundidad que no hubiera soñado un padre del desierto; que niegue su biología y sus impulsos sociales, que se agarre fuerte a la fe de creer lo contrario de lo que ve. Que, además, nos quieran quitar la carne por el más idiota de los dogmas cientifistas del tiempo es un detalle cuaresmal que llega por añadidura.

Ayunar cuando uno saliva de hambre, mortificar la carne propia cuando se anhela la comodidad, es de aprendices del anonadamiento frente a lo que se nos exige por lo secular. No hay siquiera el consuelo de ese ordo amoris que reivindica el vicepresidente norteamericano Vance, uno con la Iglesia, sino que debemos sustituirlo por la filantropía telescópica de la Sra Jellyby.

Al español se le pide que asocie automáticamente su propia bandera con el fascismo, que tema y odie lo que le indique quién es. Su gobierno se sostiene echando pelillos a la mar ante un golpe de Estado fallido por parte de quienes quieren no ser españoles. No es un caso único en Occidente esa súbita endofobia, ahí tenemos Alemania, pero sí lo es ser gobernados por quienes ni siquiera desean ser nuestros compatriotas, a modo de colonia anglo con respecto a los nativos.

Tras perdonarse el delito, ahora se presenta un acuerdo entre Junts y el PSOE para delegar en Cataluña las competencias estatales en inmigración. Para España la entrada por la ventana de cientos de miles de inmigrantes culturalmente alógenos es riqueza y gozoso mestizaje. Para Cataluña, para la inmortal raza catalana, es una amenaza de la que podrán y, probablemente, deberán guardarse.

Leo en El Mundo este revelador titular: El reverso oscuro del pronatalismo que quiere salvar la Humanidad: abogan por una mayor natalidad pero de hijos como los suyos, niños blancos y rubios. Si no le deja perplejo este mensaje es porque llevamos décadas, generaciones, marinados en pensamiento antinatura. Basta, para comprobarlo, que cambie lo de «blancos y rubios» por los rasgos de cualquier otra etnia, y verá cómo se convierte en un mensaje de Perogrullo. Pero para nosotros es malo, culpable, desear que nuestros hijos se nos parezcan.

Y el hombre que ha permitido y permite con su firma los dislates de fragmentación patria, nuestro irresponsable (constitucionalmente) monarca mandaba el otro día un mensaje de solidaridad y apoyo al pueblo ucraniano defendiendo «la legítima defensa» y el derecho de Ucrania a defender su independencia e integridad territorial. Y las voces de los liberalios que hacen las delicias de Hughes vibran de ardor guerrero en una llamada a las armas, a matar y morir por la santidad de fronteras recientes y lejanas.

Y esto me lleva al principio, a Horacio: aunque se expulse a la naturaleza con horcas, siempre acaba volviendo. Ésa es la función de Ucrania en nuestra psique: una válvula de escape. Si aquí deploramos la «masculinidad tóxica» en nuestra vida corriente, se nos anima a ejercitarla fuera en su extremo más señero, la figura del guerrero. Si no se nos deja reverenciar a la patria, se nos alienta a hacerlo con la patria ajena, patriotas por delegación. Si no podemos quejarnos de la incruenta invasión migratoria ni preferir a propios sobre extraños, se nos empuja odiar al ruso, el perfecto otro.

Ucrania se ha convertido para los ascetas posmodernos en ese alivio de hipocresía en el que siempre acaban cayendo los ascetismos sociales. Luchar por Ucrania es otra forma de deslocalización, esta vez del sentimiento nacional y la denostada testosterona patria.

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