Nasíos pa’matar
Nasíos pa’matar
Por Esperanza Ruiz
2 de diciembre de 2025

Desconozco la razón algorítmica, pero una conocida plataforma de entretenimiento me propone últimamente series y documentales sobre la Infantería de Marina yanqui. Siempre habrá un pelotón de marines para perderse, sin remedio, en junglas, arrozales y desiertos donde la mítica línea introductoria de la comedia Hot Shots cobra todo su sentido: «Tenemos que rescatar al equipo que fue a rescatar al equipo que fue a rescatar al equipo…». Una observa a los fornidos oficiales de esa unidad y acojonan. Parecen bueyes sacados de la feria de Zafra. 

Poco que ver con el macronita General Mandon que, a pesar de tener un apellido que encaja con su puesto de jefe de ejército, es el espejo del régimen al que sirve. No luce el aire operístico del almirante italiano —barba a lo Verdi— que entrevistaron el otro día en El Mundo y evocó la posibilidad de un ataque preventivo de la OTAN (¿qué harías tú en un ataque preventivo de la OTAN?), aunque también tiene lo suyo. Mandon gasta ese aspecto de tipo suave que una podía cruzarse hace años en cualquier avenida del alegre París de Delanoë. Leptosómico, sólo le faltaría el foulard, la gabardina, los pantalones pitillo y Pony Pony Run Run a tope en el iPhone para que tuviéramos ante nosotros a la personificación de los valores europeos. 

El abogado y tertuliano Régis de Castelnau llamó «General Soja» al pobre Mandon, un calificativo que hoy suena viejo, y aquí nuestras naves nodrizas del liberalismo se han derretido con su discurso ante la Asociación de Alcaldes de Francia. En dicha asamblea, el JEME francés advirtió a los líderes locales del Hexágono que deberían estar preparados para el sufrimiento económico y la pérdida de los «hijos del país» que conllevaría una hipotética —pero anhelada— confrontación con Rusia. 

No es ningún secreto que lo único que excita ya al vendedor de humo que habita el Elíseo en un glacial fin de reinado, desasistido incluso por sus apoyos más fieles, es la guerra en Ucrania. Un conflicto extraño para los franceses a los que espera una Gendarmería, y no precisamente la de Saint-Tropez, que tiene la orden de reprimir con dureza cualquier atisbo de descontento popular si al marido de Brigitte le diera por oficializar definitivamente las hostilidades con Rusia. Quizá lo único que no ha marrado la macronía en los últimos años es su capacidad para sacudir al discrepante, en las costillas o el bolsillo, y fabricar lisiados. El extremo-centro y su «Europa» de la paz, la libertad y la prosperidad es, a estas alturas, tan ficticia como lo que en la Isla de las Tentaciones llaman compromiso. 

Cabe preguntarse qué juventud francesa será sacrificada en el altar de los valores de la Comisión Europea o llamada a esa mili voluntaria que el sistema prepara. Los «hijos del país», del maltratado terroir, ya no son los de antes. Sin invocar teorías sobre reemplazos, existe un componente alógeno innegable, procedente de culturas fuertes, para el que la supuesta amenaza que acecha en los confines orientales de Europa quizá resulte más atractiva que la propia tierra de acogida que se les pide defender.

Es delicioso ver a nuestros liberales aplaudir los ardores guerreros del socialista caviar Raphaël Glucksmann, uno de los agentes del mundialismo más desorejado, cuyo papá, en el 68, puso los cimientos de la Francia que se odia a sí misma. Una nación que, más allá de su anticuado arsenal nuclear, no tiene capacidad militar real ni impulso moral y que en buena parte desprecia a los macrones, sus comparsas y todo lo que representan.

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