Ni para morir sois sencillos
Ni para morir sois sencillos
Por David Cerdá
4 de septiembre de 2025

Sarco es una cápsula diseñada para proporcionar una muerte rápida, indolora y segura en los países donde es legal el suicidio asistido. Parece una navecita espacial, mona y funcional a partes iguales; el dispositivo se imprime en 3D y puede transportarse a cualquier sitio. Su funcionamiento se basa en el llenado del habitáculo con nitrógeno, lo que provoca al cliente una hipoxia que lo lleva a perder la consciencia en pocos segundos y conseguir la muerte en pocos minutos, sin sensación de asfixia ni angustia. Lo que diferencia a Sarco de otros métodos de suicidio asistido es su filosofía de «autonomía radical». La cápsula puede ser activada por la propia persona desde el interior, eliminando así la necesidad de un tercero para completar el procedimiento. 

Para un mundo abocado a la muerte demográfica, descomprometido y absurdo, un mundo abocado a dar la razón a Macbeth —«la vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada»—, más unidades necesitaríamos. A fin de cuentas, ya hay hospitales se están convirtiendo en lugares igual de asépticos, tránsitos a esa nada de Macbeth. ¿Qué podría ser mejor que una tecnología amable para quitar a cuantos más de en medio se pueda, liberando un peso de las exiguas cuentas de la jubilación allá donde se han dejado de tener hijos?

Uno de los principales creadores de Sarco, Philip Nitschke, apodado «doctor muerte» y autoproclamado adalid de la «autonomía», es fundador de Exit International, una organización dedicada a la defensa de la eutanasia voluntaria y al acceso a medios seguros para «morir dignamente». La idea de que un adulto mentalmente competente debería tener el derecho a terminar su vida sin necesidad de justificación médica es la que mueve a Nitschke, que ha publicado libros, realizado seminarios internacionales y enfrentado numerosos desafíos legales, hasta tener que renunciar a su licencia médica.

Uno, que sabe que la pieza central del honor ético —la moral más elevada que hemos concebido— es la defensa a ultranza de la vida no insoportable e irremediablemente sufriente (todo lo bueno que hay comienza con la vida), detecta en cada una de estas «innovaciones» una señal de alarma que hay que tomarse muy en serio. Lo que esconde esta eficiente novedad es una cultura de la muerte, es decir, de la derrota. Claro que la decisión sobre la propia muerte merece su lugar en la reflexión libre; pero la autonomía, en la mejor tradición filosófica, no fue nunca una licencia para suprimir la vida, sino la exigencia de vivir con dignidad bajo leyes que uno mismo reconoce como justas. Convertir la autonomía en un simple «botón de escape» es reducirla a caricatura. Y mientras la cápsula Sarco promete una despedida higiénica y solitaria, pienso en la escena de Mar adentro donde Sampedro discute con su familia entre lágrimas; qué menos que esas lágrimas.

Digamos algo positivo sobre todo este asunto que hiede a muerte: usando la navecita no involucras a médicos en tus intenciones suicidas. Porque si algo hay que decir de la malhadada ley de la eutanasia es que implica a terceros en lo que solo debería ser propio. El suicidio, si uno no está solo en el mundo, es inmoral de suyo, pero es todavía peor meter en la ecuación a otros por imperativos legales. Sirva esto también para recordar que cuando hablamos del «Estado» hay siempre particulares que han de mancharse las manos y el alma. En este sentido, pocas cosas más estomagantes que haya tantos que, en nombre de los derechos (del poder, realmente), nieguen a otros ese derecho tan especial e importante: la libertad de conciencia.

En palabras de Nitschke, «Sarco es una declaración de libertad». La herramienta, se supone, incorpora un test para cotejar la salud mental del cliente. Pero en ningún test de tres al cuarto caben la desesperación, la soledad y la anomia, que son los males para los que habría que poner toda la carne en el asador tecnológico y humano. Vaya desde aquí mi petición, como un mensaje en una botella que arrojo al mar de internet y las redes sociales: empleemos cada euro de que dispongamos en dignificar la vida de los seres humanos, no la muerte administrativa o autoadministrada. También hace falta dinero para reconstruir nuestras sociedades, a las que les están saliendo agujeros de soledad de un tamaño pasmoso. No es admisible que haya tanta gente que esté en este mundo con la sensación de que no le importa a nadie y que desarrolle estas ganas de comprarse un billete a ninguna parte; hay que hacer todo lo posible para que sea tan estrambótico que nadie quiera fabricar nada que se ocupe de ello.

El desbarajuste eutanásico en el que llevamos un tiempo instalados también nos exige una mirada de misericordia. Vamos muy despistados y rápidos y estamos invisibilizando a demasiados sufrientes. La base de toda postura moral que hoy merezca ese nombre es la alta consideración del prójimo. Cuando alguien a nuestro alrededor se va sin que su muerte, durante días, se perciba, lo justo es que nuestra humanidad sienta una herida. No nos podemos ocupar de todos y menos en todas partes, pero soy tan viejo que aún recuerdo lo que era un barrio y la vecindad, y que no se puede hablar de una «comunidad» cuando todos se circunscriben a su hogar y nadie fuera de ahí es asunto de nadie.

«Antes muerta que sencilla», cantaba María Isabel a principios de siglo. El cacharrito de Nitschke cuesta unos veinticinco mil euros, convirtiendo a cada «cliente» en una especie de pijo post mortem. Uno atisba, tras la letal novedad, un ánimo de fardar hasta el infinito y más allá, que diría Buzz Lightyear. Hasta para quitarse de en medio convendría no hacer tanto dispendio, qué sé yo, dejar ese pequeño capital a los herederos. Pero claro, qué herederos va a reconocer quien aspira a marcharse de aquí montado en semejante engendro, y más cuando tantos envidiosos pretenden que el Estado impida que nadie herede a nadie.

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