Al editorialista de El País le parece bien que haya elecciones, siempre que no las gane VOX. Es decir, celebra «que hablen las urnas» siempre que digan lo que él quiere que digan. Según el diario «no es un partido como los demás», y creo que eso lo consideran una mala noticia. Sin duda, para El País es mejor ser un partido «como los demás», gastarse el dinero de los contribuyentes en putas y otros pasatiempos carnales, prometer hasta meter, y demás fantasías electorales.
Hubo un tiempo en que la izquierda se tomaba la molestia de aparentar ser compatible con la democracia. Sí, era sólo palabrería, pero hacían un esfuerzo cosechando toda esa retórica idiota sobre los valores socialistas, la democracia, la tolerancia, y otras zarandajas. Hoy hasta sus medios de comunicación de referencia se permiten dejar por escrito que la posible llegada de un determinado partido al Gobierno supone un «peligro que nadie, progresista o conservador, debería despreciar». Un peligro, se entiende la divertida elipsis, que ha de evitarse de cualquier modo.
O sea, si estimamos que unos cinco millones de conservadores podrían dar su voto a VOX en las elecciones, El País les está diciendo que no deben despreciar el hecho de que suponen un peligro, supongo, para sí mismos. Bueno, en realidad, no sé qué cojones está diciendo, porque tampoco lo sabe el editorialista, pero queda claro que, si de El País dependiera, esos millones de españoles que quieren votar a VOX no deberían tener derecho a voto.
Yo también pienso que los ciudadanos capaces de votar a Sánchez en 2026 no deberían tener derecho a voto sin hacerse antes un test psicotécnico y un control de drogas y alcoholes, pero al menos no voy dando lecciones de democracia en los tres párrafos anteriores, ni proclamo antes cursiladas como «es la hora de que hablen las urnas», que además son de plástico, y el plástico no habla.
Acusa el editorialista a VOX de «retórica xenófoba», «proximidad con grupos racistas», y «partes de su programa contrarias a la Constitución». Y aún no ha empezado la campaña. Calculo que en tres semanas denunciarán que Santiago Abascal atropella viejecitas por la Castellana como pasatiempo dominical, come gatitos vivos, y que de niño le gustaba tirar de la nariz a los más narizotas de la clase.
Pero, en fin, entremos en el juego del diario de Prisa. Si hemos de hablar de xenofobia, tal vez sea interesante preguntarse por la de Sánchez, que ha convertido en forasteros en su propio país a todos los españoles, y no puede odiarlos más; aunque también odia a los inmigrantes, a los que lanza en brazos de las mafias del Mediterráneo.
En cuanto a la proximidad con grupos racistas, de nuevo deberíamos mirar a Sánchez, aliado con toda la caterva nacionalista que se considera de pura raza, y con toda la extrema izquierda, que es toda, antisemita, que es toda también.
Y en cuanto a la Constitución, permítanme que me carcajee, que no ha dejado Sánchez una sola página sin pisotear con entusiasmo y constancia, a veces en solitario, a veces en compañía de Cándido Conde-Pumpido, la estrella de Pepa Pig que preside el Constitucional para garantizar inconstitucionalidades.
Todo tiene una explicación. Desde que Sánchez llegó al poder, el grupo propietario de El País ha sido bendecido una y otra vez con una lluvia de millones en publicidad institucional. En 2025, Prisa lideró el ranking de paguitas gubernamentales, con 12.178.931,33 de euros, doce millones de euros que bien valen un editorial contra la democracia española y contra la libertad de los españoles para elegir a quien deben votar, le guste o no al editorialista de El País.
Democracia, pero poca. Y libertad de prensa, pero con el cazo puesto. Eso es todo lo que tienes que saber sobre la izquierda española en 2026.