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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Pedro Sánchez o la fascinación maximalista

16 de mayo de 2017

Es una constante en la historia del PSOE: cada vez que surge una fuerza importante a su izquierda, el socialismo español es presa de una irresistible fascinación.

Dicha atracción la ha sufrido desde el comienzo de su existencia como un desgarro íntimo entre la colaboración con el sistema y la seducción maximalista. El PSOE, lo dejó dicho Pablo Iglesias, estará en la legalidad cuando esta convenga a sus intereses, y en lo contrario cuando esto sea lo aconsejable desde el punto de vista de la consecución de los objetivos del partido. Y en ese alambre se ha movido históricamente.

Por eso, el socialismo español colaboró abundantemente con todos los regímenes (con excepción del franquismo, aunque no por heroísmo resistente, sino por simple deserción) y lo mismo le ha dado república que monarquía, democracia que dictadura; sin olvidar sus estelares participaciones en revoluciones y golpes de Estado al tiempo que hoy exige a otros, con cínica saña, reparación a quienes triunfaron allá donde ellos fracasaron. 

Con esa herencia histórica ha llegado el PSOE hasta nuestros días, tras la irrupción de un Zapatero que supuso un cambio profundo en la forma de entender el PSOE que había imperado en las dos décadas anteriores. Nada volvió a ser lo mismo, ni en el PSOE ni en España. Sus frutos son tanto Podemos como Pedro Sánchez, hijos de un devastador cainismo y  guerracivilismo en los que la izquierda parece anclada.  

Entre otras razones por esa, la coyuntura en la que se halla el PSOE con las primarias de estos días será crucial para su historia. Pues tras la elección de Sánchez o de Díaz hay más que una simple cuestión personal. 

Obviamente, Pedro Sánchez es un insensato en el que solo la mediocridad -llamativa incluso entre una clase política insólitamente pobre en lo intelectual- aventaja a la ambición. Su oportunismo, que le lleva de retratarse ante una elefantiásica bandera de España a proponer su desguace, ha terminado por resultar grosero. Pero es innegable que expresa los puntos de vista de una parte importante, no sé si acaso mayoritaria, del PSOE. 

Si finalmente el PSOE se decanta por el infantilismo de Sánchez, marchará hacia su tumba, aunque solo sea por la sencilla razón de que desconectará de su base social, de sus votantes. Esto es lo que llevó en su día a los elementos más conscientes del socialismo a tomar cartas en el asunto y deshacerse de “calamity” Sánchez. Y nada permite suponer que la situación haya cambiado y que Sánchez tendría ahora mejor acogida entre el cuerpo electoral.  

Los militantes del PSOE harían bien en tener en cuenta que ellos no son los clientes de este negocio, sino los empleados. El aislamiento de la realidad social les llevará a la catástrofe. Si no comprenden que el partido no es un fin en sí mismo, si no tienen en cuenta que los votantes socialistas son más moderados que sus militantes, si logra imponer Sánchez su pueril radicalismo, el socialismo caerá en el autismo político y terminará devorado por una extrema izquierda podemita a la que insuflará vida en un momento en el que esta parece abocada a un lento, pero inexorable, declinar.

Planteado en los términos en los que lo está, el debate de las primarias socialistas tiene ya muy mal arreglo, porque el PSOE va a recoger la herencia de los enfrentamientos y divisiones que ha venido sembrando en los últimos tiempos. 

En cualquiera de los casos, de este episodio de primarias en que se ha metido el socialismo, sale o un PSOE radicalizado, o un PSOE dividido.

O las dos cosas. 

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