La visita del papa a España ha resultado desconcertante, y para bien. Ante todo, ha puesto sobre la mesa un interrogante que aún no tiene respuesta: que no terminamos de saber quién es realmente este papa, porque sus manifestaciones públicas son tan contradictorias que no parecen nacidas de la misma persona.
Prescindamos de los primeros actos públicos, alguno ciertamente extravagante, de León XIV: estos pueden imputarse a la inercia de Francisco, que sin duda habrá dejado su huella en los pasillos del Vaticano. Pero es que uno lee su encíclica y con frecuencia parece escrita por un profesor asociado de sociología en cualquier universidad de segunda, dicho sea sin animo de faltar al respeto a nadie. Uno lee después el desdichado comunicado de prensa del Vaticano y parece que lo haya inspirado Leire Díez (o el cardenal Cobo). Pasamos después al discurso en el Palacio Real y nos encontramos con un eco del peor Francisco. Pero llega el día de las Cortes y el discurso del papa podrían haberlo firmado Juan Pablo II o Benedicto XVI. Lo mismo puede decirse de sus palabras en los diversos actos con fieles que se le han programado en Madrid y Barcelona. Y luego, frente al paripé migratorio que la Conferencia Episcopal le montó en las Canarias, cualquiera diría que León XIV había consultado antes con el cardenal Sarah, porque fue a tocar exactamente el punto más delicado, el que nadie en el mundo oficial se atreve a mencionar, que es el carácter criminal del tráfico humano y las responsabilidades de los gobiernos (también de los países de origen) en la tragedia de la inmigración masiva. Así que, a fin de cuentas, ¿quién es León XIV?
Hipótesis provisional: lo más probable es que León XIV sea León XIV, es decir, un pontífice que quiere marcar su propio camino. Lo cual no debe de resultar nada fácil en un Vaticano aún carcomido por la huella de Francisco tras la abrupta y nunca suficientemente explicada abdicación de Benedicto XVI. Aquel episodio abrió un trauma en la Iglesia; no en la Iglesia institucional que nos retratan los grandes medios, generalmente alejados de cualquier noción elemental de la fe, sino en la Iglesia real, la que se prolonga a lo largo de la historia, la de esos templos que arden en Francia y la de esos fieles que llenaron la calle en Madrid y Barcelona. De ese trauma no se va a salir componiendo caras de mucha contrición ante la inquisición mediática ni levantándose la sotana (con perdón) ante el poder político. De ese trauma sólo se saldrá reanudando el lazo, precisamente, con la cristiandad real, que es la de un pueblo que quiere seguir existiendo y que puede estar legítimamente orgulloso de la civilización que ha construido. En este sentido, por cierto, lo de la Escuela de Salamanca no era tanto una pregunta, según dijo el papa, como una respuesta.
Un especialista de la cosa pontificia confesaba el otro día en Le Figaro su sorpresa, incluso su emoción, por el aspecto de las calles de España durante la visita del papa: esa alegría, esa frescura, esa elegancia de multitudes (tan difícil de encontrar), esa franqueza en la expresión colectiva de la fe… Tenía razón, claro, pero sospecho que en la justa admiración del francés había también algo no confesado, aún más, algo inconfesable: la nostalgia de una Europa que aún (y de momento) es cristiana, o sea, europea, con todo lo que eso significa; algo que Francia ha dejado de ser, y tal vez de forma irreversible, pero que nosotros aún podemos salvar. Frente a una jerarquía entregada en buena parte a la fantasía de erigirse en brazo moral del mundo globalizado, lo que vio ese francés de Le Figaro, lo que vimos todos, fue la estampa eterna del pueblo (un pueblo concreto, arraigado en un suelo) y Dios, con el papa haciendo de puente, que por eso es «pontífice». Con quien hay que reconstruir puentes no es con el Islam, ni con la modernidad, ni con los ritos de los «pueblos originarios» ni con las sexualidades alternativas, sino justamente con ese pueblo. Ojalá podamos decir eso un día, cuando respondamos a la pregunta de quién es León XIV: el que reconstruyó el puente.