Pisar calle
Pisar calle
Por Esperanza Ruiz
10 de febrero de 2026

El escritor valenciano Fernando Vizcaíno Casas contaba en sus memorias cómo fue sometido a un «agobiante cerco de incomprensiones, recelos, aborrecimientos y desprecios, por parte de muchos adalides de las libertades». Ocurrió en los años posteriores a la Transición. Lo que empezó como hostigamiento acabó en aquello que Mercedes Salisachs denominó «la censura por omisión o la conjura de los silencios». Poco a poco, se le fueron retirando los foros públicos y los espacios de opinión. En defensa de las «libertades democráticas» se silenciaba su obra novelística —dedicada a la evocación de los años del franquismo e inmediatamente posteriores— y su visión, más costumbrista que política. Por supuesto, Vizcaíno Casas ha quedado para la posteridad como un autor «facha». Fue tildado de «retrógrado, carca, reaccionario, oscurantista, fascista y franquista». Ni que decir tiene que escribió siempre con rigurosidad y fidelidad a sus vivencias y con «absoluto respeto a la legalidad constitucional».

Antes de que Vizcaíno comenzara a ser paulatinamente condenado al ostracismo por instituciones y prensa vendió millones de copias de sus llamadas «novelas de la transición». Firmaba libros durante horas, y sobre todo, recibía cartas y comentarios en vivo de los lectores animándole a seguir en esa línea. Le aseguraban que «pensaban igual». Ciertamente, era un gran observador de la realidad —pisaba calle— y la trasladaba con humor e ironía a sus textos.

Todos estos años después, el cuento ha cambiado poco. Es cierto que el comodín del fascismo se ha manoseado tanto en este tiempo que ha perdido casi toda su eficacia y sólo indica escaso talento por parte de quien expide el título. Ha quedado para tertulia de la SER. La obsesión por si acaso Franco resucitara en su cincuentenario y nos sometiera a un «neopaquismo», se reserva para columnista incapaz de reconciliarse con sus propios fantasmas.

Así pues, a pocas horas de haberse celebrado elecciones autonómicas en Aragón, y ante los históricos resultados obtenidos por Vox, tenemos, por un lado, a la izquierda atacando con unos peligros del fascismo que ya nadie cree. Por el otro, a las terminales mediáticas del centro derecha ignorándolos en sus portadas. Recuerden, el ninguneo es la censura más eficaz.

No vayan a pensar que la reacción del moderantismo ha sido más sofisticada. Desde los centros de pensamiento y reflexión (Twitter) y las páginas de Opinión lanzan la idea de que VOX quiere acabar con la democracia liberal. No es la primera vez que recurren a este sofisma, aunque nunca aclaran en qué consiste la pulsión antidemocrática que denuncian. Dicho de forma desapasionada —y aun a riesgo de repetirme—, la democracia liberal es el orden político que se consolida en Occidente tras la Segunda Guerra Mundial. En términos asépticos, integra un sistema de representación parlamentaria de partidos y una economía de mercado. VOX, como todos sabemos, es uno de esos partidos que conforma el sistema.

El asunto está, aunque no lo digan, en que la democracia liberal no es un régimen neutro sino progresista. Basado en bellos principios —y con su excusa— deriva en una transformación social (lo que los franceses llamarían valores societales) que puede llevar a la destrucción de las sociedades sobre las que pretende influir. El partido de Abascal pisa calle y se interesa por los problemas reales de la población para tratar de paliarlos. Los que a la gente corriente les crean la inmigración masiva, la precarización laboral y económica, las teorías climáticas o de género o las limitaciones a las libertades que caen desde Bruselas. A esto, nuestros adalides de la democracia le llaman populismo.

Decía Adriano Erriguel a propósito de dicha estrategia que solía funcionar tirando mal. En primer lugar porque la gente tendía a creer a sus propios ojos antes que a los «expertos». Y que cuando esa gente está angustiada o preocupada, normalmente tiene motivos para estarlo. Las acusaciones de «populismo», por tanto, no van a hacer que disminuya el cabreo contra las élites —«nuevas aristocracias de peluca empolvada que no cesan de despreciar al pueblo»—.

El objetivo de la consigna es, más bien, «salvar al ‘extremo Centro’ de derecha o de izquierda. Un Centro conciliador, consensual, tecnócrata, unanimista, aseptizado. Un ‘extremo Centro’ bien centrado. Un régimen de partido único».

Quizá por eso el curso natural de la democracia liberal se empieza a parecer tanto a una tiranía encubierta.

TEMAS
Noticias de España