Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.
Ver biografía
Ocultar biografía
Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.

Por qué el ‘procés’ es genuinamente español

Recurro al catalán, que sus hablantes y escritores guarden, porque no me refiero al proceso de la novela de Kafka de igual nombre ni a la película que Orson Welles rodó basándose en ella, sino a lo que ustedes saben. Y eso, que también resulta bastante kafkiano, todo el mundo lo escribe en catalán.

Hace cosa de un par de días recibí en mi correo electrónico el mensaje que ahora voy a transcribir. No es un apócrifo, pero no conozco de nada al remitente ni estoy, en consecuencia, autorizado a revelar su nombre.

El mensaje comenzaba diciendo…

«Don Fernando, como intuyo que no tiene Facebook me va a permitir que le envíe una pequeña reflexión que colgué ayer tras leer uno de los párrafos de su último y muy reciente libro…».

Aclaro que, efectivamente, no cascabeleo en esa red social (¿social? ¡Pero si yo soy nietzscheano acérrimo y acérrimo individualista!), pues para entrar en ella me piden datos, y datos, yo, no doy nunca, a no ser que me los pida, enseñándome la placa o llevándose la mano a la visera, algún solícito miembro de la autoridad competente. Cierto es que estoy en Twitter, pero ignoro si para mosconear en ese enjambre también tuvo alguien cercano a mí ‒yo, desde luego, no lo hice ni habría sabido hacerlo‒ que suministrar esos datos meramente administrativos, pero reveladores. Por la boca muere el pez, y más deprisa aún si es un ser humano ‒yo todavía intento serlo, aunque batiéndome ya en retirada frente al totalitarismo imperante‒ el que la abre en esta época de espionaje generalizado y, lo que aún resulta más pasmoso, protegido por la ley.

A no pocos españoles de otras zonas del país también se les ha cantado la milonga de que es vergonzoso sentirse español

Aclaro también, de refilón y por la cuenta que me trae, que el libro al que alude el remitente se llama Galgo corredor. Los años guerreros (1953 a 1964), es el segundo volumen de mis Memorias y salió en Planeta. Fue precisamente en el período ahí evocado cuando yo, que militaba a la sazón en el Partido Comunista, aprendí que siempre es prudente y aconsejable circular por las rompientes de la vida con la boca bien cerrada y el carné de identidad oculto bajo cremallera en el bolsillo.

«El procès», seguía mi interlocutor, «es en el fondo un fenómeno muy español. Usted, Dragó, pone el dedo en esa llaga cuando escribe en su libro que “don Quijote vive confortablemente instalado no en lo que ve, sino en lo que cree o quiere ver“. Ya se sabe: la lucha contra los molinos o el bálsamo de Fierebrás, por ejemplo. Alejandro Fernández, líder del PP en Cataluña, ya desarrolló un día durante una sesión de control del Parlament la teoría del españolazo. Lo hizo cuando espetó al entonces todavía President, aunque no por ello honorable, Quim Torra, que “usted se parece mucho más, físicamente, a mí que a un saltador de pértiga noruego”. La definición era rigurosa y exacta. Y como dijo Pla: “El catalán es un español cien por cien al que le han dicho que tiene que ser otra cosa”. A ver si va a tener razón el escritor de Palafrugell».

Seguro que la tenía… Lo malo, o lo peor, siendo grave lo ya dicho, es que no sólo a los catalanes, sino también a muchos charnegos (perdón por la palabra, que en modo alguno quiere ser despectiva, sino simplemente descriptiva) y a no pocos españoles de otras zonas del país también se les ha cantado la milonga de que es vergonzoso sentirse español y, a juzgar por las encuestas, más de uno se lo ha tomado en serio. Unamuno dijo que él, por ser vasco, era doblemente español. Yo lo soy por partida triple: madrileño, castellano y soriano. Círculos concéntricos son los de las distintas regiones de España, que no sólo a nadie encierran, sino que ensanchan. 

‒¡Hombre! ¿Qué tal? ¿Tan borracho como siempre? -le dijo Dalí a Pla

En el mes de julio de 1980 veraneaba yo en San Martín de Ampurias (Empuries, en catalán), cuando Luis Racionero me presentó a Pla y a Dalí, quizá lo dos catalanes más españoles o los dos españoles más catalanes que he conocido. Egregios, ambos. A Pla lo vi en varias ocasiones. Cenamos juntos alguna que otra vez en el Motel del Ampurdán, donde aún sazonaban con garum (la legendaria especia latina que se elaboraba en Cádiz) algunos de sus manjares; con Dalí estuve una sola vez, en su también legendaria casona de Port Lligat y al hilo de una sesión que se prolongó varias horas. Otro día contaré lo que ellos me contaron.   

Dalí y Pla habían sido buenos amigos, aunque siempre quisquillosos. Luego la vida los separó. Pasaron muchos años y por azar una tarde volvieron a encontrarse en el transcurso de un vino español. En el vaivén de la fiesta se cruzaron y el pintor dijo al escritor:

‒¡Hombre! ¿Qué tal? ¿Tan borracho como siempre?

Y el escritor dijo al pintor:

‒¿Y tú qué? ¿Tan impotente como siempre?

Eso fue todo. Me lo contó Racionero. A saber si la anécdota era vera o ben trovata, pero no importa, porque también la verdad se inventa. Lo escribió Antonio Machado, otro españolazo que lamentó la helada suerte de los españolitos. Ya nadie nos sacará de dudas ni me dará un mentís, porque las tres personas citadas, están muertas. Y don Antonio, exiliado, también. Quedo yo… 

¡Pero qué anécdota tan española, amigos!

Deja una respuesta