Dentro de algunos años, cuando se escriba la historia de la invasión «híbrida» de Ceuta, seguramente se empezará con una escena de expresividad incomparable: esa fiesta en los jardines de la embajada marroquí en Madrid, con abundancia de ministros españoles y otras gentes de poder, agasajando a la embajadora mientras la nación anfitriona lanzaba a sus hordas irregulares a invadir suelo español. Es difícil imaginar una demostración de poder más apabullante, más implacable, más despiadada que esta de Rabat. Es la estampa misma de la sumisión; estampa exagerada después hasta lo grotesco por la cobardía de nuestros gobernantes que, lejos de criticar a Marruecos, se apresuraron a darle las gracias. Realmente, no se puede caer más bajo.
Después de esa escena de apertura, tal vez el narrador haga un «flash-back»: ir hacia atrás para contextualizar la historia. ¿Dónde poner primero el foco? ¿En la retirada del Sahara español, que hoy sabemos pactada entre Hassan II y Juan Carlos I con la mediación norteamericana? ¿En la fórmula de soberanía compartida que Felipe González, sin pedir permiso a nadie, prometió a Hassan para Ceuta y Melilla? ¿En la negativa de Aznar a mantener esa promesa, con el consiguiente enojo del marroquí? ¿En el incidente de la isla de Perejil? ¿En la visita de Zapatero a Rabat antes de ser presidente del Gobierno? ¿En los atentados del 11-M? ¿En la política abiertamente pro-marroquí de Zapatero? ¿En la incapacidad de los gobiernos Rajoy para afianzar la posición española, sumisos ellos también al poderoso lobby pro-marroquí en nuestro país? ¿En el entusiasmo con el que la clase política (y económica) española se entregó a engordar a Marruecos en su relación con la Unión Europea? ¿En las cesiones infinitas de Sánchez, en el espionaje de Pegasus, en la genuflexión española ante las aspiraciones de Marruecos en el Sahara, en la primera invasión migratoria de Ceuta en 2021…? Sí, en todos esos puntos, uno detrás de otro. Porque todos ellos explican la historia de lo que ha sido una permanente claudicación.
Marruecos ha mantenido una voluntad de potencia nacional sostenida en el tiempo. Lo ha hecho con una diplomacia muy agresiva, muy eficaz, que no ha eludido tampoco el delito. España, por el contrario, nunca ha mantenido semejante voluntad, incluso la ha diluido a conciencia. El penúltimo episodio: la vergonzosa entrega de Gibraltar, donde Sánchez nos ha hecho renunciar a uno de nuestros escasos instrumentos de presión internacional. La palabra es «claudicación», en efecto. Que el Gobierno español haya corrido en socorro de Marruecos es elocuente, pero aún más llamativo es que la Comisión Europea haya hecho lo mismo, en contra de la posición de la gran mayoría de los países miembros de la Unión. Es evidente que aquí hay una parte del juego que no nos están contando y que seguramente tiene que ver con el densísimo tejido de intereses económicos construido entre Rabat y Bruselas en los últimos años. Ojo a eso de Gibraltar: en la práctica, el experimento consiste en fabricar un espacio propiamente apátrida, ajeno a cualquier concepto de soberanía, integrado como zona económica en la UE. Muy probablemente es algo parecido lo que se está pensando para Ceuta y Melilla (y sus entornos marroquíes), y quién sabe si también las islas Canarias: espacios neutros, vaciados de soberanía en nombre del dinero, que España aceptaría como mal menor (como ha aceptado lo de la Roca) y que para Marruecos significaría una victoria temporal en espera de la plena consecución del dominio territorial. Recordemos que, desde el punto de vista de Bruselas, las soberanías nacionales (europeas) son un incordio. En cuanto al otro invitado al drama, que son los Estados Unidos, nadie dude que estarán encantados de controlar directamente las dos orillas del Estrecho de Gibraltar. Sólo España saldría perdiendo. Pero nuestros gobernantes hace tiempo que no trabajan para España.
Todo esto no es inevitable: podemos pararlo. Para eso sólo hace falta voluntad política, un Gobierno que tenga las cosas claras y una mayoría social que lo respalde. O sea que la clave del asunto no está en los tejemanejes de Trump, Netanyahu o quien sea, ni siquiera en las ambiciones de Mohamed, sino en nosotros. Necesitamos recuperar urgentemente la conciencia de lo nacional y volver a definir nuestra posición en el mundo, tal vez reconsiderando ciertas alianzas que ya han cambiado de piel. No podrá hacerse de un día para otro. Pero cuanto más tardemos, más difícil será.