«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
La Gaceta de la Iberosfera
Buscar
Cerrar este cuadro de búsqueda.
Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios
Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios

¿Por qué no paran?

3 de enero de 2024

El sesgo ideológico de la televisión pública ha vuelto a verse con el programa «Cachitos» de Nochevieja. Todas las bromas barrían para la izquierda y daban escobazos a la derecha. Esto ha provocado bastantes indignaciones entre los incautos que vieron el programa. Razón no les falta: a la televisión pública, pagada con recursos públicos, lo mínimo sería exigirle una básica neutralidad.

Es un tema que lo tengo muy pensado porque tres cuartos de lo mismo ocurre en la otra instancia educativa del país: la enseñanza pública. Esta debería ser exquisitamente aséptica en lo ideológico, por los recursos públicos, por supuesto, pero, sobre todo, porque trabaja con menores de edad. Y también por el ventajismo de que es la única alternativa que muchísimas familias se pueden permitir.

La televisión se puede apagar (yo lo aconsejo), pero la legalidad no permite el homeschooling; la enseñanza privada es prohibitiva; y a la concertada le marcan el paso. De modo que los menores caen en una trampa adoctrinadora. Tanto en la televisión como en la enseñanza, habría que ser muchísimo más delicado.

El problema, sin embargo, tiene dos variables que analizar, aunque hacerlo implique confundir algo la básica petición de neutralidad. Merece la pena meterse en estas sutilezas, porque creo que es importante conocer a fondo la problemática, si se quiere arreglar.

La primera variable consiste en constatar que ni los profesionales de la cultura audiovisual ni los profesores son manipuladores a conciencia en la mayoría de los casos (reconociendo las excepciones). Ellos se han creído que la ideología por defecto de la democracia y la postmodernidad es la progresista, de forma que, en realidad, adoctrinan en la religión laica mayoritaria, e insultan o ridiculizan a los peligrosos herejes que cuestionan la ortodoxia, en un ejercicio elemental de seguidismo. Éste es el planteamiento de la mayoría. Si se quiere desactivar el adoctrinamiento, todavía más urgente que prohibirlo es recordar a todos que el progresismo es otra ideología tan discutible y tan susceptible de errores como cualquier otra o más. ¿Cómo se consigue eso? Discutiéndola, claramente. El vacío no puede defenderse y todavía es peor querer ser progre, pero un poco menos, o dejar de serlo sólo en lo económico, porque entonces refuerzas esa sensación de creencia por defecto o consenso mayoritario que permite el adoctrinamiento desvergonzado.

La segunda variable es todavía más compleja. La realidad es conservadora. El sentido común es de derechas. La gente, si la dejas sola, piensa, para su vida corriente, cosas casi fachas. Ya conocen ustedes mi admiración por la primera ley de la política de Robert Conquest: «Todo el mundo es de derechas en aquello que conoce de primera mano». Esto hace que los de izquierdas sientan un ansia aleccionadora que, en el fondo, es un instinto básico de supervivencia. Si nadie adoctrinase, la derecha terminaría imponiéndose por la pura ley de la gravedad.

Esto no les excusa, y hay que evitar que nadie adoctrine ni a menores ni a televidentes, pero me parece muy interesante entender las razones de tanta vehemencia del progresismo por hacerse con el discurso y no soltarlo; y no parar ni un momento —ni en Nochevieja— de dar la matraca.

Nuestra defensa de ámbitos públicos de neutralidad es esencial y hay que darla, pero sabiendo que va a ser dura y difícil. Saben que la neutralidad no les conviene, en absoluto. Además, la consuetudinaria incomparecencia de la derecha del debate de las ideas les ha hecho concebir que las suyas son las únicas ideas. Va a costar muchísimo arrancarles el prejuicio.

.
Fondo newsletter