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El precio español del Brexit se debe llamar Gibraltar

Alfonso María Dastis es ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación desde hace unos meses. Es seguramente uno de ministros menos conocidos hoy, y uno de los ministros de Exteriores menos conocidos de la historia de España. Tiene sin embargo importantes retos ante sí, en los que dependemos de su habilidad. O al menos de su capacidad de elegir colaboradores con habilidad y patriotismo.

 

La primera ministra británica, Theresa May, va a activar el Artículo 50 del Tratado de Lisboa -que inicia el «Brexit», la salida de la Unión Europea- con el visto bueno de la Cámara de los Comunes. Y eso le da miedo a Mariano Rajoy, que anuncia grandes problemas para España. Económicos, claro, porque en resto no parece interesarle ni en lo malo ni en lo bueno.

 

Se da la circunstancia para ellos favorable de que haga lo que haga serán comparados con García Margallo. Y la desfavorable de que el ministro portavoz y de Educación es Íñigo Méndez de Vigo, que fue Secretario de Estado para la Unión Europea, y que no ha dejado de estar interesado en los complejos asuntos bruselenses. Sobran miedos y falta orden, sobra anglofilia y falta patriotismo, digámoslo de un modo prudente.

 

No son ninguno de ellos, desde luego, ni el conde Romanones ni donClaudio Sánchez Albornoz, ni Ramón Serrano Súñer ni Fernando María Castiella, y ni siquiera Marcelino Oreja. Pero en fin, Dastis es un profesional y un experto también en Europa, y a él le toca la gestión de la cosa:¿lloramos por el Brexit o intentamos convertir el problema en oportunidad y la situación de una mejor para España?

 

Tan ministro y tan funcionario como él, y seguramente con más visión patriótica y a largo plazo de los intereses nacionales fue Fernando María Castiella. Un soñador y un realista a la vez, nunca se traicionó ni a sí mismo ni al país. En cada momento intentó conseguir lo máximo para España, desde las Reivindicaciones del 40, con Areilza y Valdecasas de la mano de CianoRibbentrop y, en el contexto más opuesto a aquel, la amistad de la Comunidad Europea de la mano de Maurice Couve de Murville. De cada momento hay que sacar lo mejor, o intentarlo. Un ministro, y menos aún su jefe político, no puede limitarse a lamentar tiempos pasados u ocasiones perdidas.

 

Precisamente Castiella fue conocido por su lucha para conseguir que la plaza de Gibraltar volviera a ser española. O mejor dicho, que dejase de ser colonia británica, puesto que España nunca ha dejado de ser. En 1940, el camino era la derrota británica. En 1966 el camino eran la ONU, la descolonización y, como presión, la valla cerrada en 1969. ¿Y en 2017?

 

El representante permanente de Rusia ante las Naciones Unidas, Vitali Churkin, se lo ha puesto muy fácil a Dastis y a Rajoy, dirigiéndose a algunos británicos: “Devuelvan las islas Malvinas, devuelvan Gibraltar, devuelvan la parte anexionada de Chipre, devuelvan el archipiélago de Chagos en el océano Índico, que convirtieron en una enorme base militar. Solo entonces su conciencia, tal vez, esté un poco más limpia y puedan empezar a juzgar otros temas (como el de Crimea)”.

 

Así son las cosas. Con el Brexit, la posición internacional británica cambiará, quizá con buenos amigos en Ultramar pero no a este lado del Océano. ¿Nos conformamos con lamentar su marcha? No deberíamos. En Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, Rusia no va a dejar de defender que Crimea era y es rusa. Lo que hasta ahora May no ha querido darnos y Estados Unidos ha ayudado a conservar a los británicos nos lo pueden ayudar a conseguir los rusos, los franceses y, sorprendentemente, los gibraltareños -no los nativos, sino los que ahora habitan la colonia llevados allí por Londres.Dastis tiene que pedir consejo al ministro ruso, Serguéi Lavrov. Quizá así podamos hasta celebrar las consecuencias del Brexit.

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