Privilegios de invención
Privilegios de invención
Por Jesús García-Conde
7 de febrero de 2026

A pesar de ser de Valladolid y de haber hecho mis años de colegio en Simancas, ha sido José Javier Esparza quien me ha descubierto que en el archivo de la villa de las siete mancas se custodian unos papeles muy especiales. Se trata de los «privilegios de invención», documentos que garantizaban derechos exclusivos a los inventores que, por lo visto, menudeaban por aquella España de los siglos XVI y XVII. Entre esas «patentes» está la de la máquina de vapor de Jerónimo de Ayanz.

España no era esa caricatura que pintan los modernos afrancesados como un país de alatristes, que no creían en nada y hablaban en susurros, y que se batían en duelo por un quítame allá esa honra. Esos pobres diablos compartían piel de toro con unos curas, con manchas en el sayal, retorcidos e inquisidores, que esperaban la blasfemia del incauto para caer sobre él con el peso de la Inquisición.

España no hubiera sido España sin que una nómina grande y valiosa de inventores pusiera su ciencia al servicio de una idea que tenía como infantería a los soldados de los viejos tercios, que a su vez ponían su esgrima y su valor a mayor gloria de una Cruz sostenida por un cura. Cuando España era España, no era un país atrasado de mentalidad elemental, como nos lo quieren pintar los negrolegendarios. Era, en cambio, una nación donde la tecnología estaba al servicio del hombre, de los fines naturales del hombre, y no al revés. La prioridad estaba clara y los límites también.

Esta semana hemos conocido que el hospital barcelonés Vall d’Hebron ha realizado el primer trasplante de cara del mundo de una donante que recibió la eutanasia. Esta es una invención, parece, pero no creo que para España sea un privilegio. Efectivamente, la receptora de los tejidos, Carme, los necesitaba. Ha podido volver a comer después de que una necrosis, consecuencia de una picadura, la pusiera al borde de la muerte. Humanamente, no puedo no alegrarme por ella. Pero esa alegría es incompleta.

Los tejidos proceden de una persona que, según la nota de prensa del hospital, «recibió» la eutanasia. Lo dicen así. La «eutanasia» no es un tratamiento médico. No se recibe; se muere por causa de la aplicación de la eutanasia. En una sociedad que ha interpretado la tecnología y el progreso como el valor supremo, no sentirse un buen remero en ese barco del progreso puede hacer pensar que sobran los braceros menos fuertes psicológicamente, con menos apoyos y menos arropados por el verdadero amor. Sufrirán, tendrán depresiones. Caerán, incluso, al mar. Y algún iluminado habrá que les diga que para qué sufrir, que se quiten de en medio y ya está. Les dirán que, si su vida no es útil ya para hacer mover la nave, su desaparición sí lo puede ser para alguien que esté aún remando.

El sufrimiento, el valor salvador de la propia Cruz, no tiene sentido ya en esas sociedades laicistas. Pero lo tiene. Y el barco se mueve con los remeros, sí, y con el viento de las oraciones también. Rezar con la oración del alma o con la bien sufrida del cuerpo está al alcance de todos esos que el utilitarismo descarta para sus pequeños fines terrenales.

No hay más que ver cómo el periódico donde yo leí la noticia, El País, habla de la eutanasia o cómo defendía el daño psicológico de la madre para justificar el aborto. La vida es algo más elevado. No se puede ver en meros términos de utilidad económica. La vida es una invención de Dios y es un privilegio. Démosle su valor.

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