Propósitos para un año nuevo
Propósitos para un año nuevo
Por Itxu Díaz
1 de enero de 2026

En cada cambio de calendario todos nos tomamos muy en serio el asunto de las buenas intenciones. Estos días las redes se llenan de fórmulas perfectas para la infelicidad, con la gente publicando sus propósitos para 2026: pensaré más en mí, me querré más, me cuidaré más, gastaré más en mí, disfrutaré de mi soledad, eliminaré todo lo que resta de mi alrededor, y amaré más a mis gatos. Es un buen plan si quieres llegar a primavera enganchado a los antidepresivos, con arañazos en cuerpo y alma, y resentido como un gremlin bajo la lluvia.

Mis propósitos para 2026 son mucho menos trascendentes, quizá, pero eficaces a su manera. El primero es tratar de no dar leccioncitas idiotas, algo difícil cuando eres poseedor de una buena colección de páginas en blanco semanales destinadas a tus columnas de opinión aquí y allá. Observo, de un tiempo a esta parte, que la gente que aparentemente vive el lado correcto de su propia historia moral o ideológica siente una necesidad irrefrenable de publicitarlo de la manera más hostil y prepotente, como si hubiera descubierto el crecepelo definitivo, que ya no sabes si están presumiendo de las dimensiones de su paquete, o escupiendo sobre la miseria de las vidas e ideas de los demás.

A menudo se critica a los nuevos ricos porque exhiben su riqueza de la manera más grosera. Interesante. He visto esta Navidad a un montón de tipos exhibiendo su fe cristiana con pornográfica condescendencia, no precisamente siguiendo el mandato apostólico, no por puro rebosar de amor y misericordia, no a la manera sutil y sencilla en que acostumbra a sugerir las cosas el Espíritu Santo, sino con la vanidad del adicto al gimnasio, de quien ha logrado pasar más de tres horas sin transgredir ninguno de los diez mandamientos con ayuda de sobres de proteínas y meditación oriental. Me repugna más aún que el arte moderno y la comida china juntos. Me repugna y me entristece a la vez. Tal vez sea yo un cristiano extraño, que soy un mal cristiano ya lo sé, pero si bien me considero un privilegiado por la bendición de una vida sumergida culturalmente en cristianismo, también sé que la fe es un don, una suerte recibida sin mérito alguno, no una conquista voluntariosa de la que pueda vanagloriarme.

No llegaría al fondo del meollo si enfoco esta crítica a esa suerte de moralismo presuntuoso, porque en realidad, he visto con estos ojos cada vez más cansados a muchos otros haciendo gigantes alardes sobre los aspectos más cosméticos e irrelevantes de las vidas que han elegido vivir, no para celebrar su buen camino y lo bonito que les está quedando el cuadro, sino para despreciar el de todos aquellos que estén en otro punto de la peregrinación. Solo un cristiano estropeado olvida la naturaleza torcida del hombre, que la vuelta una y otra vez al lodo es siempre una posibilidad, y que lo importante es siempre mañana, la oportunidad de un nuevo comienzo.

Otro de mis propósitos para 2026, en cierto modo conectado con el anterior, es dejar de perder el tiempo con idiotas. Me asombra la gente que vive en una interacción constante con personas que no conoce nada, especialmente cuando se trata de buscar un enfrentamiento: el que desata su frustración interior en una discusión aleatoria de tráfico, el que es capaz de remangarse y liarse a bofetadas por un malentendido en la cola del supermercado en Nochebuena, el que recrimina a otro una conversación ajena que torpe y casualmente llega a sus oídos en la terraza de un bar. Sí, ya lo sé, el mundo está lleno de gilipollas, pero quizá no tengamos que tomarnos tan en serio la misión sociológica de acabar con todos ellos hoy.

Y el tercero y más cuqui de mis propósitos es bendecir la belleza. En este mundo cabrón, acelerado e histérico como un colisionador de hadrones, me resulta cada vez más difícil detenerme en la frugal contemplación de lo bello, sin sucumbir a las interrupciones cojoneras. Quizá a ti también te pasa. Si escribo miles de líneas al año prometiendo que lo bello salvará al mundo, y respaldándolo con sesudos argumentos robados a otros más listos que yo, es una traición y una vulgaridad que con frecuencia atraviese los días sin dar gracias al buen Dios al paso de una mujer hermosa, por un amigo leal, por una pintura inspiradora, por un gran cielo estrellado, por el ramo de flores que embellece las horas en el comedor, o en medio de un amanecer de esos que te reconcilian con la poesía y la esperanza.

Bendecir lo bello, no dar tanto el coñazo juzgando vidas que desconozco en realidad, y renunciar a la tentación de querer cambiar el mundo con cada palabra. Pensarás que son una mierda de propósitos y quizá tengas razón, pero sinceramente, no me veo apuntándome al gimnasio, dejando la cerveza, y haciendo la dieta del brócoli. La gente ahora quiere vivir con propósito, sea lo que sea eso, yo prefiero quedarme con el propósito de vivir.

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