Recorro las esquinas del noroeste de España donde aún quedan formas de vida y oficios de ayer. A veces como atracción turística, a veces como vestigios de lo que tiempo atrás fueron vidas ordinarias, por más que hoy nos parezcan tan extraordinarias como heroicas. A la hora en que cruzo aldeas y caminos, despunta el día, están las señoras en bata dando alegres tijeretazos a setos y arbustos, recogiendo flores de tonos vivísimos, y algunos hombres llevan ya horas martilleando sobre hierro en la puerta de casa, o trasladando el ganado, o recogiendo piezas maduras en los frutales de la finca.
La puerta de casa abierta de par en par, apoyada la escoba. La campana de la iglesia marca el compás del día. Los sonoros y enérgicos saludos entre los vecinos, que todos se conocen, resuenan aquí y allá. Y en el bar, toldo con la tipografía de Coca Cola en los 90, la televisión apagada, y un par de rostros ennegrecidos por el sol, camisa abierta, desayunan botellines de cerveza como máxima concesión a la recomendación sanitaria de incluir cereales en el primer tentempié del día.
Aquí los críos se forman en las labores del campo mucho antes de abrazar los estudios superiores que decidirán al fin su camino y su vida. Hay una soledad del rural en la juventud, un tanto asfixiante en estos días, de muy difícil explicación para quien no sepa reconocerla. Afuera la gran ciudad, la que sea será grande, ofrece un sinfín de estímulos, oportunidades, y también algunas perdiciones para el buen espíritu. Afuera la vida es en color, aunque el afecto y la sangre hayan prendido para siempre entre esta huertas y sembrados, y marcharse será, quizá pasado los años, garantía de un deseo atávico de volver a la tierra que los vio crecer.
Sin ánimo de idealizar ni menoscabar el cuadro, hay en esta España de tractor, miel casera, y escenografía pastoril, la que se desparrama como una gotera aquí y allá, un respeto a los valores que engrandecen al hombre superior al que se respira de ordinario en la ciudad. Quizá porque aquí la vida lo exige, que, aunque con muchas más comodidades que ayer, sigue siendo dura, o quizá porque, sin caer en utópicos aislamientos, esta tierra respira un tanto al margen de la histeria del telediario, del balbuceo político, y de la lluvia manipuladora que nos golpea día y noche.
Por alguna extraña conexión en mi cabeza, estas escenas rurales me han hecho preguntarme otra vez por aquello que deberíamos conservar. El culto a la inmediatez, el pragmatismo atroz, la mentira instalada en la política, y el relativismo moral y cultural que atraviesa toda la esfera pública, brilla en la España pobladísima más que las flores, los jardines, las rutinas y los viejos oficios. Es en el campo, más aún en los rincones más remotos, donde todavía brilla aquello que merece la pena preservar, viejos valores, fuertes afectos, el sentido de la responsabilidad, la contemplación de lo bello, el amor a los propios.
La esencia del conservadurismo es guardar algo bueno, como un tesoro, que nos legaron nuestros mayores y que tenemos el deber moral de dejar en herencia a quienes nos precedan. La tradición no es un cadáver del pasado, tosco e inmóvil, sino un niño vivísimo y delicado al que tendemos la mano para ascender a nuestro tiempo, como si saltara una tapia alta, y al que un día ayudaremos a saltar el siguiente muro hacia las generaciones que vengan detrás. Conservar, sin embargo, es algo que solo puede hacerse cuando queda algo que conservar.
Por desgracia, los viejos valores que aún brillan en lugares recónditos son casi una anécdota, no ya en España, sino en Occidente, algo minoritario, maleado, y silencioso que nos conecta con lo que fuimos y con lo que, si no hubiéramos sido bombardeados por la locura progresista global durante tantas décadas, deberíamos seguir siendo. Por eso, al pensar en lo que todavía hay que conservar hoy, si cedo un instante a la tentación pragmática, apuesto por el viejo cariño a la reacción que nuestros antepasados abrazaron cada vez que la histeria progresista destruía en nombre de absurdas revoluciones y dejaba el caos, el odio, y tierra infértil a su paso.
Cuando la pesadilla nacional se acabe, quizá no quede mucho que conservar, pero quedará todo por reconstruir. Y no lo hará una revolución de odio, sino la fuerza de la reacción, el amor a todo lo bueno que han destruido.