Quedan comunistas
Quedan comunistas
Por Xavier Rius
16 de mayo de 2026

Pensaba que ya no había comunistas. Excepto Enrique de Santiago, el secretario general del PCE. El pasado martes, aprovechando las elecciones andaluzas, estuve en Aguilar de la Frontera (Córdoba). Uno de los municipios que todavía gobierna Izquierda Unida. En este caso, con mayoría absoluta.

La alcaldesa histórica era Carmen Flores, la cual fue sustituida el pasado mes de abril por Paqui Herrador. Para enfrentarse con garantías a las municipales del año que viene. En las últimas, las del 2023, obtuvieron 10 de 17 con cajones. El resto: tres para el PSOE, dos para el PP y otros dos para un partido local. Unión Popular de Aguilar (UPOA). Izquierda Unida gobierna todavía casi una veintena de municipios, muchos en esta provincia.

Pero, como decía, creía que ya no había. A finales de los 80, en plena Guerra Fría, estuve en Berlín Este y ya percibí que no era el «paraíso comunista» que habían pregonado intelectuales —de izquierda, por supuesto— y medios de comunicación —progres, desde luego–.

De hecho, la caída del Muro de Berlín aquel 9 de noviembre de 1989 demostró definitivamente que los alemanes del Este querían salir, no los del Oeste entrar en la mal llamada República Democrática Alemana. Lo mismo pasaba a los polacos, los checoslovacos —entonces todavía no se habían escindido—, los húngaros y otras nacionalidades que vivían todavía bajo el yugo de la URSS.

Sin embargo, esta localidad parece anclada en el pasado. En la sede local del PCE andaluz te recibe un cartel con esta inscripción: «La dirección del Partido Comunista de Andalucía en Aguilar de la Frontera se reserva el derecho de admisión a este local solo a militantes y simpatizantes». Todavía hay clases, pensé. Incluso, por un momento, me sentí partidario de la lucha de clases y tuve tentaciones de asaltar el local para tomarme una cañita.

Más allá, al lado del Parque Rojo —no sé si el nombre es casualidad o no—, una señora se quejó de que solo había carteles de Antonio Maíllo, el candidato de IU. Quedaban apenas algunos del popular Juanma Moreno, pero se notaba que alguien había querido arrancarlos. Mientras que de Abascal y Gavira, ni rastro. Debían haber sido arrancados del todo. «Democracia», pensé. Como en los mejores tiempos del proceso. A los críticos nos decían que no éramos demócratas.

Todavía distinguí una pancarta artesanal del Partido Comunista del Pueblo Andaluz (PCPA), la versión autóctona del prosoviético Partido Comunista de los Pueblos de España. La bandera roja tapaba incluso a la andaluza.

Finalmente me topé con unos carteles anunciando un acto republicano y hasta una marcha a Rota. Como en los primeros años de la Transición. Cuando todos los opositores al franquismo eran, como mínimo, marxista-leninistas, trotskistas o maoístas. Nunca entendí eso de querer sustituir una dictadura personal por otra de partido que, con frecuencia, dura más.

Más tarde hablando con gentes del lugar me comentaron que de todos los municipios de la zona Aguilar de la Frontera ha perdido empuje. Lucena, Cabra o Moriles han pegado un salto y, en cambio, el primero permanece encallado. Aunque, por supuesto, si están en la zona, no dejen de visitarlo. Tiene una magnífica plaza octogonal, más conocida como Plaza Ochavada.

Yo, en estos casos, siempre pienso en la frase del historiador británico Arnold J. Toynbee (1889-1975): «Las civilizaciones mueren por suicidio, no por asesinato». Con los municipios quizá a veces ocurre lo mismo.

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