Quién ha matado a Sandra
Quién ha matado a Sandra
Por David Cerdá
30 de octubre de 2025

Sandra Peña, apenas catorce años, saltó al vacío desde la azotea de su casa hace un par de semanas. Cinco trágicos pisos; en menos de dos segundos, la niña ya no vivía. Había sido víctima de acoso escolar durante más de un año por parte de un grupo de compañeras de su colegio. La familia había denunciado la situación en al menos dos ocasiones, pero parece ser (habrá que esperar a saber) que el centro educativo no activó los protocolos correspondientes. El caso está siendo investigado por la Fiscalía, que ha abierto diligencias para esclarecer los hechos y determinar posibles responsabilidades. Aunque estas no carezcan de importancia, no es la cuestión legal, sino la moral, la que debería preocuparnos.

A Sandra la mató la cobardía; a Sandra la hemos matado entre todos.

Debatimos sobre la educación y nos perdemos en las fruslerías de la empleabilidad, la educación emocional o el maniqueo debate sobre la tecnología en las aulas, sin dedicar ni un instante al meollo de lo que nos corresponde enseñar: la decencia y el coraje. La decencia no se puede ni siquiera mentar, porque si lo haces enseguida te ves rodeado de gente de ideas liliputienses y trasnochadas que la identifica con el recato sexual y otras cosas superadas al tiempo que tiene el cuajo de llamarte a ti carca, cuando decencia, del latín decet, «lo debido», significa también «dignidad en los actos y en las palabras». Aquí lo que ha pasado es que se ha tolerado, no, se ha entrenado a adolescentes indignas que han empujado al abismo a una igual. 

A Sandra la mató la cobardía; a Sandra la hemos matado entre todos. Pero no todos en la misma medida, ni mucho menos. «No hay que señalar culpables»; bien, hemos llegado aquí en parte por sostener eso. Hemos llegado a este dolor inclasificable de sus padres a base de mirar a otro lado, de «a mí no me compete» y de «quién soy yo para meterme en la vida de nadie». A base de llamar tolerancia al desinterés por el prójimo y a base de hurtarles a los estudiantes las historias y los ejemplos que pueden educar sus corazones morales. Hay que llamar a las cosas por su nombre, pero no, de ningún modo, montar jaurías en las redes y compartir las fotos de las agresoras como viscerales cobardes. Hablamos de los jóvenes, pero hay muchos adultos incapaces a su edad de distinguir entre ser justo y ser un justiciero. También eso ha matado a Sandra.

He explicado muchas veces que la ética no tiene que ver con señalar a los demás, sino a uno mismo. Como decía Kant, consiste en buscar la perfección propia y la felicidad ajena, y no lo contrario, que es justo como muchos se la plantean. Dicho esto, sí toca hablar de los padres de las acosadoras, porque cada cual ha de cargar con sus responsabilidades. Criar hijos capaces de acosar a una persona vulnerable constituye un fracaso personal sin paliativos. La paternidad no es ningún juego, está plagada de obligaciones y riesgos; no podemos llamar víctimas a los padres de esas chicas, por acción u omisión son parte del problema y aunque carezca de sentido acusarles (aquí sólo tiene sentido la misericordia) su fracaso debería servirnos a los demás padres para retomar ciertas conversaciones en casa y hacer un esfuerzo adicional para asegurarnos de que no estamos criando el tipo de persona que es capaz de hundir a otra.

A Sandra la mató la cobardía; a Sandra la hemos matado entre todos. ¿Qué ven los adolescentes a todas horas con nuestra connivencia, sino espejos deformados? ¿Hay asomo de grandeza en lo que les contamos, o es todo un «encaja, no te metas en líos y mira qué beneficio puedes sacar de la situación»? Decía Natalia Ginzburg, que a los hijos no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes: «No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia ante el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo de éxito, sino el deseo de ser y de saber». ¿Para cuándo vamos a dejar esta tarea indelegable? ¿Cuántas almas más vamos a jibarizar instruyéndolas en lo pequeño, y al precio de cuántas Sandras?

Aunque los dispositivos móviles —terreno en el que se mueven como peces en el agua los cobardes— habrán tenido su sigiloso papel en este acoso, nadie lleva a una chica de catorce años a la desesperación sin que se entere, además de las malnacidas (las responsables directas), otras personas. Volvamos a la cuestión esencial que nos atañe: ¿qué clase de sociedad estamos gestando, en cuanto a su relación con la popularidad, la pertenencia a la manada y la disposición a defender al débil para que esas personas no hayan hecho nada? ¿Vamos a seguir fabricando en serie discapacitados morales? Hay una celebrada cita de Edmund Burke que dice que lo único que se necesita para que el mal triunfe es que las personas buenas no hagan nada. Que lo bien que suena no nos confunda: si me leéis, aquellos que visteis e hicisteis eso, es decir, nada, oíd: no sois buenos, sois solo la segunda división de los canallas.

A Sandra la mató la cobardía; a Sandra la hemos matado entre todos. Hace tiempo que hemos desistido de colocar la valentía en el centro de nuestro proyecto civil. Este país necesita un plan nacional contra la cobardía, y lo tenemos que poner en marcha los ciudadanos, porque no lo van a hacer quienes parasitan la polis con la excusa de representarla. Tenemos a ministros acosando a jueces, periodistas y rivales en las redes; no hay posibilidad alguna de encontrar algo de luz en ese sumidero. Ha llegado la hora de que quienes aún sienten su comunidad como propia se junten para rearmar de valor nuestras comunidades. Decía C. S. Lewis que el coraje no es simplemente una de las virtudes, sino la forma de cada virtud en el punto de prueba. Estamos en ese punto y vamos a ser sometidos a toda clase de pruebas: pongámonos ya manos a la obra.

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