¿Quién se acuerda de Okin?
¿Quién se acuerda de Okin?
Por David Cerdá
5 de marzo de 2026

Pongamos que nos los tomamos en serio; tenemos que tomárnoslos en serio para entender dónde estamos y qué clase de conciencias hemos educado. ¿Qué es razonable pensar de aquellos cuya brújula moral solo funciona para los suyos? ¿Qué sucede cuando la indignación es selectiva, cuando el dolor ajeno es un mero instrumento? En estos días de guerra en Irán, mientras las bombas y los discursos cruzados vuelven a tensar el mundo, se visibiliza de nuevo la inconsistencia de quienes dicen hablar en nombre de la justicia pero sólo cuando sirve a su furor antiamericano.

A finales del siglo XX, la filósofa Susan Moller Okin formuló esta incómoda pregunta en su ensayo Is Multiculturalism Bad for Women? ¿Qué hacer cuando ciertas prácticas culturales, defendidas en nombre de la identidad o la tradición, vulneran la igualdad, la libertad y la dignidad femeninas? ¿Debe el Estado abstenerse para no parecer etnocéntrico? ¿O debe intervenir, aunque eso suponga limitar costumbres arraigadas? El desde entonces llamado «dilema de Okin» señalaba la tensión entre dos bienes que las democracias liberales valoran: el respeto al multiculturalismo y la defensa de los derechos de las mujeres.

No eran preguntas retóricas; tampoco es que las cuestiones se hayan superado, pues ya ve que seguimos a vueltas con el burka. Okin advertía que las culturas no son neutrales respecto al sexo; que quienes hablan en nombre de «la tradición» suelen ser, oh, casualidad, hombres; que proteger una cultura sin examinar sus asimetrías internas refuerza sus injusticias. En un seminario, tras escuchar a un académico justificar ciertas prácticas familiares en nombre de la identidad cultural, Okin preguntó con serenidad quirúrgica: «¿Y si usted hubiera nacido mujer en esa comunidad, seguiría llamándolo respeto?». La sala enmudeció. 

Ha pasado más de un cuarto de siglo desde aquello y hoy tenemos los rescoldos de quienes iban a asaltar los cielos diciéndose feministas y atrapados en el mismo provincialismo moral que el relativismo de los posmodernos nos trajo. Estos no enmudecen: chapurrean y escupen. Pero uno piensa que esta persistente mancha en el juicio ético occidental empieza a desvanecerse. El fundido en negro de estas opciones políticas así lo apunta; quienes guardan un silencio espeso ante las mujeres iraníes asesinadas por el régimen —ni una palabra cuando jóvenes son golpeadas hasta la muerte por no llevar correctamente el velo; ni una pancarta cuando la policía moral convierte la calle en juicio sumario— pronto volverán a la esquina de las excentricidades políticas que no debieron abandonar nunca.

No se trata aquí de absolver a nadie, ni de entregar cheques en blanco a país alguno. Las guerras son tragedias morales complejas, y las potencias no están exentas de errores, intereses o abusos. Pero el punto, en cuanto a las mujeres y sus derechos, no es geopolítico; es ético. Si la defensa de los derechos humanos depende del pasaporte del agresor, no es defensa, sino propaganda; y retribuida, probablemente. Si la solidaridad se activa solo cuando el culpable coincide con nuestra animadversión ideológica, no es solidaridad, sino tribalismo.

El provincialismo moral consiste en eso: en reducir el horizonte ético al perímetro de nuestras simpatías. Cuando la opresión procede de un régimen que se declara enemigo de Occidente, algunos se apresuran a contextualizar, a explicar, a matizar; o a recordar a otras mujeres, las saudíes por ejemplo, que les importan igualmente una higa. «Es su cultura», dicen, volviendo al caso que les conviene, «no podemos imponer nuestros valores». Pero cuando la injusticia proviene del bloque contrario, el discurso se vuelve universalista y ardiente. La vara cambia de longitud según quién la sostenga. Okin advirtió precisamente contra esta indulgencia vendida. 

Miles de mujeres han salido a la calle para desafiar al régimen, jugándose la vida, en una expresión de libertad conmovedora (tras la cual los de siempre ven solo al Mossad y nada más, faltaría). Cuando algunas autoproclamadas feministas occidentales minimizan esa lucha o la subordinan a su agenda antiimperialista, incurren en el dilema de Okin por la vía más triste: priorizan la oposición a un adversario geopolítico sobre la libertad concreta de mujeres reales. Se denuncia, con razón, el paternalismo occidental cuando pretende dictar cómo deben vivir otras sociedades. Pero se incurre en un paternalismo inverso cuando se decide que las mujeres iraníes no necesitan la misma solidaridad que otras; es una forma escandalosa de racismo.

El fracaso del provincialismo moral se manifiesta en su incapacidad para sostener principios cuando cambian las circunstancias. Defender la igualdad entre ambos sexos implica reconocer que la crítica a Estados Unidos puede ser legítima en muchos ámbitos, pero no puede convertirse en coartada para relativizar la represión de otros. Implica aceptar que el antiamericanismo no es un criterio moral, del mismo modo que el occidentalismo acrítico tampoco lo es. Al final, la pregunta es sencilla y devastadora: ¿aplicamos los mismos estándares a todos, o solo a algunos? Si una práctica vulnera la autonomía y la integridad de las mujeres, ¿la condenamos siempre, o solo cuando conviene a nuestra narrativa? Quien subordina la ética a la geopolítica y siempre se expresa contra los mismos, ese es el que no ha entendido nada sobre lo que es justo. La dignidad no entiende de mapas, y la coherencia, esa virtud tan poco vistosa, exige que sostengamos la misma vara aunque tiemble la mano.

La madurez moral —personal y colectiva— comienza cuando dejamos de usar el dolor como arma arrojadiza y lo reconocemos como llamado universal. No podemos permitirnos más adolescentes de estos en nuestros parlamentos, porque la situación del mundo está virando hacia algo muy serio y peligroso que exige un recto juicio. Okin no ofreció soluciones fáciles a su dilema, pero sí llegó a un par de conclusiones contundentes: que las mujeres gozasen de los derechos atribuidos a todo ser humano no es negociable y el multiculturalismo no es neutral en cuanto a los sexos. 

Cuento los días para que los de «no es el qué, sino el quién» pierdan su altavoz para siempre.

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