Reacciones a Quero
Reacciones a Quero
Por Hughes
11 de noviembre de 2025

Es como si hubiera aparecido una quimera, un tigre con alas o un caballo con aletas. Las palabras de Carlos H. Quero, desveladas por fin, roto el velo que las mantenía ocultas, han provocado una fuerte reacción y algunos desconciertos.

Por un lado, en ciertas derechas, que —siempre tan precisas— le han acusado de podemita o falangista. No se entiende, ni se perdona que hable de extranjeros (el extranjero con dinero es, para ellos, lo que el africano para los otros, un abstracto-angelical) y mientras escandalizados se hacen la señal de la Cruz (que en ellos es dibujarse la oferta y la demanda) anticipan los males más grandes para España. Se empieza pensando en los compatriotas sin casa y se acaba tomando Polonia o Portugal.

Aquí, hemos de matizar que más que la derecha ha sido, sobre todo, esa franja que hay entre Vox y el PP, mayormente el PP de Madrid; una zona de pulular (más que militancia es pululancia) de personas que se hacen llamar liberales y que conforman el PP de paisano: si se fijan, verán que no dicen ya nada a favor del PP, y que se han especializado en atacar, medir, criticar, matizar, copiar, rebajar o incluso parasitar las ideas de Vox. De aquí han venido los mayores soponcios.

Lo de los liberalios se pensó humildemente para retratar a quienes abusan de una palabra tan compleja como liberalismo; el sistema político, la tradición de libertad, la cultura secular, o la racionalidad económica les pertenecen un poco porque sí, porque ellos lo valen, pero son personas de talante liberal escaso y aún más escaso sentido común que, fundamentalmente, consideran liberalismo lo que hagan los que mandan en España. O mejor: el status quo es lo liberal (o sea, el ceteris paribus de los ceteris paribus) y por tanto, toda variación es barbarie.

Así, primar al extranjero sobre el español para adquirir vivienda y añadirle tres millones de personas a la demanda, en un momento como el actual, lo consideran liberal, pero preocuparse desde un punto de vista respetuoso con el mercado por crear las condiciones para facilitar el acceso a la vivienda es falangismo, dicho además, como lo dicen ellos, con asquito y como si los abuelos no se hubieran puesto finos a pisos.

Lo liberal, al parecer, es promover una política de escasez de un bien fundamental y que los propietarios de ese bien vean su precio dispararse con permiso y apoyo de las autoridades.

Estas personas liberales son las mismas que consideraban una atrocidad hacer objeciones económicas a la inmigración. Ponían el grito en el cielo: era un equivalente del racismo o algo propio de un pervertido antieconómico, un oscurantista total. La inmigración era para ellos, hasta hace un cuarto de hora, un hecho liberal indiscutible y de prosperidad garantizada. Lo que se dice un dogma. Ahora ya aceptan que el efecto pueda ser positivo o negativo o, incluso, positivo para unos y negativo para otros.

Vox tiene un papel aquí similar al que tuvo con la inmigración y antes con la ideología de género y las leyes viogen: romper un consenso asfixiante. Añadiría el retorno de la perspectiva nacional en 2017. El efecto es más escandaloso porque hay algo de rotación o pivotación que resulta casi sacrílego; que algo de derechas camine hacia algo de izquierdas despierta la ira de ambos bandos. No hace falta caer en el purismo extravagante de una tercera posición. Es un giro cantado en el mundo occidental que lleva años ocultándose bajo la estigmatización de la etiqueta populista.

Pero no es solo una forma actual. La política social es parte de la mejor tradición de la derecha española. Esto no lo inventaron Iglesias y Errejón.  

Es también un nacionalización de las preocupaciones y la evidencia de que para responder a la realidad, a la calle, a un problema acuciante, hay que superar los estrechos marcos manejados.

En la flexión de Vox que Quero personifica hay, más allá del fondo, algo formal: la presentación de alguien que rompe los esquemas; un joven formado, sin signos de clase o código social caricaturizable. De Quero, a primera vista, no pueden decir que sea un cayetano. No se pueden agarrar a eso. No hay una barrera social aparente entre él, su mensaje y quienes han de recibirlo.

Las personas así existen, puede que incluso abunden, pero han sido condenadas al no ser, a una existencia un poco fantasmal. Uno de derechas que no lo parece, uno que no se sabe bien qué es o uno que no lo es del todo… Ha sido una forma humana, política y social tan no binaria que casi añade una consonante al LGTBIQ+. Un hermafroditismo político inconcebible.

Quero es un primer ejemplar humano que supera fisiológicamente en España el izquierda-derecha tal como lo conocemos (el izquierda-derecha tomará nuevas formas). No es la indistinción zoomer post-alvisiana. Es otra cosa.

Este es un efecto real de Quero y del Vox joven y no tan joven, del Vox popular, que desactiva la visión antagonista de la izquierda. De ahí que sea recibido y analizado como fascismo, pero no como el fascismo físico y casi cinematográfico que escenifica el CNI los sábados por la noche, sino otro que hay que desactivar y que exige sacar a los académicos, expertos e intelectuales para subrayar que cualquier mirada social desde algo que pueda entenderse como derecha es, en realidad, fascismo: es, de hecho, la definición de fascismo. Cualquier preocupación española (conscientemente española) por el trabajador exige la activación del protocolo antifa.

Para la izquierda, si no se hace nada, es neoliberalismo salvaje, y si se hace, fascismo. ¡Estamos apañaos!

Izquierda y derecha, por tanto, reciben ese giro con preocupación cuando no indignación y los dos, a su manera, activan los miedos establecidos, los monstruos clásicos de las películas: el comunismo y el fascismo.

Le aplicarán a Vox la segunda acepción de «lepenización»: la primera consistía en ser demonizable, la segunda es ampliación, salto de eje, dos dimensiones.

El giro social de la derecha (o llámenlo como quieran), esa hibridación quimérica, esa transversalidad que pudiera ir en la dirección opuesta, ese salirse del reparto de tareas establecido, es una clave evolutiva, es el pulgar oponible de la ideología. Esto es lo que permite avances de otro signo. ¡Aquí ya cambian las cosas!

Las reacciones continuarán y, una vez roto el tabú, lo siguiente será ridiculizarlo y luego ir mimetizándolo. Para esto saldrán formas centristas de tipo técnico (el academicismo, el extranjerismo, el credencialismo, la despolitización) que cumplirán así su función de desactivación y reenganche.

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