Entiendo la desesperación de algunos cuando aprieta el calor. La tiranía de las vacaciones y lo simple de la felicidad ajena son venablos que hieren la grandeza del hombre intelectualmente sensible. Para un refinado flâneur —persona sin carné de conducir— la canícula es un momento delicado. Pero no todo está perdido.
Nuestra civilización no ha abandonado a estos aristócratas del espíritu que llegan en temporada de melones para recordarnos la desazón que provoca en ellos la subida del mercurio. Así que desde el más sincero amor por la alteridad, sirviéndome de esta gacetilla populista, me dispongo a sugerir una serie de actividades que podrían aliviar el sufrimiento de delicados y melancólicos —nunca nostálgicos— para los que el verano es pura kriptonita:
1. No se pierda la exposición «Un domingo sin fin» en el museo Pompidou de Metz. Extasíese delante de Comedian, el célebre plátano de Maurizio Cattelan, hasta que la temperatura exterior descienda. Su reciente «robo» ha vuelto a poner de actualidad una obra que alcanzó su máxima cotización cuando fue devorada por un magnate chino de las nuevas tecnologías. Contemplar esos treinta gramos de hidratos de carbono pegados a la pared con cinta de carrocero hará renacer en usted el espíritu del hombre ilustrado. Mientras cientos de compatriotas se torran en Cullera, experimente su particular síndrome de Stendhal frente a la banana de los seis millones de dólares. Después de esto, un Rothko le parecerá casi figurativo. Recuerde que lo grande solo actúa en lo grande.
2. Disfrute de un cóctel en Richelieu hablando de paraísos perdidos con el primer desgraciado que tenga a mano. Atrévase a reconstruir su propio verano azul rodeado de señoras de Eduardo Dato, divorciadas con posibles y monteros que templan con ginebra el ansia por el comienzo de la temporada. Reviva para su interlocutor aquellos meses norteños en bicicleta, no por nostalgia —usted no es de esos— sino por puro placer proustiano. Cómprese un canotier para que la felicidad sea completa.
3. Este verano toca ser democristiano. Lea las memorias (Erinnerungen) de Konrad Adenauer cuando refresque. La reciente visita del Papa confirma que 1955 vuelve a estar de moda. Así que antes de que llegue el momento eurocomunista de Berlinguer, inspírese con las vivencias de uno de los padrecitos de la Unión Europea. Usted representa la conciencia crítica de Europa, el espíritu de sus cafés. La deuda, el control digital y la guerra no son sino los pequeños peajes que pagamos —o pagaremos— para seguir disfrutando del Reich europeo de los mil años.
4. Recuerde Mondoñedo o el Biarritz de la Emperatriz Eugenia. Cuando el termómetro arroje una cifra insoportable, nada como evocar una infancia pasada entre obispos, hortensias y lluvia fina. O mejor aún, sueñe con ciudades balneario.
Imagínese degustando un éclair en Miremont mientras contempla el Atlántico. Es lo más parecido a sentirse como la Emperatriz Eugenia antes de la terrible guerra franco-prusiana. O si no, recréese con la aparición de Inés Sastre en el Blue Cargo mientras toma usted un lenguado meunière. La memoria inventada siempre supera a la piscina municipal.
5. Déjese invitar a una universidad de verano y hable mucho de populismo. Exorcice sus demonios. Busque una mesa redonda desde la que salvar la democracia liberal antes del cóctel de clausura.
En el caso de que ninguna de estas sugerencias logre colmar su espíritu, permítase la última herejía: una tumbona, unas gafas de sol y un chiringuito. Disfrute. Usted no tiene que impostar nada.