Remigración
Remigración
Por Jaume Vives
27 de agosto de 2026

La última polémica del verano ha tenido lugar en Barcelona, aquí somos los reyes de la bulla aunque, gracias a Dios, a diferencia de las Vascongadas, sin muertes, pero nos gusta mucho. Siempre es buena la ocasión para montar una contramanifestación, boicotear una paella con extra de sal, lanzar unos cuantos gritos, incluso algunas piedras. Lo que sea con tal de que una cámara nos enfoque y joder un poco al vecino.

La polémica en cuestión tiene que ver con la remigración. Unos jóvenes organizaron una performance para reivindicar vuelos gratis que devolvieran a los extranjeros a sus países de origen, y no faltaron quienes haciendo de su vida una contra fueron a boicotearlos.

Con mucha contención, uno de los organizadores soltó a la prensa las verdades del barquero, cosa que, como era de esperar, sentó muy mal a los profesionales de la desinformación. Los mismos que celebraban el lanzamiento de micros como deporte nacional han llorado ahora por un pequeño coscorrón a un micrófono.

Pero el asunto de fondo es el que me resulta más importante: el de la remigración. El cuerpo me pide una cosa, pero me cuesta pensar que la solución al problema sea largar a su país de origen a familias que llevan décadas instaladas aquí, que han hecho suyo lo nuestro, familias con las que a diario trabajamos, convivimos, nos peleamos y construimos.

Pero por otro lado me parece muy razonable querer fletar todos los aviones necesarios para alejarnos de la España de los cincuenta millones.

Es triste ver cómo ha cambiado España en poco más de cincuenta años (también por nuestra culpa). Cuesta reconocerla: por sus negocios, por sus habitantes, por sus costumbres… Sin duda las puertas de casa se han abierto mucho más de lo que la casa podía soportar, hasta el punto de hacer muy difícil la convivencia familiar, incluso desorientando a la familia, consiguiendo que se sienta extraña en su tierra.

Es triste ver cómo ha quedado España y triste pensar cómo deben estar las cosas en tantos países para pensar que, huyendo, uno va a encontrar una vida mejor. En España, todavía pensamos que es mejor vivir que huir, pero eso podría cambiar en un tiempo.

La solución, muy a mi pesar, se me escapa, pero tengo claro que quienes reclaman la remigración no son el problema, solo son víctimas del problema que otros han ocasionado, aquí y en el extranjero, y que ahora no solo no están dispuestos a resolver sino que además pretenden convertir a las víctimas en culpables, acusándolas de agentes de confrontación que imposibilitan la convivencia.

No creo que la solución sea la remigración, y si lo fuera, no sabría con qué criterios, porque la remigración total sería injusta, rocambolesca e imposible. Como decía, desconozco la solución al más que evidente problema que ha convertido España en una colonia de multitud de países extranjeros. Pero lo que tengo claro es que quienes la reclaman no son quienes deberían concitar todos los odios de la prensa.

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