«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Director de Rius TV en YouTube. Trabajó antes en La Vanguardia y en El Mundo. Director de e-notícies durante 23 años.

Remigración

17 de octubre de 2026

El pasado jueves suscité un debate en mi perfil en X (xrius007): «¿Cuándo se habla de «reemigración»? ¿Adónde?», me pregunté. «Muchos ya son europeos de tercera o cuarta generación. Como los jóvenes franceses que quemaban institutos. A estos no puedes expulsarlos», añadí.

Debí dar en el clavo porque empezaron a llover reacciones. De hecho, a la hora de escribir este artículo iba camino de las 100.000 visualizaciones. La inmensa mayoría, por supuesto, estaban a favor de las deportaciones. Proclamaban, en plan Obama, que «claro que se puede», «anda que no», «se les retira la nacionalidad», «a sus países de origen», «es complicado, pero no imposible», etc.

Alguno hasta proponía enviarlos «a tu casa». Sospecho que me sigue poco porque fui el primer periodista catalán en hablar del impacto de la inmigración hace ya diez o quince años. Mientras que otros, como Ahmed, aseguraban que «el fenotipo sefardí era siempre el mismo: kalbo (sic) estogenizado con gafitas de pasta». Un sólido argumento intelectual, sin duda.

Aunque, como decía, la «reemigración» no es fácil. ¿Adónde? En el caso de Francia, muchos ya son franceses de tercera o cuarta generación. Bastaba ver a los jóvenes —de origen magrebí o subsahariano— que prendían fuego a sus institutos o incluso apalizaban a profesores durante los recientes disturbios.

Mi teoría personal es que lo hacían porque no quieren ser franceses. Se sienten marroquíes o argelinos. Hay un resentimiento hacia el país que acogió a sus padres o a sus abuelos. Sin embargo, administrativamente lo son. Han nacido en territorio galo.

Al fin y al cabo, la escuela pública ha sido fundamental en la creación de la identidad nacional francesa. En todos los centros, encima de la puerta de entrada, está el lema de la Revolución: «Libertad, igualdad y fraternidad». Habría que añadir el de la «laicidad», que aprobaron por ley en 1905. Este es el más espinoso porque casi todos son musulmanes y choca frontalmente con sus convicciones religiosas.

Francia se tambalea periódicamente por estos jóvenes que detestan ser franceses. Como en las algaradas del 2005, el 2017 o el 2023, por citar sólo las más graves. Un detalle importante: los del pasado verano ya no fueron en las banlieues, sino en pleno centro de la capital, al lado de la Torre Eiffel.

Recuerdo, salvando todas las distancias, el caso de Amedy Coulibaly, el terrorista cuya familia procedía de Mali y que atacó un supermercado judío en 2015. Había nacido en Francia en 1982. Por cierto, tenía nueve hermanos. Lo digo por los que cuestionan la teoría de la gran sustitución.

El segundo es el de Mohamed Merah, el islamista de Toulouse que, en marzo de 2012, disparó contra unos militares y luego contra niños de una escuela también judía. Más de lo mismo. Ambas familias, por otra parte, habían recibido prestaciones sociales.

Toda la política de inmigración de la UE se ha basado en la premisa falsa de que a la larga se integrarán. No es verdad. A los hechos me remito. Ahora han intentado ponerse las pilas. Han acabado adoptando las mismas medidas que proponía Giorgia Meloni. Aquellos que hace poco la llamaban «neofascista».

Excepto Sánchez, claro. Cree que su postura a favor de la inmigración le puede dar réditos electorales. En el barrio del Raval de Barcelona ya han aparecido carteles con su efigie en colmados de pakistaníes tras la regularización masiva. Pero ahora ya son 45 millones o más. Si vivieran todos en el mismo territorio, serían el quinto Estado miembro de la UE por población después de Alemania (83 millones), Francia (69), Italia (58) y España (49).

En su visita a Ceuta junto a Jordan Bardella, el líder de Agrupación Nacional, Santiago Abascal afirmó que solo falta «voluntad política» para empezar a devolver gente. «Hay muchas personas que no tienen que estar ni en España ni en Europa», manifestó. «Aquellos que están viviendo en España de las ayudas sociales y no están trabajando también deben iniciar un proceso de reemigración», remachó. Ojalá, pensé.

No va a ser tarea fácil. A veces me pregunto si el Viejo Continente —entre llegadas, nacionalizaciones y alta natalidad de los inmigrantes— ha llegado a un punto de no retorno. Además, casi todos los países de origen son sociedades fallidas o tienen gobiernos corruptos. Han obligado a sus conciudadanos a buscarse la vida en el extranjero mientras sus élites se enriquecían. Lo último que querrán es que vuelvan.

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