Renuncias y regalos
Renuncias y regalos
Por Enrique García-Máiquez
17 de julio de 2024

Pedro Soto (1902-1980), hijo primogénito del marqués de Santaella y de Carmen Domecq y Núñez de Villavicencio era diplomático, rico, guapo y conde de Puerto Hermoso. Sobre todo eso, fue cartujo. Ingresó en la Cartuja de Miraflores, hasta donde le llevó su chófer, al que despidió allí, tras regalarle su gran automóvil. Su vocación, que sorprendió a propios y extraños, dio para muchos dimes y diretes. Para explicársela, se contaban historias propias de una leyenda de Gustavo Adolfo Bécquer.

Que contaremos en otra ocasión, si acaso, porque vengo a hacer una reflexión más urgente y veraniega. Anoche, en casa, en una cena, iba a contar a unos amigos una anécdota del buen cartujo. Empecé. Éste estaba charlando una vez con un pariente de Jerez que le preguntó: «Tío Perico, perdóname la indiscreción, pero ¿qué es lo que más echas de menos de tu vida pasada, ahora que eres un monje sometido a la regla más estricta del mundo católico?» Le contó… Y en ese momento uno de mis amigos, también sobrino del cartujo, me interrumpió con la alegría de acordarse de su madre y de conocer la respuesta. «Le dijo que lo que más echaba de menos era una buena cristalería fina, ¿verdad? También se lo dijo a mi madre una vez y ella lo contaba, divertida, con frecuencia».

No era ésa la respuesta que yo conocía. Lo que más echaba de menos, según mi versión, era ir paseando por el campo los domingos con otro cartujo y que les saliese un conejo o una libre, y no tener una escopeta —hizo el gesto de apuntar con el brazo— para, pum, pum —hizo la onomatopeya— practicar la caza.

Quedé pensativo. No era posible que fray Pedro se inventase nostalgias ni, mucho menos, que mintiese. Tampoco mi amigo podía haber dicho lo de la cristalería para tener una cortesía refleja con nosotros, aunque lo contó señalando muy amablemente las copas de vino que habíamos puesto en la mesa para recibirlos. Algo pasaba.

Caí en la finura de espíritu del cartujo. No mentía, en absoluto, pues echaría de menos esas cosas y más, como es natural, y, en cada momento, aquellas que la persona con la que hablaba excepcionalmente le evocaba con más viveza. Pero, más que nada, lo decía porque su pariente de Jerez era muy cazador y su prima y madre de mi amigo era una señora muy detallista de su casa. Le recordaba a cada cual, con el velo de una nostalgia sonriente, que su vida cotidiana era valiosísima, desde sus aficiones deportivas hasta su gusto por la delicadeza doméstica. Sería muy interesante hacer un trabajo de campo e investigar a cuánta gente le dijo que añoraba precisamente lo que ellos se traían normalmente entre manos. Quizá a mí me hubiese dicho, pienso ahora, que echaba en falta escribir, en sus informes de la embajada, análisis políticos, disipando por encanto —en el doble sentido de la palabra «encanto»— la torpe pereza que me da con frecuencia trabajar en lo mío.

A fin de cuentas, es una parte de la vocación de quien deja el mundo. Recordar a los que seguimos en el siglo que esas ocupaciones y esos afanes del día a día son profundamente valiosos. Tanto que sirven incluso de holocausto agradable a Dios. Son cosas simples, pero tan buenas que su renuncia es un salmo. Hemos de disfrutarlas en su valor contrastado y dar gracias. El verano es un tiempo propicio. Pero fray Pedro lo recordaba sin histerismos ni exageraciones ni melifluidades, porque en los dos casos que tengo documentados —habrá más y serán iguales— hay una veta de humor, una ironía consigo mismo, como sacándose la lengua y explicando que la renuncia grande (a su vida entera) no vale lo que perder un lance de caza o la luz fugaz de un vino en una copa. Está claro que no renunció a la alegría ni al humor ni a la caridad con el prójimo. Nos dejó, como a su chófer, un regalo valiosísimo.

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