Retirar el salmón
Retirar el salmón
Por Hughes
16 de octubre de 2026

Comemos poco pescado, pero mucho salmón. Al ver a las influencers de Instagram que se fotografían comiendo sushi es inevitable pensar si habrá suficientes reservas para abastecerlas. Las hay, aunque no es tema pacífico. Hay, por ejemplo, una campaña para salvar el salmón gallego y hace poco, unos chefs internacionales firmaron una petición para retirar de las mesas los salmones que se crían en jaulas marinas, que son la mayoría. Al parecer, la práctica es dañina para el ecosistema del animal.

Esta iniciativa reduciría mucho la cantidad de salmón y aumentaría su precio (el dominio epiblasesco de la oferta y la demanda es algo que no debemos dar por descontado). Cuando eres un chef tan michelín que das de comer algas marinas, puedes hacer estas peticiones, pero ¿qué sería de los restaurantes modernos sin los cientos de miles, o quizás millones de lomitos de salmón? ¿Qué sería de la industria de la comida japonesa?

Esto lleva a un conflicto seguro entre el ecologismo y, por ejemplo, el feminismo devorador de sushi y pokes. La izquierda en esto yo creo que estaría más dividida que con las trans. Estarían los TERF del salmón y los salmoinclusivos.

Es más, la reducción del salmón sería un golpe tremendo a la globalización, que tiene una de sus razones de ser en la gastronomía. La gente admite todo porque el viernes igual se puede comer una fajita tex-mex, o pedir un tailandés.

La globalización sin comida internacional no gustaría a casi nadie, y sin salmón de granja (orwelliano) el mundo de los repartidores se vería afectado, y con ello hasta la inmigración.

El sushi antes era un lujo, lujo asiático, y se popularizó justo cuando eclosionaba la globalización y simbólicamente lo hizo en forma de circunferencia, la de las cintas de los bufés en las que salmoncitos tiesos circunnavegaban sobre chalupas de arroz.

Mucho del mundo moderno se sostiene en el salmón, en la relativa baratura del alimento. Si se retirara o encareciera aun más, habría una desmoralización total y una gran reacción. Vemos lo que pasa a los pijos de izquierdas cuando les tocan sus cosas. Puede estar media España penando con el alquiler para que no se vea afectada su visión narcisista e irreal del mundo, pero en el momento en que les tocan la librería, ahí comprenden que algo va mal y se consternan. Estas personas, que pueden admitir y hasta celebrar la contracción de la oferta de viviendas, no podrían resistir una restricción de la oferta de salmón.

Que somos más pobres es evidente, pero el poder adquisitivo tiene velos, engaños, y uno es el sushi, cuyo abaratamiento ha creado una ilusión de alcance y cosmopolitismo. El mundo urbano moderno, en el que casi nada es accesible, se sostiene por la accesibilidad del sushi. Así que quienes piden retirar de la mesa el salmón, no saben lo que están pidiendo.

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