A los españoles nos ha hecho la boca un fraile; si bien lo justo en 2026, ante la caída de vocaciones mendicantes, sería decir que a los españoles no ha hecho la boca un MENA. Ahora no paremos de exigir cosas al Gobierno. Queremos llegar bien a fin de mes, pagar menos impuestos, y poder utilizar nuestros viejos coches de gasoil. Queremos que las riadas no nos arrastren, que no haya apagones de varias horas como si viviéramos en Somalia, y que no nos encierren semanas en casa siguiendo el consejo de un comité de expertos inexistentes. Queremos libertad y no comunismo; ¡habrase visto!
No sé, ahora pedimos cosas rarísimas, hasta el punto de que queremos poder viajar en tren y llegar sanos y salvos a nuestro destino, con un retraso mínimo razonable, sin tener que perseguir al bocadillo de mortadela mientras huye a saltos por el pasillo, y sin morirnos de miedo en el trayecto. Sánchez no entiende por qué somos tan desagradecidos.
El Gobierno está indignado porque los españoles no entendemos que el tren —si quiere se lo repito otra vez— está en el mejor momento de su historia. Que la economía va como un cohete. O que la inmigración es una fuente inagotable de riqueza.
Los españoles no comprendemos que estamos ante el gobierno más feminista, que los fijos-discontinuos son el milagro que acaba con el paro, o que Sánchez —si quiere se lo repito otra vez— jamás pactará con Bildu por quedarse en La Moncloa. Ni siquiera le hemos agradecido a Sánchez habernos dado la contraseña secreta para acceder a su información privilegiada, que cada vez que él o alguien de su gobierno dice algo como «si quiere se lo repito otra vez», está mintiendo y hará exactamente lo contrario.
Los españoles no entendemos que no habrá amnistía para los delincuentes del golpe catalán —si quiere se lo repito ahora con la «i»—, que todo son bulos de la fachosfera, y que somos líderes en desempleo de todos los países de la OCDE. ¡Líderes! Y aun así nos quejamos. Jodidos ingratos. Qué manera de despreciar un liderato; nos merecemos, qué sé yo, ser del Atlético de Madrid.
Por alguna razón que Sánchez no entiende, los españoles no celebramos haber caído diez puestos en el ranking mundial de lucha contra la corrupción, por detrás de Ruanda o Botsuana, que es algo que nos sitúa en un plano de la tabla más acorde con nuestra fortaleza energética. Por idéntica regla de tres, tampoco entiende que no festejemos que sus ministros y asesores hayan ayudado a varias mujeres de vida alegre a romper su techo de cristal y alcanzar buenos sueldos en la administración pública, hoy administración púbica, a cambio de sus labores.
Los españoles, gente facha y desagradecida, tampoco hemos salido a las calles a celebrar el reciente informe Randstand Research que sitúa ahora a España a la cabeza mundial en absentismo laboral. Es decir, desde que gobierna Sánchez, un millón y medio de personas no acuden a su puesto de trabajo cada día, y nadie ha ido a La Moncloa a hacerle la ola en agradecimiento al presidente. ¿Acaso hay algo más soñado por cualquier español que poder librarse del curro?
Cierto que los días de baja por problemas de salud mental se han disparado un 88% desde 2018 y son la segunda causa de absentismo, la primera entre los menores de 30 años, sin que debamos siquiera insinuar que la imposibilidad de acceder a la vivienda, la inflación desbocada, el desastre educativo, o la falta de perspectivas profesionales halagüeñas tenga algo que ver. Sánchez no entiende que no festejemos el dato: ¡sólo estamos deprimidos, al menos no hemos perdido una pierna en la mina!
Y todavía ni un maldito español ha abierto un GoFundMe para ponerle una plaza con figura ecuestre. Sánchez está profundamente decepcionado con los ciudadanos. Si quiere se lo repito otra vez. Está enfadado, hastiado, e iracundo. Quizá por eso, como castigo, siempre que tiene la oportunidad de irse, decide quedarse.