Sólo puede quedar uno
Sólo puede quedar uno
Por Carlos Esteban
31 de octubre de 2026

El objetivo de la política debería ser hacerse aburrida, de interés minoritario, como la filatelia o el Warhammer. La indiferencia del común por la cosa pública es la piedra de toque del buen gobierno, por aquello de la desgracia de vivir tiempos interesantes. Si no te acuerdas de la cara del presidente del gobierno es que todo va bien.

La democracia se planteó como un sistema que desmintiera la reversión del célebre dicho de Clausewitz y que la política dejara de ser la guerra por otros medios. En esa democracia ideal, democracia como sistema integral, casi como moralidad política, las urnas no son una sustitución incruenta de la batalla de las facciones por el poder. El traspaso de poder no debe ser meramente un fenómeno sin tiros ni sangre, sino algo normal, incluso aburrido, lejos de todo dramatismo. Porque la idea es, precisamente, que el ganador no se lo lleva todo ni por mucho tiempo.

Se suele decir que no se puede hacer una democracia sin demócratas. Si es así, vamos listos, porque ser demócrata, el demócrata platónico que vota una opción y le retira su confianza en los siguientes comicios porque no ha cumplido las expectativas o simplemente para dar una oportunidad a otro equipo a modo de compensación, tiene mucho de esfinge, de unicornio, de monstruo de bestiario medieval, de ente de razón sin existencia en el mundo real.

Leo que la palabra que define el nuevo ciclo político en el mundo es «identidad». Podríamos también traducirlo por «pertenencia» o por el más peyorativo «tribalismo». En lo que comúnmente conocemos como izquierda, esa identidad que constituye ya el leitmotiv de la participación política cristaliza en tantas tribus —de orientación sexual, de condición migratoria, de género, de raza, de religión, de estilo de vida— que ha sido necesario acuñar el término «transversalidad» para agruparlas en un frente común, definido por el enemigo compartido. La derecha reivindica más bien la identidad primaria de la propia comunidad política y su continuidad, la nación.

Eso hace a la política moderna mucho más absorbente y, en consecuencia, mucho más explosiva. Esa alternancia maravillosamente tediosa de otro tiempo se hace imposible. Llegar a compromisos con quien tiene una idea distinta a la tuya sobre la gestión de la cosa pública es cosa perfectamente factible; hacerlo con quien tiene toda una cosmovisión diferente, con quien llama mal a todo lo que tú llamas bien, feo a todo lo que tú juzgas bello y verdadero a todo lo que crees falso es virtualmente imposible.

Cuando la pregunta deja de ser cómo debe gobernarse España y pasa a ser si España existe o si merece seguir existiendo, no es dramatizar hablar de un abismo existencial entre las opciones, una situación en la que el bando perdedor realmente lo pierde todo, y lo solo sus adalides se convierten en enemigos a batir, sino todos los adeptos, ciudadanos normales.

No sé si alguien ha tratado de elaborar un sistema de medición científico para esto, pero con toda seguridad existe en toda comunidad política un grado de cohesión social mínimo por debajo del cual la obtención del poder se convierte inevitablemente en un juego de suma cero.

Estamos acercándonos peligrosamente a ese punto; quizá, Dios no lo quiera, estamos en él; el punto en el que los otros ya no se ven como votantes a los que convencer, sino enemigos a los que hay que destruir; el punto en el que, como en la película Los Inmortales, «sólo puede quedar uno».

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