Tocar la hierba (II)
Tocar la hierba (II)
Por Carlos Esteban
3 de agosto de 2026

Hay una derivada del vaciamiento del campo que, haya o no entrado en sus cálculos, les es igualmente útil, y es esta desconexión con la realidad material, primaria, que nos hace tan preternaturalmente crédulos con la propaganda del poder.

De hecho, el Poder nos ha sometido, al menos, a tres grandes pruebas, y hemos suspendido las tres veces: el Cambio Climático Antropogénico, la ideología de género y la pandemia de covid. En los tres casos se trataba de conseguir que la gente repitiera y defendiera con pasión cosas no meramente falsas, sino patentemente absurdas.

Empecemos por el primero. Es el resultado de un modelo informático y los modelos, como recuerda a menudo el estadístico William Briggs, dicen lo que uno quiere que digan. Pero no critico, en este caso, que el común crea en la teoría. ¿Por qué no? Si los científicos prevén un cambio permanente en el clima como consecuencia de las emisiones de carbono, ¿quién soy yo, ignaro en esos temas, para ponerlo en duda?

Pero no es la teoría en sí lo que hace idiotas a los cofrades de la calentología; son las derivaciones enteramente irracionales, mágicas, tan supersticiosas como los balbuceos de un chamán. Creer, por ejemplo, que un fenómeno tan complejo y planetario va a alterar sus efectos según uno comulgue o no con sus postulados, que medidas cuestionables y locales van a cambiar perceptiblemente los resultados para todo el globo, que 40º bajo el imperio de la emergencia climática son de algún modo más perniciosos que 40º antes de que cayéramos en él.

Que tipos que compran mansiones en primera línea de playa traten de convencernos de que el mar se va a tragar las ciudades de la costa mañana mismo; que capitostes que van en jet privado hasta para comprar tabaco nos hagan sentir culpables por coger el coche para ir a trabajar: esa es la credulidad que es más fácil suscitar en un urbanita que en un campesino.

La ideología de género es otro ‘tour de force’ de la propaganda, otra prueba de fuego para demostrar que nuestra credulidad no tiene límites. Porque lo que en este caso quieren comprobar no es si somos capaces de creer en lo que no vemos, eso siempre ha sido posible, sino en creer lo contrario de lo que vemos. Y cuando miles de comunicadores y gentes del común pueden afirmar sin que les dé la risa que un tipo con pinta de leñador de Canadá es una mujer, tan mujer como Irene Montero, en el momento mismo en que así lo manifiesta, todo está perdido. La hierba es azul, el fuego está helado y la luna está hecha de queso.

Pero quizá el Gran Experimento, ante el que fracasaron también muchas mentes preclaras, fue la pandemia, porque aquí las consecuencias fueron inmediatas, universales y sin precedente alguno en la historia de la humanidad.

Nunca antes se había combatido con tanta fiereza y eficacia la opinión disidente desde Oriente hasta Occidente, jamás se había condenado con igual eficacia el mero cuestionamiento de las verdades reveladas a escala planetaria. Las medidas más absurdas se aplicaban religiosamente y sin rechistar; los vecinos se convertían a menudo en vociferantes agentes de una Stasi sanitaria. Se propalaban sin esfuerzos supersticiones carcajeantes, como la propagación fatal de la peste cuando uno se ponía de pie, que se anulaba mágicamente al sentarse.

Aquello convenció a nuestros mandarines que podrían convencernos de cualquier cosa, conseguir que hiciéramos cualquier cosa voluntariamente, aunque fuera evidentemente estúpido, aunque nos perjudicara con total evidencia, aunque destruyera nuestras relaciones. Podían encerrar al mundo en un prolongado arresto domiciliario universal por miedo a una gripe rara con una tasa de mortalidad de la que se hubieran reído nuestros ancestros.

Por eso creo que sólo el gran cambio del vaciamiento del campo ha permitido una ciudadanía tan crédula ante el poder. Y por eso sospecho que el vaciamiento del campo no es solo un proceso natural, sino también buscado y acelerado por nuestras élites.

TEMAS
Noticias de España