La canción de la derrota es más bonita que la glosa de una victoria. Estoy hablando de poesía. Me apenan los lectores de verano. Algo les mueve a elegir el gran libro de su vida, a menudo un bestseller bastante vulgar, una novelita con intriga de gasolinera y píldoras de sexo grasiento, sexo para gordos, sugerido por el editor, de esos libros que puedes encontrar entre chorizos, protección solar y lechugas en algún gran supermercado. No estoy a favor de quemar libros, pero tampoco me lo pongas tan fácil.
Los que devoramos letras todo el año encontramos en el verano una oportunidad para levantar la vista del libro. Siempre hay más belleza en el escote de un bikini que en la prosa endemoniada de un ensayista equivocado, como casi todos, y como ocurre con el cine, las novelas de aventuras están muy bien para quien no tenga suficientes en su vida, o para la niñez, cuando es más importante soñar que vivir.
La combinación de mar, cuerpos bronceados de chicas que se saben guapas adornando la orilla, y libro de poesía es insuperable. Todas las bellezas en una sola tarde. Si llevo libro a la playa, siempre es verso suave, verso lento, verso cincelado, de esos que dejan espacio en blanco para que corran los sueños entre línea y línea. La poesía se inventó para cortejar a los mares.
Llevo cada día peor el aspaviento literario. Leer en público cada vez me parece más ordinario. Antes lo hacía a menudo, ahora disimulo, como si renunciara a la crema de la intelectualidad, porque no soporto bien la exhibición pornográfica de la actitud contracultural, el acto subversivo explicado a los idiotas. Cuando saco un libro en una cafetería ante los ojos de un montón de curiosos, temo que en cualquier momento me crezca un monóculo frente al ojo y me brote en la pechera la cadena del reloj de Willy Fog.
Poco antes de morir, Fernando Fernán Gómez confesó que empleaba su talento como actor para labrarse fama de tener mal carácter, con el único propósito de evitar que le dieran el coñazo. Hay que reconocer que, si era una simulación, fue el mejor actor de la historia. Loquillo dice que sólo actúa cuando se baja del escenario, que allí arriba es él, tal cual es. Y a David Summers su padre le insistía una y mil veces, a propósito de la fama, en que procurase tratar bien a todo el mundo.
Los tres son buenos lectores, aunque mucha gente no lo sabe. Lo de Fernán Gómez era más evidente. A los músicos se les mira como si fueran drogadictos con ínfulas, y alguno hay, pero en la madurez la mayoría ha roto a leer como si amenazara con arrollarles el tren del analfabetismo. Otros han leído siempre, pero aborrecen hacer campaña con su cultura. Y luego los hay que no han leído nunca, eso aburre, y siguen escribiendo canciones con errores gramaticales que harían arrancarse los ojos a un futbolista promedio de Segunda División. Ahora que no hay correctores en los periódicos, no estaría de más que los hubiera en las discográficas, si aún existieran.
Me incomoda un poco la voz engolada del intelectual que aspira a obispo, moviendo la boca como rumia el ganado, o a cura de parroquia indigestado de Vaticano II, mural ecológico, y guitarrita. Con la distancia infinita por delante. Aquí está el mundo, mugriento y emburrado, aquí mi trono, donde mi oráculo. Es tan cansino como el columnista que aún quiere cambiar el planeta con una columna, We Are the World y todo eso, que todavía no ha descubierto que, si desea lograr tal cosa, más le valdría tallarla y blandirla contra alguien que redactarla. Unos y otros hablan desde la lejanía de no pertenecer al mundo de los mortales, cosa que la naturaleza desmentirá tarde o temprano.
Hay que leer, supongo. Hay que vivir, lo cantó Rubén Pozo, todo lo que en Pereza no era Leiva. Y no queda más remedio que opinar. No hay ninguna posibilidad de salvaguardar la poesía. Aunque yo también me niego a admitirlo. Y la novela la quieren salvar Wattpad, que es como si OnlyFans quisiera salvar el amor para toda la vida. A mucha gente el final del verano le llena de optimismo. A mí, en fin, me empuja a oscilar entre la melancolía, el excurso del intelectual ebrio, y el mal humor, que a menudo me siento como Fraga en televisión cuando un asesor le intenta colocar por tercera vez la chaqueta y entona la célebre tonadilla: «Tóqueme usted las narices y lárguese de aquí».