Por suerte o por desgracia para los españoles, el pedigrí de este sistema democrático que nos hemos dado, su calidad y categoría, se aprecian sobre todo cuando llegan las elecciones. Es entonces cuando uno ve las instituciones publicas en todo su lustre y esplendor, cuando los dirigentes muestran a los cuatro vientos el alcance de sus neuronas, y también (para qué ocultarlo) el nivel de madurez de los ciudadanos llamados a las urnas. Que de esto último se suele hablar más bien poco, y es casi lo principal.
Si uno repasa las cinco décadas que van desde la muerte de Franco hasta nuestros días, se verá con claridad que hay un elemento siempre presente: la presunción por parte de la izquierda de que solamente ella tiene verdaderamente derecho a gobernar. Para los socialistas, comunistas, podemitas y demás especies animales solamente la democracia alcanza un grado mínimo de legitimidad cuando lo que sale de las urnas es de izquierdas. La derecha puede participar en el proceso, pero solamente para perder y recomponerse de la derrota, nada más. Y su idea de querer una alternancia en el poder es no solamente pueril, sino fascista.
Es precisamente este statu quo sistémico, esta aberración, este dislate, esta ridiculez lo que permite luego a las juventudes violentas de la izquierda convertir las calles en el aquelarre que hemos visto esta semana tanto en Barcelona como en Bilbao. La kale borroka antifa, en perfecta unión con el separatismo, listos para dejar claro, ya antes de las elecciones, que los únicos llamados a gobernar son los suyos. Los nietos de los que perdieron la Guerra Civil en su eterna búsqueda de venganza y de sangre. Los herederos de la criminal II República y del sanguinario Frente Popular.
Por eso, cuando vemos a Pedro Sánchez (esa anatomía de grey que pide cárcel como piden lluvia las flores del campo) bailando en los mítines, pero diciendo entre baile y baile que volverá a parar a la derecha y a la «extrema derecha» como sea, a lo que se refiere es a la violencia. Por más que luego condene con la boca pequeña los altercados y destrozos de los cachorros socialistas, es exactamente en ello en lo que confía. Es esa la movilización social que busca y que necesita; la que quiere que le llene de votos las urnas.
A Sánchez y a los distintos cadáveres marxistas que forman el Frente Amplio (incluida la frente de Ione Belarra) no les vale con las trampas de la ‘ley de nietos’ que nos van a conducir irremediablemente a varias semanas de recursos ante los tribunales. No les vale con su disparatada regularización masiva de inmigrantes, con la que buscan desnaturalizar y corromper la identidad cultural de España. Necesitan la violencia. Sin ella, sin las calles ardiendo, sin el odio en su mirada, sin el instinto asesino heredado de sus abuelos políticos, a la izquierda no le llega para ganar los comicios. Lo saben, y ni siquiera lo disimulan.
Quizá por eso la esperada victoria del sentido común que probablemente llegue el próximo 29 de noviembre se logrará a pesar de esta canalla nauseabunda e inmoral. Tendrá más mérito porque frente a su odio patológico, los españoles de bien pondrán el amor a la patria. Frente a su pequeñez y miseria moral pondremos nosotros la grandeza de una nación inmortal y eterna. La nación que su ideología lleva un siglo y medio tratando de liquidar en vano. Si Dios quiere, lo seguirán intentando sin éxito varios siglos más.