Un bono de metro
Un bono de metro
Por Roberto Granda
12 de abril de 2026

Interpelando la falta de civismo de los usuarios, Metro de Madrid ha colocado en sus andenes unos avisos regañones en los que recuerda actitudes como dejar salir antes de entrar, no escuchar la música sin auriculares, evitar hablar alto o ceder el asiento a las personas que así lo precisan. Un tanto extraño. Cualquier español que no haya sido criado en una jaula o entre una familia de ratas de agua conoce desde bien pequeño estas elementales normas de urbanidad, que no por suburbanas dejan de ser aplicables también al mundo de arriba.

Hay reglas no escritas que son precisamente así porque no necesitan ser subrayadas. No se incide sobre la elemental educación. Hasta ahora.

Siempre creí firmemente en ese dicho de que las abejas no pierden el tiempo en explicarles a las moscas por qué la miel es mejor que la mierda. De parecida forma, si a alguien le tienes que remarcar, con visible y abundante cartelería, que ceda su sitio a una embarazada o a un anciano, o que no pegue berridos por videollamada repantigado en el asiento, para el ceporrillo en cuestión ya es tan tarde como inútil, pues ha crecido con un fracaso previo en la socialización.

Para otro debate (y otro artículo) sería cómo en la época de mayor recaudación fiscal, los servicios públicos funcionan cada vez peor y el país se ha deteriorado tan visiblemente. Por centrarse en una sola cosa (mi ambición es limitada) voy a enfocar el texto en la degradación del transporte público en las grandes ciudades (a las pequeñas ya les llegará su hora, como les está llegando en todo).

Si aceptamos que el silencio es civilización, en el metro y los autobuses la nuestra ha desaparecido o se repliega en inferioridad. Lo unificador del silencio es que uno puede romperlo cuando quiere, y debe modular el entorno sonoro y sus límites tolerables. Así administra su parcela de libertad. Si los sonidos irrumpen sin desearlo, si no media una voluntad propia, es cuando se convierten en aborrecible ruido. En fastidioso ruido.

Por eso lo de civilizatorio. Uno decide si dormir en absoluta quietud o escuchando sinfonías de Mozart así bajitas, un podcast o Radio María. Pero si te obligan a echar la siesta percibiendo de fondo, digamos, reguetón u otras aberraciones semejantes, entonces la tranquilidad, el consenso y la paz mental saltan por la ventana. Pregunten a los vecinos de las zonas donde cada cierto domingo se celebran manifestaciones con activistas tocando los timbales y los cojones.

Con los carteles y las advertencias, el propio Metro reconoce implícitamente que hay un problema de convivencia. Y para los que tenemos problemas de memoria, hay vídeos en redes que muestran cómo eran esas líneas en los años 90, o extractos donde enseñan las calles de un Madrid del siglo XX que parece otra ciudad porque, por desgracia, lo era. La comparación con la actualidad es devastadora. Allá cada cual con sus conclusiones.

Y que nadie venga con el cuento recurrente del racismo, pues no se trata de razas sino de valores culturales, de estructuras sociales a las que se está causando una fractura. De la misma manera que tantos irreductibles bobos microfonados decían, muy compungidos por lo coreado desde la algarabía juvenil en Cornellá, que aquello eran «cánticos racistas», pensando que existe algo así como la «raza musulmana».

No sé si llegamos a ser conscientes del todo de lo que supone, en cuanto a desgaste para la psique, ser testigo a diario de un espectáculo insoportable y grotesco, de un enorme desatino de pudrición que nos empeora como personas, mientras nos quema por dentro, haciendo que suban los niveles de agresividad en la sangre. Aguantando y tragando.

Compartir espacio a diario con una mezcolanza de salvajismo y contención, masas humanas apiñadas y con la molondra encorvada sobre el móvil, o el tránsito mendicante de individuos en los que la higiene personal no figure entre sus ocupaciones predilectas.

Igual que los más vocingleros defensores de la sanidad pública no pisan un hospital público ni de casualidad (el famoso soviet de la Ruber ha dejado legendarias fotografías entrando o saliendo de la clínica privada), los que se esmeran en que la calidad de vida de los ciudadanos sea cada vez peor, nunca bajan al barro ni al metro. Te amargan la existencia con medidas políticas cuyas consecuencias nunca van a sufrir y les son por completo ajenas.

Yo optaría por regalarles a cada ministro, y también a los consejeros de la Comunidad del Madrid de todos los acentos, un bono para el transporte público, con la condición de usarlo en su totalidad y en días consecutivos. Sería para ellos un episodio enriquecedor, de la misma manera que para el resto supone una experiencia radicalizadora.

Juntar a trabajadores que no pueden desplazarse en vehículo privado con gentuza ajena a las más mínimas normas de integración y coexistencia es algo que tarde o temprano saldrá mal. Y ya anticipo: es imposible que a un usuario diario del transporte público le puedas quitar de la cabeza que la inmigración masiva tiene más inconvenientes que ventajas.

Que los responsables cojan ese bono de metro y autobús y luego, siendo uno más durante un tiempo prudencial, vayan a ese usuario sufridor diario y mirándole a los ojos, le digan que no tiene razón.

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