Una guerra nunca mola
Una guerra nunca mola
Por Iván Vélez
2 de marzo de 2026

«Sí, una guerra nunca mola. ¿Quiénes somos nosotros? Somos bufones, cantantes, pintores y actores. Que opinen los demás». La frase la pronunció Aldo Comas momentos antes de que comenzara la gala de los Goya en el mismo lugar en el que otros participantes, como él mismo se encargó de recordar, lucieron la pegatina de rigor. Este año las solapas y escotes fueron pródigas en unas sandías que comienzan a estar fuera de temporada, pues el ataque a Irán parece darles una fecha de caducidad.

Sobre el esmoquin, Comas lució una esclavina colorida. Una suerte de capote de alguacilillo. Una transgresión en la Barcelona en la que están prohibidas las corridas de toros. Esa misma noche, un documental ambientado en el mundo taurino, Tardes de soledad, se llevó el Goya. Sin embargo, su director, Albert Serra, no se atrevió a mentar al numen hispano ni a su matador ante un público que rechaza la tauromaquia, incluso en una reunión presidida por el busto del pintor. Subvenciones obligan. 

Si Serra alivió su faena y se parapetó tras un confuso discurso que fue aplaudido, prueba inequívoca de su mansedumbre, Comas no le perdió la cara a la cruda realidad en ningún momento. En sus declaraciones, hechas durante el primer tercio, el del posado fotográfico, recordó las decenas de miles de muertos que han precedido a la operación norteamericana lanzada sobre el régimen de los ayatolas a los que cantara Siniestro Total en 1982. Mientras Silvia Abril dijo sentir pena por el hecho de que «los jóvenes necesiten creer en algo y se agarren a la fe cristiana», Comas, obviando la respuesta, se preguntó si hay que acabar con «regímenes teocráticos que asesinan a su población». Terminada la gala, ya en la calle, el barcelonés aún tuvo tiempo de hacer un postrero desplante a la corrección política exhibida durante toda la noche por los representantes del cine español. A la salida del Forum Universal de las Culturas, en cuyo interior Susan Sarandon, rebautizada Susan Charandon por el sector más ácidamente antisanchista, se derritió en elogios hacia El puto amo, don Aldo lanzó un desacomplejado «Viva España».

Lo más transgresor de la entrega de premios fueron las palabras del matrimonio Comas-Gómez, pues, desde hace tiempo, los Goya no son más que una ceremonia de adulación del gobernante izquierdista de turno. Ese que garantiza las subvenciones con las que se sostiene una industria cuyas vergüenzas fueron reveladas recientemente por Juanma Bajo Ulloa. El cine español es sumisión. Al guerracivilismo, a lo woke, a las cuotas lingüísticas, al feminismo administrado, a determinado pacifismo. A lo que dictan quienes afirman encontrarse en «el lado bueno de la Historia». Los Goya, salvo en casos contados como el de Comas, son una agradaora dosis de corrección política. Un acto en el que unos individuos se arrogan una autoridad moral capaz de iluminar al vulgo. Sin embargo, como bien dijo don Aldo se trata de «bufones, cantantes, pintores y actores». Profesiones que, en lo relativo a cuestiones políticas, no confieren una autoridad superior a la que puedan tener albañiles, carpinteros, fontaneros o taxistas. 

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